El canto de las sirenas
No voy a dejar que los malajes me arruinen lo mucho que queda de este verano de 2026, probablemente el más fresquito del resto de nuestros días. Como ustedes, amigas lectoras, amigos lectores, sufro los calores desmesurados de estos días, y, además, con el convencimiento de que, de haber tenido poder, nosotros hubiéramos combatido desde hace lustros el calentamiento global con medidas enérgicas. Pero, ay, las petroleras impusieron su poder y estamos como estamos, víctimas de una canícula tremebunda y de sus corolarios, esos incendios forestales gigantescos a los que seguirán en otoño inundaciones catastróficas.
Sin embargo, aunque achicharrado, sigo vivo y coleando, disfrutando de los placeres estivales a mi alcance: unos baños en la playa, almuerzos y cenas con amigos a los que hacía meses que no veía, una tarde en un cine fresquito viendo la recreación de La Odisea de Christopher Nolan, la velada en la que La Roja ganó muy merecidamente el Mundial del fútbol. Y, miren, tanto La Odisea como la final del Mundial me han confirmado que hay historias que terminan teniendo un final feliz. Odiseo consiguió llegar a Ítaca y reencontrarse con Penélope, el fútbol limpio y coral de La Roja consiguió imponerse a las marrullerías.
Así que no quiero que me arruinen el resto del verano los aciagos personajes que, desde el mismísimo primer martes después del Mundial, han recuperado el protagonismo de la agenda mediática nacional. Esos jueces militantes de la Toga Nostra que condenan a cualquier zurdo con meras sospechas y elucubraciones, cual en los tiempos de Torquemada y la Santa Inquisición. Esos empresarios corruptos que se acogen a una doctrina bautizada con el apellido Aldama y que establece que sus pecados les serán perdonados si arrojan basura, por infundada que sea, contra los acusados zurdos. Esos políticos pletóricos de malafollá que solo ven cosas negativas, jamás positivas, en la realidad española.
Que les den, yo prefiero alegrarme por la visión de España que ahora comparten decenas de millones de personas en todo el planeta, desde la sufrida Gaza hasta el Nueva York progresista, pasando por buena parte de Europa y América Latina. La visión de un país joven y plural, currante y talentoso, alegre y triunfador que veo en miles de publicaciones en lenguas muy diversas en, por ejemplo, Instagram. España se asocia así con una idea muy camusiana: no hay la menor incompatibilidad entre la joie de vivre y la solidaridad. No la hay, no. Y no es de extrañar que insistiera en ello un Camus nieto de menorquines por vía materna y leal compañero de viaje de los libertarios españoles.
Fíjense, incluso podría terminar bien la historia de la amnistía que el actual Parlamento español concedió a los participantes en la intentona secesionista catalana de la pasada década. Como decíamos tanta gente de buena fe, aquella amnistía era un instrumento útil y legítimo para la reconciliación nacional. Así lo ha sentenciado el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Pero, claro, el tribunal europeo está constituido por un puñado de magistrados instruidos que saben que, desde los tiempos de la Atenas de Pericles, el perdón es medicinal para cerrar heridas colectivas. Nada que ver, pues, con esos togados carpetovetónicos amargados por la sed de venganza y una visión excluyente de España.
Supongo que tocarán las narices todo lo que puedan nuestros togados antes de dar su brazo a torcer y aplicar sin más zancadillas una ley aprobada por el Parlamento español y bendecida por el tribunal europeo. Y es que ellos se consideran la encarnación de la soberanía nacional, de la auténtica, la eterna, la que no se basa en cosas tan fútiles como unas elecciones populares. Así se han sentido durante demasiado tiempo los militares que protagonizaron el 18 de julio de 1936 y el 23 de febrero de 1981: salvadores de la patria por la gracia de Dios.
Como los marineros de Odiseo, me taparé los oídos con cera para no escuchar en lo que resta del verano los cantos de sirena de fiscales, jueces, politicastros y telepredicadores. Ya sé lo que dirán porque llevan diciéndolo desde hace años: que España es invivible, que todo va manga con hombro, que nos invaden hordas oscuras, que debemos temer por nuestras viviendas, que el Gobierno debe caer de inmediato, que hay que celebrar elecciones anticipadas y que todo se arreglará cuando Feijóo y Abascal lleguen a La Moncloa. Entonces, albricias, hará más fresquito, bajarán los precios, los moros serán expulsados y tendremos toros en TVE.
Pero, recuerden, las sirenas no eran hermosas mujeres con cola de pez en La Odisea ni, en general, la mitología griega. No eran tan tiernas y adorables como las pintan ahora las pelis infantiles de Walt Disney. Las sirenas eran criaturas atroces con un hermoso rostro femenino quizá, pero cuerpo de ave rapaz. Y su canto melodioso tan solo pretendía hechizar a los marineros para atraerlos hacia las rocas, donde naufragarían y serían devorados.
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