Cuando el necio mira el dedo

Pablo Casado, durante una videoconferencia con los presidentes autonómicos del PP.

Nueve de cada diez españoles quieren un acuerdo político. La sensatez era eso. En tiempos de emergencia nacional, toca arrimar el hombro más allá de las siglas. Con crítica o sin ella, pero nunca con bulos, mentiras, ataques sistemáticos o condiciones inasumibles en una democracia, se esté o no en tiempos de pandemia.

Es tan obvio que es necesario el encuentro entre Gobierno, partidos, sindicatos, empresarios y Comunidades Autónomas, que lo entiende así una aplastante mayoría de la sociedad, pero no la derecha político-mediática. Ellos están a otra cosa. A cobrarse la revancha de no se sabe bien qué cuita de cuantas creen tener pendientes con el socialismo. Será el 11M. La guerra de Irak. O simplemente ese sentido patrimonialista del poder que pareciera que les corresponde por derecho. O ellos o el caos. No hay más, pese a que los españoles saben que ante una crisis de la envergadura de la que tenemos no basta con poner el piloto automático ni echar mano de la plantilla de recetas infalibles porque no ha habido país afectado por la COVID-19 que haya demostrado que las tenga.

Cada mañana, la derecha añade un capítulo nuevo a su libro del despropósito. Si no es la "eutanasia feroz" en las residencias de mayores, es la "mentira" sobre el número de fallecidos, la "negligencia" por la compra de material sanitario, el "cambio de régimen", la división en el seno del Gobierno, el comunismo, el "teatro de guiñoles" o la inequívoca voluntad de instaurar la censura. Para esto último, sin duda, José Félix Tezanos les ha proporcionado la munición perfecta con su torpe, intolerable y hasta antidemocrática pregunta del CIS sobre el control a los medios.

La política de comunicación tampoco ayuda. Lo ha reconocido hasta el vicepresidente segundo: "La comunicación la podíamos haber hecho mejor", ha admitido. ¡Y tanto! Desde el filtro a las preguntas de los periodistas hasta el sorteo para participar en las ruedas de prensa telemáticas hay un camino tortuosamente recorrido por la Secretaría de Estado de Comunicación de este Ejecutivo que algún día se estudiará en las facultades para que los que vengan detrás sepan lo que no se debe hacer jamás en la gestión de una crisis y en la relación de las instituciones con los medios.

Más allá de los errores cometidos, que los ha habido y muchos, está el profundo desconocimiento de algunos sobre la dimensión de la política en tiempos de pandemia que les lleva a entretenerse torpemente en el sensacionalismo, la anécdota o el bulo sin posibilidad de ver horizonte alguno. Y ahí entra en juego aquello de que cuando el sabio señala la luna, sólo el necio mira el dedo. Y también la diferencia entre la estupidez y la ignorancia. Uno puede no saber, pero no contribuir con sus actos o sus palabras a la patraña, la descalificación o el cuñadismo convirtiendo en noticia o comentario para la cotización del TT los detalles de menor importancia para ocultar el alcance de algo.

Ha pasado en las últimas horas con la decisión del Gobierno de acelerar el ingreso mínimo vital que llevaba en el programa de la coalición . Lo importante no es que las familias más vulnerables vayan a recibir en mayo una ayuda directa que les permita llenar la nevera, sino que un vicepresidente y un ministro no se hayan coordinado para anunciar la medida. La trascendencia no es que vaya a haber un salvavidas para que los hogares con menores ingresos puedan afrontar las necesidades básicas, sino que Escrivá no pusiera fecha a la medida e Iglesias asegurase que se cobraría en mayo. Lo esencial no es que haya una renta de emergencia para que casi un millón de familias puedan sobrellevar la crisis, sino que el vicepresidente segundo haya echado mano de Pedro Sánchez para ganar un pulso al titular de Seguridad Social. El colmo de la inanidad y la estulticia es que se justifique la negativa de la derecha a formar parte de un pacto de Estado mientras no acuerden entre ellos los ministros. ¿De verdad merecemos tanta estupidez cada mañana? Si al menos leyeran un poco, sabrían que hasta los doctrinarios del liberalismo hace semanas que se cayeron del caballo y claman por una renta básica, un ingreso mínimo o una ayuda de emergencia. Pues nada, ellos a la necedad absoluta y al reduccionismo porque aunque maquillen de buena voluntad sus discursos o sus palabras, les encanta quejarse, criticar o descalificar. Más allá de su lamento o su rabia, les cuesta proponer algo que no sea el discurso negativo y de confrontación con el que instrumentalizar las emociones y acomodarse en los titulares de la indignación. Lo increíble es que para el necio cualquier forma de solución, por mínima que sea, siempre es un problema. Vamos, que prefieren el ciento por ciento de nada al cincuenta por ciento de algo.

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16 de abril de 2020 - 22:11 h

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