Después del eclipse
Mi padre era astrónomo aficionado, hasta el punto de que se construyó en la terraza de casa un pequeño observatorio; el telescopio, salvo la lente, que encargó a Barcelona, lo fabricó también con sus propias manos. Recuerdo con toda claridad la primera vez que vi la luna por el visor, sentada en su regazo. Una de las primeras palabras que yo aprendí fue “anemómetro” porque me encantaba aquel aparato que daba vueltas y vueltas y medía la velocidad del viento; y luego heliógrafo y pluviómetro y los nombres de las estrellas más brillantes y los planetas y sus satélites; luego las galaxias, las misiones espaciales y un montón de cosas que llenaban de magia y asombro mi mente de niña. Siempre supe lo que era un eclipse y supe también que nunca veríamos juntos un eclipse total, aunque sí disfrutamos de alguno parcial en su tiempo de vida. En aquella época, casi nadie se interesaba por los eclipses; eran simplemente una curiosidad científica que no afectaba la vida de la población en general. Nadie se habría gastado dinero en salir de su casa, viajar hasta un lugar donde se viese bien y pagar hoteles y medios de transporte.
Ahora, por obra y gracia de los medios de comunicación y las redes sociales, hemos tenido eclipse hasta en la sopa y han empezado a tentarnos con los próximos para que empecemos desde ya mismo a reservar en los lugares donde se verán bien, para que gastemos todo lo posible y no nos perdamos esa “experiencia” (¿se han dado cuenta de que hoy en día todo lo que uno hace tiene que ser una “experiencia” o parece que no vale la pena?).
Tengo que confesar que me ha parecido francamente excesivo el despliegue y, sobre todo, que me ha entristecido que el poder de la prensa que acaba de revelarse con ocasión del eclipse total no se use para asuntos de mayor enjundia y repercusión en la ciudadanía.
Me explico con un ejemplo: desde hacía meses teníamos contratada una excursión para ver el fenómeno desde el mar a la altura de Valencia (un desplazamiento de unas dos horas por carretera) y el día anterior las noticias en televisión, radio y prensa eran tan alarmistas que estuvimos a punto de quedarnos en casa: avisaban de embotellamientos horrorosos y retenciones kilométricas; pedían que se llevara mucha agua y comida en el coche por si nos quedábamos en las colas de la carretera; se hablaba de impresionantes despliegues de policía y guardia civil, de accesos cortados, de masas de gente ocupando playas y montes. Era como si estuvieran hablando del fin del mundo y no de un fenómeno natural y de enorme brevedad.
Últimamente estamos en una sociedad alarmista, amarillista, donde lo único que, al parecer, alcanza resonancia es lo catastrófico. Da la impresión de que nos gusta asustar y, mucho peor, que nos gusta que nos asusten.
No sé cómo sería en otros lugares de España, pero de Alicante a Valencia no hubo absolutamente ningún problema de tráfico. El puerto no estaba mucho más concurrido que en cualquier día de agosto normal (quizá todos los valencianos estaban en la Malvarrosa), en el mar delante de la playa no habría más de una docena de embarcaciones y para la vuelta no hubo ni atascos ni gentío. Ni comparación con un día normal durante las Fallas, cuando casi no se puede andar por la ciudad.
A lo que me refiero es a que el poder de la prensa es tal que hace que creamos cualquier cosa que nos cuenten si la repiten lo bastante, si el tema se oye y se ve constantemente, si “nos lo meten por los ojos” como se suele decir.
¿Por qué no usamos ese poder para concienciar a la población sobre cosas que nos importan a todos y para sugerir posibles soluciones a problemas que sabemos que están ahí, pero nos permiten olvidar felizmente mientras nos preocupamos por la accesibilidad de las carreteras durante el eclipse? ¿Por qué no se habla más del peligro que representa tirar colillas o echar cohetes en una sierra mediterránea, por poner un ejemplo? Eso lo sabemos ya todos, se me dirá. Y es cierto, lo sabemos, pero quizá si nos bombardearan con ello como han hecho con lo del eclipse, no sucederían cosas como que un grupito de gente -y no precisamente adolescentes- se lanzaran ayer noche a tirar cohetes y petardos en la sierra a las afueras de Elche para celebrar la Nit de l’Albà mientras en la ciudad explotaban los fuegos de artificio del ayuntamiento, bien organizados y controlados.
Si con otras cosas se insistiera tanto como con lo del eclipse total y se ofreciera tanta información a la ciudadanía, quizá conseguiríamos que todo el mundo tenga claro que nos conviene, por ejemplo, plantar más árboles, muchos más árboles, en lugar de hacer estacionamientos subterráneos con una plaza de hormigón encima y unos cuantos macetones con tristes plantas que agonizan bajo el sol inmisericorde.
Hay muchos, muchísimos temas que se podrían tratar y que ayudarían a que la población reaccionara, se organizara (igual que se organizan para irse de viaje a donde sea a ver un eclipse o un concierto del cantante de moda) y dejara claro que queremos que se solucionen y que para eso tenemos unos políticos que se han comprometido a resolverlos.
Mi impresión es que todo se ha convertido en un espectáculo, en un titular, en una “experiencia” y que, cuanto más amenazadora parezca, más repercusión tiene. ¿Qué pinta en las noticias nacionales de las nueve de la noche en la primera cadena una sarta de mini entrevistas callejeras preguntando a cualquiera que pasara por allí cómo y dónde vivió el eclipse? ¿A quién le importa, de qué nos sirve? ¿Por qué se conceden los mismos minutos a eso que a informar sobre la crisis migratoria en Ceuta? Y, sobre todo, ¿por qué la información que nos dan es sobre lo mal que está la situación en lugar de contarnos qué se está haciendo para solucionarla? Es como si todo estuviera montado para que los espectadores, oyentes o lectores nos sintamos vagamente culpables, pero sobre todo inquietos, asustados. ¿A quién le interesa insistir tanto en lo mal que nos va en este y aquel tema? ¿Quién piensa sacar partido de que la ciudadanía tenga miedo de todo?
Lo de “una de cal y otra de arena” empieza a ser exacto: nos informan de todos los horrores que suceden en el mundo, pero rápido y como de pasada, para ir creando un poso de inquietud. Luego nos machacan con banalidades que se mascan hasta la saciedad y se regurgitan una y otra vez.
No quiero que parezca que estoy llamando banal a un fenómeno tan bello y asombroso como un eclipse total de sol, un fenómeno que llevo toda la vida esperando y que me volvió a hacer sentir la presencia de mi padre a mi lado.
Lo que quiero es que empecemos a usar ese enorme poder de información, de persuasión -de manipulación, si queremos llamarlo así, que también lo es- para cosas que de verdad puedan redundar en nuestro beneficio como especie en vías de extinción, cosas como la vacunación infantil, el calentamiento global, la escasez y carestía de la vivienda, la crisis migratoria, los incendios forestales provocados, las energías renovables… y otros mil temas que quizá no sean tan cuquis como dónde vas a ver el próximo eclipse pero que nos ayudarían -mucho- a sobrevivir. ¿O preferimos llegar al fin del mundo en un sitio guay con una copa de cava en la mano y subiendo fotos a Instagram?
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