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No es una vaca cualquiera...

El ministro de Consumo, Alberto Garzón.

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¡Qué va! ¡Qué va a ser una vaca cualquiera! Es más, es una vaca muy salada, o eso se pretende. No da leche merengada, pero ha montado un buen merengue. Y, de hecho, ¡está siendo la leche! Porque, ¡hay que ver la que se ha liado y lo estrujada que está siendo la pobre! Tan aprovechada que se diría porcino.

No puede negarse que, por el momento –y queda aún un tiempo que se nos va a hacer muy largo–, la vaca, dicho así, en general, se ha convertido en protagonista de debates estrictamente políticos y estratégicos, de disquisiciones sobre la oportunidad de exteriorizar en algunos medios y tiempos determinados planteamientos de responsables institucionales, de discusiones sobre la calidad alimentaria y sobre la protección del medioambiente, de apelaciones a la defensa del producto español… 

Y, en todo este contexto, además y en consecuencia, la vaca se ha convertido en protagonista y su entorno en espacio de mítines electorales. Son visitadas, fotografiadas y grabadas día sí y día también en compañía de gentes de la política, acarameladamente, para ser, en medio de la refriega, imagen reiterada en los noticiarios. 

Y todo esto, sin rubor ni freno, tal como se está discutiendo del tema. Con soltura y desvergüenza, pero sin rumbo; o sea, como vacas sin cencerro.

Porque así está siendo, sí. Resulta que se ha producido un debate a mil bandas a raíz de las sobradamente –aunque, al parecer, no siempre fielmente– repetidas  palabras del ministro Garzón en un diario extranjero sobre la ganadería “intensiva” y su diferencia con la “extensiva”. Unas palabras que, según he leído directamente, se referían a esa ganadería “intensiva” como contaminante del suelo y el agua, maltratadora de los animales y suministradora de carne de peor calidad. Opiniones que el ministro sostenía con apoyo en el Informe “Meat Atlas” de la organización “Friends of the Earth Europe” –Amigos de la Tierra–. Palabras que también defendían expresamente y al mismo tiempo la ganadería “extensiva” como “medioambientalmente sostenible” y con “mucho peso en partes de España como Asturias, partes de Castilla y León, Andalucía y Extremadura”. Lo que planteaba el Ministro en contraposición a las “llamadas macrogranjas”, calificando este sistema de producción ganadera como “no sostenible en absoluto”.

Y ya ven la que se ha liado, a diestra y siniestra; por tierra, mar y aire; de frente y por la espalda. Y todo esto para que alguien termine, como ocurrirá, por decir a alguien: si te ha pillado la vaca, ¡jódete! La cuestión está en determinar a quién ha pillado –o va a pillar– esta vaca, pues todavía hay mucho juego y todo está por ver. 

Lo cierto es que nadie –o casi nadie– plantea objeciones serias a las palabras de Garzón. Nadie se atreve a negar lo innegable. 

El Gobierno no debiera –ni, por ende, tampoco el PSOE ni UP– echarse piedras contra su propio tejado, sino agarrar el debate sobre el fondo y, en coherencia, sostener su “Estrategia de Desarrollo Sostenible 2030”, en la que se anuncia un “Plan de impulso a la Sostenibilidad  y Competitividad de la agricultura y la ganadería” y una “Ley de Bienestar animal” que establecerá las bases para el control sobre la cría y venta de animales y la meta de lograr para 2030 “una ganadería que habrá transitado hacia modelos de producción más sostenibles”. Y debiera también recordar su acuerdo de coalición, en el que consta el propósito de “mejorar la sostenibilidad de la producción ganadera” y de aprobar la antes mencionada “Ley de Bienestar Animal” para introducir “mejoras en el control de la producción de animales de consumo”.

Y no es una reacción políticamente inteligente –aunque pretenda contentar momentáneamente a algunas voces airadas sin razón– la de un presidente de Gobierno que “lamenta muchísimo esta polémica” sin defender firmemente su proyecto político, ese proyecto que le llevó en su día, en la campaña electoral del otoño de 2019, a apostar “por una ganadería sostenible, a menor escala”, para “abordar la crisis climática”. Apuesta que debe mantenerse, desde luego, defendiendo al mismo tiempo sus propósitos ya aprobados y al sector ganadero que actúa según los métodos de producción considerados sostenibles.

El PP tampoco debiera estrujar la vaca hasta el límite renegando, sin más, de sus actuaciones pasadas relativas a cierres y/o negativas a aperturas de instalaciones ganaderas “intensivas” por razón de su impacto ambiental y de su escasa relevancia para corregir el problema demográfico en algunas regiones, como han expresado en varias ocasiones. Y ello, aunque haya habido también otras actuaciones contradictorias, al adoptarse decisiones en sentido contrario. En todo caso, le correspondería, por exigible y debida responsabilidad política, contribuir al debate aportando su real y actual posición sobre la cuestión.

Y nadie, absolutamente nadie, podrá negar que este debate sobre el modelo adecuado de explotación ganadera ha sido también abordado en el plano supranacional e internacional. Lo ha hecho la UE, que ha reconocido reiteradamente el problema de la producción animal a gran escala. Lo ha hecho también la FAO, que ha recomendado una “gestión sostenible del ganado”, lo que se ha plasmado en la Agenda 2030 de la ONU, en la que, en esencia, se afirma acerca de este tema que “se pretende reforzar la contribución del ganado a la erradicación del hambre”, a la par que se promueven “sistemas de producción sustentables y amigables con el ambiente”·

De modo que las palabras del ministro Garzón son irreprochables en su contenido. Y, en mi opinión, también en su oportunidad, si así lo entendió y así lo asume él mismo. Porque, sin duda, lo que se puede decir y se dice en España ha de poder decirse sin vergüenza también fuera. Aunque para ser comprendido ello haya de ser leído sin excesiva mala fe ni aprovechable oportunismo. 

Pero no es fácil navegar en estas aguas o caminar apaciblemente por estos prados entre estas vacas. Y no lo es porque alguien cree haber encontrado “la vaca de las ubres de oro”, la que no da leche, esto es, debate auténtico, pero se pretende que proporcione confrontación y, en consecuencia, votos. Pero, ojo, porque, según las “prácticas de buen ordeño”, es preciso planificar bien el momento para extraer la leche a cada animal y evitar su sobreordeño. Aunque no sé si alguien va a seguir estas recomendaciones o si, por el contrario, va a  intentar estrujar en exceso esta vaca. 

En este país –lo digo en general, no se me mosquee nadie– sabemos de vacas, ya lo creo. Y hay muchas, de muchos colores y tamaños, bien lo sabemos. Cada cierto tiempo, cada vez menos, saltan. Y las corremos o evitamos, según los casos, pero siempre las cantamos. Y, como la sabiduría popular conoce, también en este caso lo cierto es que parece que las vacas se han “escapao”, pero resulta que, contra lo que aconseja la prudencia, no hay quien diga ya alto y claro “que no salga nadie”, que “no se ande con bromas”, que es un “ganao” con trampa, o sea, muy mal “ganao”, ¡riau, riau! Y, por tanto, si te pilla, ¡jódete!, por salir a correr esta vaca, que, como otras muchas, no es una vaca cualquiera y correrla requiere seriedad, profesión y honestidad.

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