Cri-Cri-Crisis

En medio de crisis económica unas empresas griegas optan por la expansión

Año nuevo, mantras viejos. Se fue 2019 y con él dejamos atrás un año donde el lenguaje se ha vuelto más bronco de lo habitual en algunos aspectos y más tibio de lo que resultaría deseable en otros tantos. Así, despedimos un 2019 marcado al menos, en el tablero político por el endurecimiento discursivo, la disputa por los significantes y la importancia del relato(r). Un año fecundo para la retórica parlamentaria, salpicada de palabras gruesas y golpes de efecto, que culmina con la elevación del tono y la rebaja de los compromisos adquiridos. Con discursos hiperbólicos y desmanes lingüísticos que evocan la nostalgia de otro tiempo y con puestas en escena más atentas a cuestiones de forma que de fondo.

El veinte veinte ha llegado. Plagado de buenas intenciones y con algunos asuntos que todavía colean, como la tensión en Oriente Medio y América Latina o la falta de acuerdo entre Londres y Bruselas, las agendas internacionales afrontan en este sentido un año de ajetreo en materia política. Desde las presidenciales de Estados Unidos que vienen hasta otros, como el Reino Unido, que se van. Aquí, en clave doméstica, los propósitos para el nuevo año no son menos ambiciosos. Arranca el 2020 y con él, la actividad parlamentaria.

Toca echar a andar una legislatura que se adivina inestable y que precisará de grandes gestos para acometer, entre otras, cuestiones urgentes como la elaboración de unos nuevos presupuestos que permitan materializar las promesas realizadas en campaña electoral. En el horizonte, esperan también medidas de corto plazo y mirada larga como la reforma del sistema de pensiones, la derogación de la reforma laboral y un compromiso con el desarrollo sostenible y la agenda 2030. Buenas intenciones para un año donde el bloqueo amenaza como una piedra en el zapato la viabilidad de los acuerdos alcanzados hasta la fecha.

Estrenamos década, propósitos y gobierno. Debuta la primera coalición en la historia de la democracia. Y frente a estos aires de novedad, arrastramos, no obstante, maneras y relatos de otro tiempo. De un tiempo convulso, complejo y veloz donde el lenguaje se revela fundamental como elemento explicativo, permitiendo analizar, de un lado, las categorías que nos definen como sociedad y ahondando, por otro, en nuestras propias ansiedades vitales. Un tiempo en el que nos habita la desmesura informativa y donde habitamos un mundo que se ha hecho pequeño, haciéndonos testigos de todo cuanto acontece en esta aldea global que preconizó McLuhan. Desde Teruel (existe), hasta las revueltas de Hong Kong.

El exceso informativo se ha instalado en nuestras vidas, mediatizando, con pretensión de trascendentalismo, todo acontecimiento a través de un lenguaje que tilda de “histórico”, “decisivo” y/o “urgente” cualquier acontecimiento, pero que, otras veces, se revela más laxo con las cosas del comer. Un lenguaje que desdibuja y disimula problemas sustantivos como el acceso a un empleo (de calidad), a una vivienda (digna) y a una igualdad (efectiva) que hagan posible una vida (decente). Y es que los adjetivos importan.

Más de una década después, las cicatrices de la crisis financiera de 2008 persisten y a ella vienen a sumarse nuevos atributos (climática, habitacional, territorial, migratoria, de cuidados…) que dan cuenta de los recientes desequilibrios que enfrenta nuestro tiempo y que ponen sobre la mesa los desafíos a abordar en este nuevo año que entra. Entre ellos se encuentra, por ejemplo, “el calentamiento global”, “el problema de la vivienda”, “la cuestión territorial”, “la reproducción social”, “la emergencia humanitaria en el Mediterráneo” y los efectos de “la España vacía(da)”. Cuestiones todas aparentemente desvinculadas entre sí, y a las que subyace un elemento vertebrador: una crisis multifacética que adquiere matices distintos en función de cómo se nombre, de quién lo haga y con qué propósito. Y que viene de largo.

La llamada “post-crisis” cuenta entre sus efectos con una intensificación de la desigualdad y una fragmentación social que ha resultado particularmente lesiva para las generaciones más jóvenes, agudizando sus incertidumbres y dejando en suspenso sus proyectos de vida. Millennials, xennials, generación Z, … jóvenes, en definitiva, que, pese a haber asimilado la precariedad como tablero de juego, han tomado la iniciativa en la defensa de materias de calado mundial, como la preocupación medioambiental.

Fridays For Future es sólo una de éstas donde han puesto en evidencia la inacción e inoperancia, cuando no el negacionismo, de las grandes élites ante la emergencia climática. Una emergencia que se extiende también a otras esferas de la vida como la vivienda, que ha dejado de ser considerada como un derecho a preservar para pensarse en términos de una mercancía a rentabilizar de acuerdo con un marco de acumulación capitalista. Todo ello en el contexto de una España donde la llamada “cuestión territorial” ha despertado, llamando la atención sobre las desigualdades que separan a unos y otros territorios y que vacían a una España periférica despojada de servicios y oportunidades. Y en un año donde la lengua y sus vericuetos han ahondado en los efectos desestructuradores de esta(s) cri-cri-crisis, omitiendo sus causas.

España vaciada, crisis de los cuidados, cuestión territorial… sintagmas, categorías y fórmulas designativas que se utilizan casi automáticamente y logran instalarse en el imaginario social para dar sentido a acontecimientos informativos de toda índole, muchos desprovistos de agencia, que hunden sus raíces en el propio modelo socioeconómico. Palabras elegidas a conciencia en un ejercicio, como diría la lingüista Deborah Cameron, de “higiene verbal” con el que minimizar el sufrimiento, individualizar los riesgos y banalizar los efectos desintegradores de una crisis que, aunque silente, grilla ante nosotros.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del/la autor/a y esta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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