¿A qué está jugando la izquierda?
El 18 de febrero, sin rastro entonces de Maricarmen y sin atisbo de unas elecciones generales anticipadas, Gabriel Rufián (ERC) y Emilio Delgado (Más Madrid) se conjuraron en un acto público en la Sala Galileo de la capital, que se quedó pequeña. Pretendían encender el faro de la unificación a la izquierda del PSOE. Lo hicieron. Allí, el catalán reclamó un “acto de generosidad inédita” que llevaría a una confluencia de muchas siglas en un partido o plataforma votable, distinguible, que aunaría fuerzas y esfuerzos, con un liderazgo ilusionante e indiscutible, respetando en cada circunscripción al que más posibilidades tuviera de arrastre: una especie de selección política darwiniana. Un experimento nunca exento de sufrimiento y arrojo, hay que reconocerlo, en el que no se han visto los partidos de otro espectro. Movimiento Sumar, Izquierda Unida o Comuns vieron con buenos ojos la idea y organizaron sus debates y encuentros junto a Más Madrid. Podemos, asintiendo, pero poniendo casi siempre las manos por delante (incluso nombrando preventivamente candidata a Irene Montero), dejó calar la idea poniendo algunos peros y condiciones.
Durante siete meses, hasta esta semana, se ha sugerido a la ciudadanía que era tan difícil como posible. Había que anteponer la altura de miras. Al fin y al cabo, España se juega un cambio de modelo y un paso hacia lo desconocido: entregar un país a los iliberales de una ultraderecha xenófoba que apuesta a que el mercado funcione sin correctivos públicos, que anuncia ya privatización en las pensiones o derogación de decretos de protección social y expulsión de migrantes. Decían que era una ocasión distinta a las demás, en medio de una ola ultra que recorre el mundo.
El escenario era histórico, decían, una especie de Transición contemporánea. Pero la épica se ha topado con la necesidad de hacer esfuerzos orgánicos y tragarse sapos y liderazgos entre organizaciones que se aborrecen mutuamente (caso Podemos con Más Madrid y viceversa; caso Podemos con Sumar y viceversa). Pactar en política no es fácil, gobernar en coalición tampoco, ceder espacio electoral aún menos, sobre todo si no tienes claro si chuparás banquillo de oposición durante cuatro años. En las últimas horas, Ada Colau ha dado muestras de poder recular y ha dicho que se quita de en medio si eso acerca a Podemos. Después de un arranque muy personalista de Mónica García, Más Madrid también ha cambiado el orden sus listas como gesto hacia los morados. Podemos no da señales de estar interesada en aceptar o en ceder algo. Si lo está, no deja verlo o no lo hace público. Cabe la duda de si alguna vez estuvieron interesados realmente en la confluencia.
El pacto de teloneros entre Gabriel Rufián e Irene Montero ha acabado esta semana por desfondar esperanzas, aunque aún quedan horas. Este inédito acuerdo lamina la confianza porque tiene como efecto secundario constreñir a los Comuns, que en 2023 sacaron mejores resultados que ERC. Bonita manera de empezar una relación.
Aunque es legítimo, no es la idea unidad de la izquierda que vendió Rufián y la que se conformaron millones de españoles, por mucho que los portavoces de Podemos y de ERC se estén afanando estos días en encontrarle coherencia para poder vender el pescado en redes. Quizás la España periférica vuelva a salvar los muebles para una izquierda que tiene mal pronóstico el 29N. Compromís ya ha anunciado que está negociando con IU y Podemos para no repetir el fiasco de la unidad, quebrada en Madrid y Barcelona. Pero hay que recordar que, en política, la inacción puede ser mejor percibida por el votante que dar falsas expectativas.
Este viernes acaba el plazo para presentar a la sociedad proyectos de la unidad que se plantearon y en la que hay, como en todos los grandes momentos, gente que rema a favor, gente que rema en contra y gente que, haciendo creer que no se opone, no mueve un dedo para que salga. Falta saber qué grupo se impone, que no tiene por qué ser necesariamente el más numeroso: una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, aunque sea solo uno. Si finalmente hay listas separadas, será muy difícil explicar a los votantes progresistas qué era tan importante como para no poner de acuerdo, en un momento clave y esencial, a partidos que tienen el mismo programa electoral. Habrá distintos grados de responsabilidad pero, aunque sea injusto, el castigo y el demérito será para todos.
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