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Olé la Roja y Vive la République

La Selección Española.
15 de julio de 2026 21:29 h

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Disfruté como un niño el martes 14 de julio por la noche viendo ganar con tanta solvencia a la selección española de fútbol en la semifinal del Mundial 2026. Y ni más ni menos que a la temida Francia de Mbappé, Olise y Dembélé. “La orquesta se impuso a los solistas”, ha escrito José Precedo, al que estamos descubriendo este verano como un excelente cronista deportivo. Tiene más razón que un santo: en el césped de Dallas triunfó el fútbol coral de La Roja, el trabajo solidario y armónico de un auténtico equipo que se enfrentaba a una casi invencible acumulación de estrellas.

Tengo a La Roja como una metáfora de la España que me gusta: el país plural, desacomplejado y alegre, ganador a fuer de listo y currante. El reverso del país uniformemente rancio, asustado e iracundo del conservadurismo carpetovetónico, esas derechas políticas, mediáticas y judiciales que encarnan el avinagrado Feijóo, el vociferante Vito Quiles y el inquisitorial juez Peinado.

Pero la alegría por la victoria ante Les Bleus no borró mi enfado por el hecho de que, en vísperas de la semifinal de Dallas, ese señoro de casino de provincias conocido como M. Rajoy pusiera en duda la condición de ciudadanos franceses de nuestros rivales. El tal M. Rajoy solo tenía a su disposición un dato para hacerlo: el color de su piel, oscuro en la mayoría de ellos. Consciente o inconsciente, fue una demostración colosal de racismo. ¿Es que solo los blancos pueden ser auténticamente franceses, preferentemente los rubios o pelirrojos que se asemejen a los galos de los tebeos de Astérix y Obélix?

Consciente o inconsciente, el nefasto comentario de M. Rajoy fue también una confirmación de que se ha impuesto en el conservadurismo carpetovetónico esa idea que los ultras han bautizado como “prioridad nacional”. Solo pueden tener derechos los que sean muy y mucho franceses, muy y mucho españoles, signifiquen estos gentilicios lo que signifiquen. Conociendo a nuestras derechas, me temo que la españolidad genuina solo es accesible a gente de piel blanca, lengua castellana, heterosexualidad acrisolada y conservadurismo militante.

Muchos franceses han protestado por el comentario de M. Rajoy, aunque no han confundido el todo español con su parte facha y la sangre no ha llegado al río. Pero sí que hay algo más me preocupa mucho: la tenaz francofobia del Partido Popular que ya expresó Aznar al abrazarse al emperador estadounidense George W. Bush y desdeñar a la Francia de Chirac en el debate sobre la guerra de Irak. Una francofobia confirmada ahora por el rechazo del Partido Popular a ratificar en el Senado el Tratado de Amistad y Cooperación entre los dos países separados geográficamente por los Pirineos.

El pretexto del partido de Aznar, Rajoy y Feijóo es baladí: la posible presencia como invitado de un ministro francés en las reuniones del Gobierno español, que, por supuesto, también se practicaría en la dirección contraria. Es algo tan nimio que ni merece debate, pero que evidencia la persistencia de una secular obsesión del nacionalcatolicismo: la desconfianza de todo lo que pueda venir del norte de los Pirineos, sean libros de Voltaire o películas como Et Dieu créa la femme. Se presente como se presente, ideas progresistas, perfumes sofisticados o mujeres de sexualidad libre, todo lo gabacho es peligroso en esta tierra de María Santísima.

Pues miren, no estoy de acuerdo. Pienso que Francia ha sido en los últimos siglos una gran ventana de aire fresco para nuestra Península y un refugio imprescindible para nuestras sucesivas oleadas de disidentes y exiliados. Y pienso asimismo que en estos tiempos es, de lejos, nuestro principal socio político, económico y cultural. “Si Francia no existiera, habría que inventarla”, decía el maestro Miguel Ángel Bastenier, pensando en el orden mundial. Y yo apostillaba: “Especialmente para el buen rumbo de nuestra querida España”.

El relativo azar de los cruces en este Mundial americano ha hecho que el partido Francia-España se libre en las semifinales, pero bien podría haber sido toda una finalísima. En el momento es que escribo estas líneas, no se conoce todavía si La Roja tendrá que librarla con Inglaterra o Argentina, pero deseo que lo haga con esos regateadores españoles de piel oscura llamados Lamine Yamal y Nico Williams, con ese vasco modesto y goleador que se apellida Oyarzabal, con un Pedri tan excelso como el plátano canario, con el catalán infatigable Cucurella, con el portentoso director de orquesta madrileño Rodri y todos los demás.

Ojalá gane la Roja este domingo en Nueva York, pero, aunque no lo haga, ya tiene mi más sonoro olé por su actuación en este Mundial -ojalá y olé, palabras de raíz árabe, porque, señor Aznar, España también fue Al Andalus-. Y estos sentimientos, que conste, no son en absoluto contradictorios con el ¡Vive la République! que entoné de muy buen grado en la noche de este último 14 de julio.

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