Vulnerabilidad
La juventud lleva aparejada la sensación de invulnerabilidad y esto, qué carajo, es justo y necesario. La humanidad se habría anquilosado en la Edad de Piedra si tantos jóvenes no hubieran emprendido aventuras inciertas y arriesgadas a lo largo de los últimos milenios. Pero lo hicieron sin tan siquiera pensar en la posibilidad de morir en el empeño y de su temeridad terminamos beneficiando todos.
Recibimos noticias todos los días de fallecimientos en accidentes, evitables o no, y nos volveríamos locos si todos nos afectaran personalmente. Sin embargo, es rigurosamente cierto que algunos de ellos nos conmueven hasta el punto de provocarnos un nudo en el estómago que tarda en deshacerse. Tal es el caso de la tragedia ferroviaria de Adamuz que estos días entristece a los españoles.
Acabo de leer la columna que Isaac Rosa ha dedicado a este suceso en nuestro periódico. El escritor sevillano hace un delicioso elogio del tren y señala que la causa de nuestra actual conmoción colectiva es, precisamente, el sentimiento de seguridad y confort que asociamos con este medio de transporte. Tiene razón: el horror es la intrusión en la vida de un mal absurdo, inesperado, extraordinario.
Fui muy imprudente en mi juventud. Hice cosas que ahora no haría: compadrear con quinquis en la noche madrileña para hacer una buena crónica, vivir a sangre y fuego en Beirut como corresponsal de guerra, salir disparado como una flecha hacia la Gaza donde había estallado la primera Intifada, pasar unas semanas en el Sarajevo asediado por los serbios… Me sentía invulnerable, sí. A mí no iba a pasarme nada, le decía a mi madre cuando volvía de vacaciones.
¿Y saben cuándo empecé a tomar conciencia de la fragilidad de la existencia? Cuando tuve mi primera hija. Lo tengo clarísimo.
Es la paternidad la que nos hace perder el sentimiento de invulnerabilidad propio de la juventud. Hemos traído un nuevo ser al mundo y es por él por el que nos preocupamos. De todos los sangrientos sucesos y episodios bélicos que cubrí profesionalmente, recuerdo que el que más me afectó fue el secuestro de los niños de una guardería en París por un descerebrado provisto de explosivos en 1993. Yo vivía entonces en esa ciudad como corresponsal de El País y mi hija Nour, de cuatro años, iba a una de sus guarderías públicas. Sentí en mis propias carnes la angustia de los padres de los pequeños secuestrados.
No es por nosotros mismos por lo que nos angustiamos las madres y los padres, es por nuestros hijos. De ahí que seamos tan pesados pidiéndoles que nos informen inmediatamente de su llegada a destino cuando viajan.
Mi hija Nour, la que iba una guardería parisina y ahora es una treintañera independiente, tenía que viajar por razones profesionales de Sevilla a Madrid en uno de los trenes Iryo posteriores al que descarriló en Adamuz. Les juro que no respiré hasta que, veinticuatro horas después, me wasapeó confirmándome la llegada a Madrid del autobús de sustitución en que tuvo que viajar.
Dashiell Hammett contó en 'El halcón maltés' una historia que le había pasado cuando era detective de la agencia Pinkerton. A Hammett le encargaron la súbita desaparición de un tipo llamado Flitcraft y averiguó que este abandonó su trabajo y su familia en Tacoma después de que le cayera una viga cuando caminaba por la calle. Se salvó por los pelos, pero descubrió la fragilidad de la existencia. Así que se marchó a Spokane, dispuesto a empezar una nueva vida, y ¿saben qué? Cuando Hammett lo encontró en Spokane, resultó que Flitcraft tenía un nuevo trabajo y había formado una nueva familia igualmente convencionales que en Tacoma.
Se había adaptado a que cayeran vigas y luego, como no caían más, se adaptó a que no cayeran. Tal era la explicación que Hammett daba al caso Flitcraft, y tal es la explicación de por qué los humanos tendemos a seguir adelante con nuestras vidas tras esos momentos en que vivimos con espanto su vulnerabilidad.
Los mayores vivimos vicariamente esa vulnerabilidad a través de la de nuestros hijos y nietos. Poco nos importa ya lo que nos pueda pasar a nosotros, pero sí, y mucho, a ellos. Pero la vida, la que nos queda a nosotros y, sobre todo, la suya, es lo que tenemos y, caramba, puede seguir teniendo momentos maravillosos.
Así que hágase una investigación muy seria sobre las causas del descarrilamiento de Adamuz. Adóptense las medidas necesarias para hacer aún más seguros los viajes en tren, el más literario y más cómodo medio de transporte, sí señor, compañero Isaac. Asumamos que hay que pagar impuestos para tener buenas infraestructuras públicas y buenos servicios de socorro. Reprobemos a los carroñeros que difunden mentiras politiqueramente interesadas en esta y cualquier otra desgracia. Y, sobre todo, abracemos a los familiares y amigos de las víctimas. Son nuestros hermanos y podríamos haber sido nosotros.
Pero pienso seguir usando el ferrocarril, lo digo alto y claro. Viajaré de nuevo en alta velocidad la próxima semana. Será a Valencia, para hablar de Palestina.
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