Noche en el museo

Boris Johnson le señala uno de los cuadros a Pedro Sánchez durante la cena en el Museo del Prado.

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“Hay algunos hombres grandes y otros tienen la grandeza ante ellos”, concluía el presidente Teddy Roosevelt en el exitosa Noche en el Museo, vigorosamente encarnado por Robin Williams. Viendo las imágenes y los selfies de los líderes de la OTAN en el Museo del Prado, ustedes dirán por dónde andaba la grandeza. Las Meninas no ganan mucho sirviendo de fondo para una fotografía de familia para la cumbre de la OTAN. Más bien al contrario.  

Aparte de constatar, con alivio, que la actual Casa Real siempre tendrá un futuro en el competitivo mundo de la alta hostelería y lo poco sostenible que resulta juntar tanta limusina, la cumbre de la OTAN ha resultado una pésima noticia para Vladimir Putin. Invadiendo Ucrania pretendía evitar que el tablero europeo siguiera inclinándose hacia la UE y la OTAN. La cumbre de Madrid ha naturalizado una basculación definitiva en sentido opuesto a Moscú. Putin va perdiendo la batalla geoestratégica. No está tan claro que vaya perdiendo la guerra, mucho menos el asedio energético y económico.

Antes de que en España se enreden en la pregunta trampa de la derecha sobre de dónde se va a sacar el dinero para aumentar el gasto militar, o en el eterno dilema entre cañones y mantequilla que plantean desde y a la izquierda del Gobierno, podríamos dedicar un ratito, aunque sea pequeño, a tratar de responder, con la complejidad y el sosiego que requiere, la pregunta sobre si ha sido buena o mala para España esta cumbre y qué significará para nosotros el nuevo escenario definido.

Antes de discutir sobre cuánto debe ser el aumento del gasto en Defensa o de dónde ha de salir, a lo mejor convendría analizar si esa cuestión debe seguir respondiéndose de forma unilateral por cada país de la UE en función de sus circunstancias nacionales; o deberíamos impulsar un debate y una respuesta en clave comunitaria. Dejar de comportarnos como un puñado de socios individuales y mal organizados para pasar a sentarnos en la mesa de la OTAN como un único socio conformado por 27 países que, hoy en día, ya triplican a Rusia en gasto militar.

Antes incluso de contemplar ese enfoque europeo, deberíamos argumentar con calma si queremos o no estar donde estamos en política exterior. Si queremos, con las ventajas de la pertenencia a la OTAN o a la UE, viene una inevitable asunción de costes de la cual no puedes escaquearte porque prefieres gastar esos recursos en otros fines; en geopolítica a los gorrones se les expulsa sin contemplaciones. Si realmente queremos una Europa autónoma y más fuerte en el mundo hay que liberarse de la dependencia estratégica de los USA y eso cuesta dinero, mucho dinero. 

Y antes incluso de discutir si queremos estar aquí, convendría clarificar para qué queremos estar donde estamos. De la cumbre de Madrid sale una OTAN que ha comprado toda la agenda exterior norteamericana. Son sus prioridades y sus amenazas. Putin es un peligro para todos, especialmente para la UE, pero no sabemos realmente si China representa una amenaza para Europa o lo es básicamente para la primacía mundial de Washington. Amenaza y competidor no son lo mismo y conviene no confundirlos. Si en el nuevo escenario asistimos, como nos cuentan, a una lucha entre democracia y autocracia, resulta más que inquietante que uno de los grandes ganadores del sínodo del bando de la democracia haya sido un autócrata de libro como Erdogan, el presidente turco.

La invasión de Ucrania le ha dado a la OTAN la oportunidad que necesitaba para colocarnos toda su cartera de productos, desde la logística militar a la retórica que pretende legitimarla. Pero eso no implica necesariamente que debamos comprar todo lo que nos quieren vender. 

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