Espárragos frescos de Fuente Vaqueros
Acabo de darme un paseo por el mercadillo popular de Salobreña. Estaba muy concurrido de vendedores y compradores, porque los días de suspensión absoluta de toda actividad propios de la Semana Santa, el jueves y el viernes, son inminentes. El mercadillo se levanta al lado del edificio del Mercado Municipal y, como es habitual en la geografía ibérica, tiene unos puestos desmontables con frutas y verduras, cacharrería y ropa personal y doméstica, todo bastante barato.
A la vera de un africano que ofrecía camisetas de estrellas futbolísticas de piel oscura como Mbappé, Bellingham y Lamine Yamal, una chavalilla de veinte años y acento inconfundiblemente granadino pregonaba su producto único: espárragos frescos, espárragos recién cortados de Fuente Vaqueros, el pueblo de la Vega donde nació Federico García Lorca. Los espárragos estaban anudados en pequeñas gavillas y eran de un verde esplendoroso.
Deduje enseguida que los espárragos eran la hortaliza del día, porque, unos metros más allá, un hombre, ya en la cuarenta, también los ofrecía, solo que estos, según voceaba, procedían de Huétor. Y me acordé entonces de Josep Pla.
Resulta que estoy releyendo un librito con dos relatos deliciosos de Josep Pla: 'Un viaje frustrado y Contrabando' (Biblioteca Básica Salvat, 1982). Escritos originalmente en catalán, estos relatos fueron traducidos a un castellano magnífico por el barcelonés Josep Maria Espinàs, que también es el autor del prólogo. Dice allí Espinàs, aludiendo a Pla: “El periodista que ha recorrido el mundo se ha puesto a escribir como un incansable notario de lo local. Una vez más se ha demostrado que buceando sistemáticamente en lo local –con sensibilidad e inteligencia, claro– se produce una obra de validez universal”.
Quizá alguno de ustedes se pregunte qué tienen que ver todo lo anterior con la actualidad, que es a lo que se dedican los periódicos. Pues no poco, en mi opinión. Siempre he sido un consumidor que ha dado preferencia a lo local, a lo producido en el lugar donde resido en cada momento o en sus cercanías. Jamás he compartido el entusiasmo de estos tiempos por productos fuera de temporada que llegan a nuestro mercado desde miles de kilómetros de distancia en barcos contaminantes. Siempre he visto aspectos muy discutibles en una globalización empeñada en que haya de todo en todo momento y en todo lugar.
No les extrañará, pues, que les diga que el delirio arancelista de Trump ha reforzado esta visión. Ahora me fijo más que nunca en el origen de los productos y los adquiero o no siguiendo este orden de preferencias: Andalucía, España, países vecinos y amigos, Unión Europea, países que no pongan trabas a nuestro aceite y nuestro vino... Salvo que sea imprescindible –un medicamento, por ejemplo–, paso de gastar mis eurillos en cosas hechas en Israel y Estados Unidos.
Ahora bien, no soy ciego. Constato mi extraordinaria dependencia tecnológica de lo estadounidense. No soy de los que compran todo, hasta los calcetines, en Amazon, pero esto no me libra de gastarme constantemente mi dinero en los negocios de los tecno-oligarcas de Trump. Estoy escribiendo en un ordenador portátil con el sistema operativo de Microsoft, mi móvil y mi tableta son de Apple, mi buscador de información es Google, mis redes sociales son de Meta, mi tarjeta de crédito es MasterCard y así podría escribir un larguísimo etcétera de vasallajes.
Es entonces cuando me cabreo. ¿Qué carajo ha estado haciendo Europa en materia tecnológica en las últimas décadas? ¿Los alemanes, los franceses, los escandinavos y los latinos no hemos sido capaces de asociarnos para hacer nuestros propios sistemas operativos, nuestros buscadores, nuestros sistemas de geolocalización, nuestras redes sociales, nuestros prototipos de Inteligencia Artificial? ¡Joder, los chinos han sido muchísimo más listos! Han sabido resucitar el espíritu que les llevó a inventar en su tiempo la pólvora, el papel y el sistema de tipos móviles de impresión de Bi Sheng. Ahí están Tiktok o DeepSeek, por ejemplo.
Pero nosotros, los europeos, no hemos sido capaces de revivir la astucia que nos hizo copiar las novedades chinas de la pólvora, el papel y los tipos móviles de imprenta, y convertirlos en instrumentos para nuestra expansión –colonialista, imperialista, sí; ese es otro debate, compañeros– por todo el planeta. ¿Para qué inventar en materia de informática, Internet, Inteligencia Artificial y demás si ya lo hace el querido Amigo Americano? Nosotros a lo nuestro: poner lucecitas en la Torre Eiffel, convertir las viviendas de Barcelona en pisos turísticos, abrir un gastrobar en cada acera y, como prueba suprema de valor, gruñirle a Putin. Así hemos ido perdiendo la carrera del siglo XXI frente a Estados Unidos y China.
Aprecio a los vendedores que hoy nos han traído los espárragos frescos de la Vega de Granada al mercadillo de Salobreña. Esto es emprendimiento del bueno. El que expresa lo universal en lo local, como lo hace la escritura del maestro Josep Pla. Y me cabreo con los muchísimo mejor pagados burócratas de Bruselas y Estrasburgo que, en materia tecnológica, no supieron verlas venir. Estaban cazando moscas.
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