No pienses en una pandemia
Tú no te acuerdas porque eres muy joven, pero hace doce años -hace un siglo- tuvimos en España un caso de contagio de virus de ébola, el primero conocido fuera de África, causante de una enfermedad que provoca hemorragias y mata al 90% de los infectados, y que en aquellas fechas dejó más de 11.000 muertos en países africanos. En aquel remotísimo 2014, cientos de personas se manifestaron en ciudades de toda España para rechazar el sacrificio de un perro, Excalibur, cuya dueña se había contagiado. Doce años después, aplaudiríamos que hundiesen en alta mar el barco del hantavirus con todos sus pasajeros dentro, con tal de que no se acerquen a nuestras costas. Es una exageración, ya, pero por si acaso no hagan una encuesta.
Entre medias, una pandemia que nos dejó un profundo trauma del que solo nos damos cuenta en momentos como este, cuando un virus nos remueve la memoria. Hemos oído hablar de “paciente cero”, PCR, cuarentena; hemos visto otra vez a Fernando Simón, y se nos ha cortado el cuerpo. No porque pensemos que el nuevo virus puede desencadenar otra pandemia, es muy improbable; es que no nos hemos recuperado emocionalmente del coronavirus. Un estrés postraumático que hace que, ante la aparición de un nuevo virus incierto, revivamos en lo más íntimo todo el miedo, el dolor y la angustia de aquel tiempo. Como cuando, todavía hoy, en un cajón de casa o en el bolsillo de un abrigo viejo encuentras una mascarilla: te sonríes, pero la herida se resiente.
Aunque solemos evocar la parte anecdótica y simpática del confinamiento, la pandemia de COVID es la guerra de nuestra generación: dejó miles de muertos, nos puso al borde del colapso, impidió seguir nuestras vidas durante meses, dejó heridas sociales y destrozos económicos, y además causó división y enfrentamiento, introdujo la sospecha y el bulo, y azuzó el populismo reaccionario que venía de antes pero que en la pandemia encontró su oportunidad. Nada ha vuelto a ser igual, aunque vivamos en el espejismo de que recuperamos nuestra vida tal como era antes del virus.
Precisamente por esa condición traumática, sería exigible un plus de responsabilidad a políticos y periodistas a la hora de manejar la alerta sanitaria del hantavirus. Sabiendo la conmoción que la sola mención a un virus provoca en la ciudadanía, sería esperable que tratasen el asunto con cuidado de no alarmar por alarmar, no asustar a los fácilmente asustadizos, no añadir incertidumbre ni sospecha, y sí reforzar la confianza y la seguridad.
Todo lo contrario: la posibilidad de un virus es vista por algunos miserables como otra oportunidad de oro para sus intereses, ya sean sacudir al gobierno, extender el bulo conspiranoico, o ganar audiencias. Saben que es un marco fácil, resistente a la razón, inflamable. Basta con decir, a la manera de Lakoff, “no pienses en una pandemia”, para que no podamos pensar en otra cosa. No iban a dejar pasar una oportunidad así. Lo más probable es que en unas semanas ya no nos acordemos del hantavirus, pero habrán conseguido que durante estas semanas revivamos el trauma pandémico. Que sepan que tomamos nota.