Ceuta: ejercicio de imaginación
Les propongo un ejercicio de imaginación: vamos a suponer que está usted de vacaciones -por fin-, que se ha levantado más tarde de lo habitual, sin prisa, quizá en su casa de siempre, o en un piso cerca del mar, o en el verdor de una sierra. Ahora puede darse un chapuzón antes que nada, con estos calores, o bajar tranquilamente a traer unos churros para la familia, o pasarse por el bar a tomar un café mientras los demás aún duermen y usted puede leer la prensa con calma, picando noticias de aquí y de allá mientras alza la vista para cruzarla con otros veraneantes que tampoco tienen prisa y están de mejor humor de lo que suelen estar a esta hora de la mañana. Luego vendrá un rato para pasear o para dedicarlo a su afición favorita para la que nunca encuentra tiempo durante el resto del año, y una buena comida, seguida, quizá, de una siesta en la penumbra fresca del dormitorio, o en una tumbona bajo la sombrilla o a la sombra de unos árboles a la vera de un riachuelo. Y habrá risas, conversaciones, helados, planes para los días siguientes, una película que hacía tiempo que quería ver, aire acondicionado… e incluso si este año el presupuesto no ha permitido nada especial, tiene usted tiempo, un lugar donde vivir y un trabajo del que ahora, durante unas semanas, está libre. Cuando apriete el interruptor se encenderá la luz y cuando abra el grifo saldrá agua.
Imagínese ahora a sí mismo en un país donde el calor es aún más bestial que en el nuestro este verano, pero la casa es un cubo de hormigón con techo de chapa y en la única habitación duermen y conviven diez o doce o más personas de la familia sin contar con algunos parientes lejanos que están de paso. No hay trabajo, no hay dinero, no hay la menor esperanza de futuro. Se come lo que hay y se reparte entre los que hay.
Pero gracias a internet y a que todo el mundo tiene móvil o acceso a un móvil, puede usted ver, sentado en algún poyete a la sombra de un gran árbol, ahogado por el calor y el polvo, a los que viven en otros lugares del mundo, y no me refiero a los millonarios y sus lujos desmedidos ni a los videoclips de las grandes estrellas de la canción. Hablo simplemente de gente como nosotros, los que vivimos aquí, gente normal que vive en casas que nos parecen normales, donde hay corriente eléctrica, agua caliente y fría, cuarto de baño, televisor, camas con colchones e incluso dormitorios separados para los distintos miembros de la familia. ¿Puede imaginarse lo que siente? ¿No le parece natural que desee alcanzar todo eso?
¿No le llama la atención que chicos de quince años, de dieciocho, de veinte, jóvenes embarazadas, se agencien cualquier cosa que flote y se tiren al mar con la esperanza de llegar a uno de nuestros países? ¿Hasta qué punto de desesperación pueden haber llegado esas personas para echarse al mar, incluso si no saben nadar, siendo perfectamente conscientes de que hay muchas posibilidades de morir en el intento? ¿Se han planteado ustedes alguna vez lo que significa arriesgar la vida con tan pocas esperanzas de éxito?
Sé que precisamente en agosto, el mes de las vacaciones y el dolce far niente, a nadie le resulta agradable leer algo como lo que estoy escribiendo, pero no he podido evitarlo a raíz de los sucesos de Ceuta.
¿Cómo de ruin hay que ser para coger un avión, plantarse allí y empezar a atizar el miedo y el odio contra las pobres personas que han llegado al límite absoluto de la miseria y la desesperación?
¿Qué habríamos sentido nosotros si cuando nuestros compatriotas de hace un par de generaciones se montaron en barcos hacia Argentina y México o en trenes hacia Francia, Suiza y Alemania hubieran aparecido unos políticos arengando a los argentinos, mexicanos, franceses, suizos y alemanes contra los españoles, diciendo que éramos escoria, gritando que había que devolvernos de inmediato a los agujeros de los que habíamos salido? ¿Nadie se acuerda ya de cuando los españoles nos moríamos de hambre en este país y teníamos que buscarnos la vida en otros?
Mi bisabuelo se subió a un tren con lágrimas en los ojos, un par de duros en el bolsillo y un papel con la dirección de un paisano que trabajaba en los viñedos de Montpellier, dejándose a una mujer y seis hijos. Es una historia que se ha narrado en mi familia desde que tengo recuerdo y que nos ha hecho a todos comprender el dolor que representa arrancarse del paisaje propio, de la lengua materna, de las costumbres y los sabores de siempre, con la ínfima esperanza de sobrevivir y poder en algún futuro reunir a los seres queridos y darles lo que nunca han tenido: trabajo, seguridad, sanidad, escolarización…
Sé muy bien que la inmigración descontrolada es un problema de difícil solución, sé que no todo se arregla con buena voluntad y empatía, pero al menos querría que existieran cuando se trata de pensar qué podemos hacer para arreglarlo, que esa buena voluntad y esa empatía formaran parte del debate y del programa.
Me subleva que haya miserables que saquen rendimiento político de la desgracia de otros, que hablen con lengua sibilina para asustar a la población y les insinúen que los que quieren vivir como nosotros vivimos no lo merecen, que son inferiores, que no hay más que ver el color de su piel, que acabarán destruyéndonos y por eso debemos destruirlos nosotros antes de que ellos lo consigan.
Me refiero a esa gente que coge un avión a Ceuta, habla, asusta, amenaza, incita al odio contra los “otros” y luego regresa, se pone los pantalones cortos y el polo de algodón y vuelve a sus “merecidas vacaciones”, a una casa con piscina y aire acondicionado, a comidas y cenas que otros cocinan para ellos. Y, además, en el colmo de la crueldad, de la canallería, cuando se debaten las posibilidades para resolver el problema de la inmigración, votan en contra de todas las medidas que podrían aliviar el destino de las personas migrantes, diciendo, además, que lo hacen en representación de sus votantes que, en ese caso y por pura lógica, son obviamente racistas, clasistas y personas llenas de odio. De verdad no creo que haya tantos compatriotas que piensen así. No creo que haya tantos españoles llenos de odio como algunos políticos nos hacen creer.
Esos políticos deberían -ya que no tienen la fantasía necesaria para imaginarse en otra situación que la propia- sufrir, aunque solo fuera durante una temporada, las condiciones de vida de los que se echan al mar, saltan vallas, se ocultan en los vertederos para tratar de conseguir lo que nosotros tenemos. Quizá entonces no hablarían así.
Con estas líneas no pretendo más que lo que ya dije al comienzo: proponer un ejercicio de imaginación: solo que, por unos momentos, nos pongamos en la cabeza de alguien que en una playa, sabiendo que al otro lado de ese horizonte tan cercano y que quizá no alcance con vida, está lo que anhela, se lanza al mar con toda su desesperación y con toda su esperanza.
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