El presente reclama unidad
Me inquieta el que algunos amigos y compañeros a los que quiero sigan sin comprender la gravedad del momento actual, en España y todo nuestro entorno. Viven en la nostalgia de un tiempo que ya no es el nuestro, el de hace dos o tres lustros, un tiempo de indignación y rebelión contra el austericidio, la corrupción y las inequidades de las democracias. Pero la vida camina muy de prisa en este siglo XXI. Ya no estamos en ese momento, ahora estamos en otro: la lucha contra el fascismo rampante, la defensa de lo más básico, humanidad frente a barbarie.
El presente exige unidad en torno al mínimo común denominador de los que nos llamamos progresistas a fuer de ilustrados. Así lo entendieron nuestros bisabuelos en la España de 1936, otro momento sombrío. Burgueses republicanos, obreros socialistas y comunistas, campesinos sin tierra, profesionales ilustrados y pioneras del feminismo supieron aparcar sus diferencias y subrayar lo que tenían en común en el llamado Frente Popular. Lo vuelve a contar un libro reciente del historiador Carmelo Romero.
Hasta cientos de miles de anarquistas, reacios por definición a acudir a las urnas, votaron a favor de aquel Frente Popular. Y es que, lúcidamente, la CNT no había predicado la abstención por primera vez en su historia. El mismísimo Durruti había dicho: “El obrero que vote y después se quede tranquilamente en su casa, será un contrarrevolucionario. Y el que no vote y se quede también en su casa, será otro contrarrevolucionario”. Fue su peculiar manera de levantar el veto a la participación en los comicios de febrero de 1936.
Incluso así, nuestros bisabuelos terminaron perdiendo. Ganaron las elecciones de 1936, pero les dieron un golpe de Estado, les libraron una feroz Guerra Civil y terminaron siendo derrotados por la fuerza de las armas. Su voluntad de unidad no tuvo eco entre muchas de las fuerzas democráticas de otros países. Fue necesaria la invasión nazi de Polonia para que en Londres y París se enteraran de lo que estaba pasando. Entonces llegaron las alianzas, tarde para los españoles.
La España de 2026 no es la de 1936, no haga falta que me lo recuerden. Pero tampoco es la de 2015, ya lo dije al principio. Se parece, en todo caso, a la de 2023, pero con los ultras aún más crecidos. Reclama a gritos una candidatura unitaria de las fuerzas a la izquierda del PSOE en las próximas citas electorales. ¿Para qué?, se preguntan los de 0,9% de los votos en las últimas elecciones aragonesas. Elemental, querido Watson. Para que no se desperdicie ni una sola papeleta a favor de la vivienda accesible, la sanidad y la educación públicas, la subida de los salarios, la revalorización de las pensiones, la regularización de los inmigrantes y la ampliación de derechos y libertades.
Nuestro sistema electoral es el que es, no lo he inventado yo. En España puedes sacar más de 300.000 votos en el total de las circunscripciones y no arrancar un solo diputado nacional, que se lo digan al PACMA. El sistema favorece a los grandes partidos o coaliciones de cada circunscripción y perjudica a los minoritarios, aunque en el conjunto español obtengan una buena cosecha.
Esto lo saben todos y cada uno de los líderes de la sopa de siglas en que se ha convertido la llamada izquierda alternativa. Así que no puedo sino aplaudir a los que ahora dicen que quieren dejar de lado el espíritu cainita del Frente Popular de Judea e inician maniobras en busca de la unidad. Me da igual el nombre que le pongan y el candidato a La Moncloa que terminen eligiendo, ya lo adelanto. Lo que no quiero es ir a mi colegio electoral y encontrarme media docena de papeletas, cada cual más auténticamente revolucionaria que las demás.
¿Me convierte esto en un entusiasta de la OTAN, un partidario del gasto en armamento, un cómplice del genocidio en Gaza, un apesebrado de Sánchez y un tertuliano de Ferreras? Francamente, no lo creo. Si digo esto porque no quiero ver ni en pintura un futuro Gobierno nacional del PP y Vox que siga la senda del odio de los Trump, Milei, Orban y compañía, que haga a escala española lo que Ayuso hace en Madrid. Y porque pienso que el único modo de evitarlo es repetir lo de julio de 2023: un Gobierno progresista de coalición surgido de un buen resultado en las urnas del PSOE y de una candidatura unitaria de las izquierdas alternativas.
Aplaudo los llamamientos a la fraternidad de Gabriel Rufián, ese diputado que habla claro como el agua, claro que sí. Aplaudo que Izquierda Unida, Sumar, los Comuns y Más Madrid anuncien que van a ir juntos y desean que se les sumen más fuerzas, claro que sí. No tengo una bola mágica de cristal, no sé cómo acabará esto, pero, insisto, no deseo una sopa de siglas en mi próxima mesa electoral de aquellos que no pueden, aquellos que no suman, aquellos que no se comprometen y aquellos que no ponen en común. O sea, de egos colosales y espíritus sectarios.
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