El Mundial
Seguro que muchos de ustedes conocen el dicho del escritor Eduardo Galeano que afirma que el fútbol es la cosa más importante de todas las cosas no importantes. Así que, aunque ustedes no sean futboleros, les ruego que me permitan hoy hablarles un ratito del deporte, el negocio, el espectáculo, el comecocos -si así lo ven- más popular del planeta, el que ahora comienza su Mundial en tres países de América del Norte: Canadá, Estados Unidos y México.
Tómenselo como un sorbete para rebajar el empacho informativo de este comienzo del verano de 2026. Tal vez ustedes, como servidor, ya no puedan soportar ni un bocado más de la cobertura bizcochona de las visitas a España de León XIV y Bad Bunny. Quizá ustedes, como servidor, ya intuyen que todos los familiares y colegas de Pedro Sánchez denunciados por las cloacas policiales, judiciales y mediáticas están condenados de antemano.
Así que crucemos el charco y vayámonos al Mundial. Nuestra selección, la Roja, es una de las candidatas a ganarlo. Es un buen equipo y, con jugadores de piel oscura como Lamine Yamal y Nico Williams, se parece más a la España real que esa pandilla de machirulos blancos que manda en el Tribunal Supremo. La Roja, les informo, cosecha simpatías en todo el planeta tanto por su juego exquisito como por el buen rollo que transmite un país con reputación de buen vividor, hospitalario, pluralista, tolerante y defensor de la paz y la justicia.
¿Conseguirán los nuestros repetir la hazaña de 2010 en Suráfrica? Es difícil, pero no imposible. En paralelo con el progreso del país que representa, nuestra selección de fútbol ha aprendido a ganar títulos, ya no es aquella que jamás pasaba de cuartos en los campeonatos internacionales. Y, atención, no hablo tan solo de la masculina. La femenina acaba de endosarle sendas goleadas a Inglaterra e Islandia, y se ha clasificado para el Mundial del próximo año en Brasil. ¿Se acuerdan de La Roja femenina? Por supuesto que sí. Es la que ganó el máximo trofeo mundial en 2023 y, de paso, le dio una tremenda patada en el culo al machismo del golfo de Rubiales.
Me encanta el fútbol. Es un deporte barato, de pobres incluso. Solo precisa un terreno más o menos despejado, un balón de cualquier material y un puñado de chavales y chavalas divididos en dos equipos. He visto practicarlo en los suburbios de África, Asia y América Latina, usando como postes dos piedras y un pelín de imaginación. Y, además, me encanta leer sobre fútbol. Es un deporte muy literario, del que han dicho cosas estupendas escritores tan grandes como Albert Camus, García Márquez, Eduardo Galeano, Roberto Bolaño, Javier Marías y Juan Villoro.
“El fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero con conflicto, con drama, reflexión e ironía”, escribió el argentino Osvaldo Soriano. Bien visto. A mí me parece mucho mejor que millones de personas desfoguen sus frustraciones y pasiones aullando en los estadios a que lo hagan en los campos de batalla de las guerras mundiales. “El fútbol es la lengua franca de nuestro tiempo”, escribió el escocés Philip Kerr en Mercado de invierno. Tal cual, rompiendo fronteras culturales e idiomáticas, he confraternizado instantáneamente con cientos de personas en cuatro continentes mencionando al Madrid y el Barça.
Muchos de ustedes pensarán que el fútbol se ha convertido en un negocio obsceno, y tienen razón. Florentino Pérez, de cuya autoritaria, egolátrica y machista rueda de prensa opiné aquí mismo, acaba de ganar las elecciones a la presidencia del Real Madrid y ya está hablando de fichajes de jugadores que superen los 150 millones de euros. Sí, el fútbol se cuenta en millones desde que sus ingresos se sitúan más en las retransmisiones televisivas que en la mismísima asistencia a los estadios. Pero qué le vamos a hacer, también el cine es un gran negocio, al menos para Hollywood, y me sigue gustando mucho.
Y, por supuesto, el fútbol es política. Política de la horrible como el Mundial que albergó en 1978 la Junta Militar argentina. Política de la pornográfica como el que celebró Qatar en 2022. Colosales blanqueamientos de regímenes funestos a los que la FIFA se presta con entusiasmo siempre que ella haga caja.
Sepan, pues, que sobre el Mundial que ahora comienza ya pesa la oscura nube de la política fascistoide de Donald Trump. Xenófoba en general, islamófoba en particular. Largos y humillantes registros en las aduanas yanquis a los jugadores de la selección de Irak. Prohibición de que Irán pise suelo estadounidense: tiene que albergarse en la frontera mexicana y atravesarla solo durante unas horas si le toca jugar un partido al norte del Río Bravo. Veto absoluto a la entrada del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, el primero de su nacionalidad escogido por la FIFA para participar en un Mundial. ¿Por qué? Por ser somalí. ¿Y qué tiene eso de malo? Pues que somalí es para el trumpismo sinónimo de terrorismo.
Hablar de fútbol, ya lo ven, es hablar del mundo real, de la vida misma.
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