Cultura de la pérdida
Hace tiempo que siento un malestar difuso frente al mundo que me rodea y, muy especialmente, ante el relato que se hace de él y que contradice en muchas ocasiones mi percepción y mis sentimientos.
Lee una la prensa, se da una vuelta por las redes, conversa con gente variada (quiero decir, no solo amigos de siempre, que suelen estar en sintonía con el propio pensamiento) y se va dando cuenta de que se comenta constantemente lo que estamos perdiendo en todos los campos de la vida. No solo perdemos poder adquisitivo -eso lo vemos todos en el día a día- sino que las pérdidas se extienden a cosas tan dispares como perder la amabilidad y las buenas formas, perder la capacidad de actuar sin tener que dar todos los datos de tu persona, perder la intimidad, perder capacidades -concentración, análisis, crítica, orientación espacial, por citar solo unos cuantos ejemplos-, perder relaciones cercanas -el famoso problema de la soledad-, perder la capacidad de conseguir una vivienda digna con un sueldo normal de un trabajo honesto, perder la confianza en los demás, perder la confianza en la Justicia (sí, con mayúscula), perder muchos de los valores que regían nuestra convivencia como sociedad, perder la seguridad de que podemos ofrecer a nuestros hijos un mundo en el que puedan sobrevivir… por no hablar de todo lo que se está perdiendo a nivel planetario y que nos tomamos, curiosamente, con la indiferencia de una oveja que ignora que pronto acabará convertida en chuletas.
De una forma que me resulta aterradora, hemos empezado a conformarnos con todo lo que perdemos y nos consolamos pensando en lo que ganamos. ¿Qué falta nos hace saber dónde están los puntos cardinales, estando Google? ¿Para qué queremos saber leer un mapa o buscar una palabra en un diccionario de papel? ¿Qué interés puede tener hablar con un desconocido con el que hemos coincidido en una cola? ¿Qué nos echamos al bolsillo siendo amables o ayudando a alguien que nos necesita? Tenemos nuestro móvil, con el que podemos hacer justo lo que nos apetece en cada momento, tenemos nuestros auriculares que nos aíslan de lo que pasa a nuestro alrededor, tenemos algoritmos que nos suministran exactamente lo que buscamos y que nos confirman en la idea de que siempre tenemos razón y somos los únicos que saben cómo son las cosas “de verdad”, podemos hablar con una IA siempre que nos apetezca y siempre estará ahí para nosotros, no como los hijos o la pareja, que van a lo suyo y no nos comprenden. ¿Creemos realmente que eso son ganancias?
Meta acaba de poner a la venta sus Smart glasses y, por lo que leo, ya hay siete millones de personas que las han comprado. ¿Para qué? Su propia publicidad dice que para ayudarte a recordar, para conservar momentos, situaciones, conversaciones que de otro modo se perderían. Las gafas tienen capacidad de almacenar cientos de fotos y de vídeos, grabar horas y horas de conversaciones… y subirlo todo de inmediato a cualquier plataforma que elijamos.
Es decir, que no solo acabaremos perdiendo la memoria propia, igual que mucha gente ha perdido ya la capacidad de orientación, sino que, además, perderemos nuestra intimidad, porque si la persona con la que estamos comiendo decide grabar toda la conversación sin avisarnos de ello, perdemos la espontaneidad, la naturalidad y el derecho a decidir si queremos que todo el mundo pueda enterarse de lo que hemos hablado.
Y lo peor es que esto es una pequeñez comparado con todo lo que está desapareciendo de nuestro funcionamiento social. Cosas que hace muy poco nos habrían parecido intolerables -a todos y todas, de cualquier partido y orientación- se están perdiendo sin que apenas haya protestas serias en contra. La mentira se ha adueñado de la vida pública de una manera que causa sonrojo a las personas que aún tenemos vergüenza. Personajes políticos con altos cargos y altos sueldos pagados por los contribuyentes mienten de continuo sin el menor pudor y no se alteran ni siquiera cuando se les confronta con declaraciones y opiniones que sostuvieron un par de meses atrás en las que decían lo contrario de lo que dicen ahora. El ambiente político es un circo de insultos y calumnias. Se está perdiendo también la decencia básica, la que obliga a mantener una promesa dada, a comportarse con rectitud, especialmente si uno tiene un cargo público y está obligado a su país y la constitución de este, después de haber jurado su cargo.
Vivimos en una cultura de la pérdida y, de alguna extraña manera, nos están llevando a aceptar que no puede ser de otro modo, que no tenemos derecho a oponernos al “progreso” aunque signifique perder derechos, capacidades, equilibrio emocional y libertad de decisión.
Ya ni siquiera podemos decidir no usar móviles u ordenadores porque incluso en muchas operaciones administrativas que tenemos que realizar como ciudadanos, es imprescindible tener un número de teléfono móvil y una dirección de email, aunque uno tenga más de noventa años y una enfermedad degenerativa.
Estamos perdiendo especies animales, cosechas, paisajes… lo sabemos y cerramos los ojos, nos ponemos los auriculares y nos vamos al gimnasio, o nos tumbamos en el sofá a ver películas que en la mayoría de los casos son productos vacíos, llenos de agujeros de lógica que no nos dejan el menor poso y que ni siquiera nos sentimos capaces de analizar o criticar más allá de las estrellitas con las que las valoramos para que el algoritmo siga ofreciéndonos más de lo mismo.
Estamos perdiendo la costumbre de escribir a mano -diarios, cartas, postales…- con lo que eso significa para nuestras capacidades cognitivas, que se van apagando; perdemos la costumbre de leer sin pantalla interpuesta; vamos perdiendo también la de ir al cine y comentar la película después con otras personas. Ya no nos molestamos en buscar personalmente, al empezar a planear un viaje, qué queremos ver, qué nos gustaría hacer: se lo preguntamos a ChatGPT y hacemos lo que nos dice, porque “es lo mejor”. O vamos al destino que nos sugiere, que es ya el siguiente paso en la estultificación.
Los niños están perdiendo la posibilidad de aprender a desenvolverse solos porque sus padres consideran que todo es demasiado peligroso y los hijos siempre demasiado jóvenes para poder salir y moverse y actuar sin vigilancia constante. Luego, a los dieciocho años, de pronto son oficialmente adultos, y no están preparados para enfrentarse con la vida.
A los adolescentes no les ofrecemos posibilidades de reunirse y hacer cosas interesantes y divertidas que no cuesten una fortuna. Se les compra un móvil o una tableta y, con eso, ya pueden entretenerse. Además, se quedan en su cuarto y “ahí no puede pasarles nada”. Sabemos que las depresiones aumentan así como los suicidios, y que se sienten solos; sabemos que recurren a las IAs para contarles sus penas y que han perdido la capacidad de relacionarse personalmente con gente de su edad y de otras generaciones.
Los ancianos también van perdiendo las posibilidades que antes existían de relacionarse e interactuar. Más del 20% se quejan de soledad y muchas veces se les dice que eso les pasa por su falta de competencia digital, que empieza a ser la panacea de nuestro siglo. “Si supieras usar una IA, no te sentirías solo nunca más”. Eso se oye cada vez más entre personas que hablan de sus padres ancianos, como si el problema fuera responsabilidad de los mayores y no de la sociedad en la que tenemos que vivir.
Quizá esto sea como cuando llega una hambruna o se produce un terremoto o un espantoso incendio como los que siguen devorando nuestros bosques: nos convencen de que hay que aceptar ciertas pérdidas, que no hay nada que hacer, que también puede tener ventajas. Nos dicen que, a lo largo de la historia, siempre ha habido épocas de grandes cambios que han puesto patas arriba la sociedad como había sido hasta ese momento. Nos convencen de que los seres humanos siempre hemos sabido salir a flote y que es natural que se pierdan competencias y usos que antes nos parecían imprescindibles. Lo que parece que no nos planteamos como debiéramos es la pregunta que uno se plantea cuando intenta resolver un crimen: “¿a quién beneficia?”
¿A nosotros?
No. No nos beneficia a nosotros, al común de los mortales, por muy cómodas que resulten algunas de esas ficciones que nos venden a cambio de destruir nuestra libertad, nuestra intimidad, nuestra inteligencia, nuestra fantasía.
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