La portada de mañana
Acceder
El fiscal advierte de que García Castellón cruza todas las líneas
Jaque mate a las abejas: la agricultura intensiva acaba con los polinizadores
OPINIÓN | 'Fernández Díaz como síntoma', por Esther Palomera

El machismo y sus burlas, herencia española

La ministra de Igualdad, Irene Montero, responde a los medios en el Congreso de los Diputados

18

Hablemos de personales reales, en lugar de Reales trampas. Es evidente que Juan Carlos de Borbón ha venido a España a modo de un desafío a su hijo, marcando territorio, y a burlarse de la sociedad decente en general. Una vez más se sale con la suya y disfruta con el escándalo del baño de masas y tratamiento mediático que se le dispensa. Quedan varios días de afrenta y prefiero dosificar el eco de la visita hasta su balance para hablar de otro tema esencial: el machismo y su burlas, que sin duda es consustancial al reino juancarlista, un hombre que a la vista de su historial no pudo tratar peor a las mujeres de su vida. Y es que sigue habiendo aquí la misma derecha guardiana de infectas esencias. La que vive al margen de la gente que trabaja, vive y lucha por su dignidad.

Al comienzo de los “dosmiles” se publicó que las diputadas británicas tomaban testosterona para ser más agresivas en sus debates parlamentarios. Grandes cantidades, debía ser porque la hormona masculina no implica esas exageraciones. El modelo de la mujer política era una Thatcher dura como el pedernal, incluso sin alma para las víctimas de aquel cambio de paradigma económico que se cebó con los más débiles y que se impuso como modelo al caerse el Muro de Berlín que, al menos, les servía de freno.  

En España, José Luis Rodríguez Zapatero, vencedor en las elecciones de marzo de 2004, apostó por la paridad comenzando por su gobierno y por leyes fundamentales, con ministras que eran mujeres normales, sin mostacho de Tejero. En España hay de vez en cuando alguien que lo intenta aunque cueste creerlo en días de intenso pestazo a dones y doñas y pringue superlativos.

La contestación a las medidas del gobierno de Zapatero fue tremenda, como suelen las de las fuerzas reaccionarias de este país. Y sin embargo funcionó, en apenas dos décadas el cambio es notable en el acceso de la mujer a múltiples campos. Falta un enorme trecho pero lo peor es que al calor de los fascismos tan amorosamente lavados, la marcha atrás es notable. El empecinamiento en destejer lo que tejemos asiste a una de sus más fructíferas etapas.

En aquellos días el PP, aún sin producirse la escisión técnica de Vox, seguía presentando recursos de inconstitucionalidad a toda idea progresista, y no podía librarse por supuesto la ley de igualdad, que buscaba mayores equilibrios. Las cuotas enfermaban a los conservadores. Fueron la fórmula en otros países como los nórdicos, pero hay una España que solo mira al suelo.

Los obispos explicaban que “la violencia doméstica era el fruto amargo de la revolución sexual”, es decir, culpa de la mujer que osó abandonar su sitio en el hogar con la pierna quebrada.

Lo cierto es que no nos conocen. Diría que las mujeres hemos intentado explicarnos los porqués de muchas actitudes masculinas dado que diferentes lo somos sin duda e influyen las costumbres muy arraigadas. A ellos les ha costado más buscarnos. Y al machismo irreductible, se añaden pijos y pijas lanzados a reivindicar en no tan rara amalgama la menstruación indolora, las nalgas de Chanel y la libertá ayusil. Entre la mofa y la clásica agresión. Y con semejante pack no hay quien compita. 

Andábamos impulsando y ganando -una vez más con gran esfuerzo - la lucha por los derechos de la mujer, pero la oposición no da tregua. España detesta a bravas mujeres luchadoras contracorriente tanto como ama a ídolos podridos. ¡Cómo se les ocurre plantear que la mujer menstrúa en su potencial papel de gestante y que algunas padecen el dolor de la dismenorrea! No se lo pueden permitir, siglos de historia nos contemplan para afirmar que la mujer ha de tragarse sus problemas específicos. Fuertes y abnegadas para que el hombre vaya a cazar y las y los modernos invoquen las libertades que aprecian en Madrid en el que reina Ayuso, “la libertaria”. Nada menos que la libertaria. A más de 7.000 ancianos en los geriátricos a su cargo -algunos insistiremos sin cesar en denunciarlo- no les otorgó ni la “libertad” de recibir atención médica, pero cuando se reina no existen responsabilidades. ¿O no es así?

No se pierdan tampoco al muchacho cuya madre está a punto de jubilarse como médica de la sanidad pública y Montero le ha enseñado, por fin, que algunas mujeres tienen reglas dolorosas. Y eso manteniéndose una alejada de los tradicionales focos mediáticos de machismo, retroceso y manipulación que destilan odio y desprecio mezquinos. Aunque quizás sea oportuno ver un ejemplo, firmado por una mujer, llamando “buenorra” a Ayuso. vestida de “yo soy tu menstruación” y así entender el ideario: o de hierro o inanes y descaradas. 

Ay, ministra Irene Montero, férrea en la defensa de derechos, que milita en un partido equivocado para los poderes ancestrales de este país. A quién se le ocurre.

No nos conocen, ni quieren. La RAE, enmohecida academia con gran predominio de hombres de edad avanzada, define en el idioma que hablamos mucho más de lo que parece. A veces incluso reacciona a las protestas y matiza. El pene era hasta hace poco para la Real de la lengua “un miembro viril”, ahora es el “órgano masculino del hombre y otros animales que sirve para miccionar y copular”, y, el clítoris, un “cuerpo pequeño, carnoso y eréctil” que sobresale en la parte más elevada de la vulva –anteriormente “cuerpecillo”- que por cierto mide 9 cms. de los cuales la mayoría son internos, aunque pocos lo sepan.

Los “moderniquis” ultraliberales han lanzado también el culto a lo que la RAE define, con asepsia, como el “conjunto de las dos nalgas”, amuleto de promoción política o artística según se ve. Y ¿saben cómo la Real define nalga? Vean: “Cada una de las dos porciones carnosas y redondeadas situadas entre el final de la columna vertebral y el comienzo de los muslos. Tan pudorosos, mientras las nalgas dobles van a portada política y a primer plano audiovisual. Es la libertad sin molestas ataduras. Para cargarse el sistema público del bienestar o glorificar toda ceremonia de diluir los grandes tiznes. De dar alas a las injusticias del sistema. La libertad y el empoderamiento de las mujeres –necesario en la desigualdad- se logra luchando por los derechos, grandes, pequeños y siempre útiles. No es un tema menor.

Las diputadas británicas dejaron de tomar testosterona probablemente porque pasaron a ocuparse de temas como los derechos laborales de las mujeres en la menopausia, otro de los grandes tabúes. Promovido éste desde hace varios años por el partido conservador. Tiemblen, que todavía queda mucho por hacer.

El problema básico reside en que a las mujeres se les exige un esfuerzo doble y triple para cualquier proyecto profesional. ¿Quieres desarrollar una carrera? Pues te comes tus dolores naturales. Y, mejor, prescinde, de labores familiares que “te corresponden como mujer”, pareja, hijos, cuidados. La renuncia a partes esenciales de la vida es una disyuntiva que a pocos hombres se les plantea. Es un impuesto de género.

Mientras escribo, laten por el teclado emplastos reales, servilismos de otras épocas que se obstinan en hacerse presente y futuro. Una vergüenza ajena que sonroja hasta arder la cara. Obscenas impunidades. Relajaciones éticas que espantan. Los fallos estructurales endémicos de esta sociedad que son el caldo en el que cuece todo. Hasta la fortaleza mal entendida. Y la glorificación actual de la estupidez, que añade grasa a la cazuela. Con olor a influencer ya para que entre mejor.

No hace falta ser más fuerte, ni más inteligente, ni efectiva, por ser mujer, pero cuando lo hacemos aguantando a pie firme todo temporal tiemblen hasta los vientos huracanados. Demasiada costumbre en atender veinte cosas a la vez. Solo que cansa, sobre todo por injusto. 

Etiquetas

Descubre nuestras apps

stats