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No quiero comer en el plato de los locos

El papa León XIV durante una visita a la Universidad de la Sapienza, en Roma.
30 de mayo de 2026 22:21 h

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O leía los sumarios o la encíclica. Elijo el texto del Papa sobre inteligencia artificial, porque la vida es corta, y la semana, más. Y porque la revolución de la IA es el acontecimiento del siglo XXI.

Pero los sumarios irrumpen aunque no los lea. Pongo la radio mientras hago la crema de puerros: la thermomix a 80 grados, sobornos, velocidad cuchara. Levanto el tapón, chorro de nata, dinero en los radiadores, 90 grados, una pizca de comino, la impostura del exministro, 100 grados, no sabía nada, velocidad 5, la UCO y el juez, y viceversa, billetes en el radiador, policía dizque patriótica, 110 grados, velocidad 6, la fontanera, el fiscal, velocidad 7, velocidad 8, el tesorero, velocidad 9, la gerente, 120 grados, las joyas, velocidad 10, las cuchillas al máximo estruendo, todo triturado… Apago la radio y la thermomix. La crema, está mal que lo diga yo, en su punto. 

La ‘Magnifica Humanitas’ de la que habla León XIV somos nosotros: seres imprevisibles que desafiamos al destino, capaces de hacer una crema de puerros o la Capilla Sixtina y, aún más increíble, llorar al contemplarla (la capilla, no la crema). La IA no es neutral “porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”, dice. Hay que desarmarla, mirarla por dentro, porque otorga “a quienes tienen el poder económico para explotar el conocimiento, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad”. Amén.

La lectura de la encíclica me transporta al tiempo vivido de otro modo, como cuando transcurría y no había que aprovecharlo, sino habitarlo. La red está inundada de bazofia producida por IA que no viene de ningún lado ni va a ninguna parte. En cambio, el texto del Papa está anclado en la historia, León XIII, la doctrina social. Y más lejos: Babel, Jerusalén. Me arraigo a la historia humana. Sigo leyendo. Me sumerjo en la sensación de ser un transcurrir, me quedo en la plácida conciencia de lo ancestral, mientras ahí fuera el tiempo estalla.

Lo peor es que nosotros también estallamos con el tiempo: las noticias ya son sólo un estado de ánimo y nuestras emociones se emulsionan con ellas. Mucha gente deja de seguir la actualidad porque sienten lo mismo que ese personaje de Joanna Kavenna que afirma: “Es como si la realidad estuviera en manos de alguien con tembleque”. 

Me voy al teatro a ver a Ismael Serrano, que interpreta ‘Golpe a golpe, verso a verso’, la vida de Antonio Machado con canciones de Serrat. Mi infancia son recuerdos: los sábados por la mañana mi madre limpiaba mientras los poemas de Machado resonaban desde el tocadiscos por toda la casa. Ismael me lleva allí donde “hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza/ entre una España que muere/ y otra España que bosteza”. No sigo, por lo de la bicha. 

La crisis política y la crisis epistémica se funden en un tsunami que me colapsa el cerebro, pero para pensar bien hay que hacerlo desde el pasado, como León XIV, porque todos venimos de algún sitio. El trabajo de regeneración democrática está hecho: no hay más que buscar entre las iniciativas debatidas en el Congreso desde 2012 en adelante. A veces, la mejor política es un simple cortaypega. Plagien lo que ya se ha debatido en la cámara en los últimos 14 años. Copien, señorías, copien y voten. 

Si lo que queda de legislatura se dedica íntegramente a aprobar la siempre postergada agenda de prevención de la corrupción, los ciudadanos veremos con más claridad quién ampara la corrupción y quién no. Dos, tres, muchos Vietnam de regeneración democrática, una iniciativa tras otra, cada martes, en todos los consejos de ministros. Y a votar en el Congreso, a retratarse todos. Porque el panorama que pintan algunos jueces con su doble rasero no puede ser la única forma de medir el interés de cada cual en la regeneración. 

Además hay hechos, prácticas dudosas en el corazón del Partido Socialista que no se pueden disolver con sospechas. La realidad está maltrecha, sí, como diría mi abuela: tiene más golpes que el plato de un loco. Pero si la izquierda golpea ese plato se convierte en ese loco. En la política de 2026 o se habla desde la realidad o se fabula para la tribu: esa divisoria es más relevante que ninguna otra. 

Se ha citado mucho ese pasaje de Hannah Arendt donde asegura que el individuo más conveniente para un régimen totalitario es el que no distingue la realidad de la ficción. La leo también en la encíclica de León XIV, que reivindica, atención, la dimensión racional de la verdad: “La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia”. Cuando por fin hemos logrado que la iglesia defienda la razón, no podemos huir de ella los progresistas. No queremos comer en el plato de los locos. 

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