Pablo Iglesias ante el trumpismo madrileño

Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, y Pablo Iglesias

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En la política española de los últimos años nada puede entenderse sin la obsesión que sectores del poder económico, político y mediático tienen con Unidas Podemos, sin su deseo de acabar con Pablo Iglesias, con la formación que lidera y con sus partidos aliados.

El sueño húmedo de muchos sigue siendo volver al bipartidismo y a las políticas neoliberales sin cuestionamientos públicos, y ello explica numerosos movimientos políticos de los últimos tiempos, incluida la nueva convocatoria de elecciones generales en 2019, que solo sirvió para que la ultraderecha lograra más espacio parlamentario. Quien juega con fuego, se quema.

Ha ocurrido de nuevo en Murcia. Los movimientos del PSOE y Ciudadanos han demostrado una gran torpeza política y ha desembocado en el desastre, allanando el camino a la derecha y ultraderecha madrileñas, con un candidato del PSOE ausente -barajándose como Defensor del Pueblo- y una candidata de Unidas Podemos que afronta una posible inhabilitación por parte del Tribunal Superior de Justicia de Madrid por el simple hecho de haber participado en una protesta contra un desahucio en 2014.

En cuanto Ayuso hizo público el adelanto electoral, Unidas Podemos se concentró en analizar todos los posibles escenarios. Iglesias anuló parte de su agenda prevista para el jueves 11 de marzo y empezó a buscar con su equipo una vía plausible, consciente de que lo que está en juego el 4 de mayo no es solo el futuro de Madrid -nada más y nada menos- sino la configuración de un escenario de fuerza para la extrema derecha en todo el país.

Un triunfo de Ayuso y Vox sería todo un símbolo favorable para el discurso de odio contra las personas migrantes, contra los homosexuales, contra las feministas. Supondría una normalización mayor de la corrupción, un visto bueno al abandono de los servicios públicos, a la reivindicación de la dictadura franquista, a la apología del terrorismo de Estado.

El asalto de la ultraderecha en Madrid implica un enorme riesgo para toda España. En el entorno de las izquierdas madrileñas empezaron a surgir llamamientos a la unidad de las distintas formaciones. Pero en unas declaraciones públicas Iñigo Errejón expresó sus dudas y manifestó que lo importante serían los pactos postelectorales.

Durante el fin de semana los teléfonos echaron humo. Entre activistas de la sociedad civil circularon bocetos de manifiestos llamando a la unidad y textos alertando del peligro del conformismo ante una derecha racista, machista y dispuesta a banalizar el mal. De fondo, el convencimiento en muchos ámbitos de que se necesitaba un relato movilizador para el electorado de izquierdas y que cualquier rechazo a una unión provocaría desafección.

Este lunes Pablo Iglesias sorprendía a todos anunciándose como candidato de Unidas Podemos en Madrid. El líder de la formación llevaba hablando desde el verano con Yolanda Díaz sobre la posibilidad de que ella asumiera antes o después el papel que él desempeña. Esa transición, asimilada como algo que tendría que producirse en algún momento, se ha visto acelerada por los acontecimientos, con el objetivo de intentar evitar un gobierno de ultraderecha en Madrid.

Iglesias ha cumplido lo esencial de su propósito como vicepresidente segundo: entró en el Gobierno para sacar adelante los Presupuestos con una mayoría de izquierdas, logró arrancar del PSOE compromisos en materia de política social y seguirá intentando sacar adelante la Ley de Vivienda. Ha dicho que las transiciones se hacen cuando se puede, que en política uno tiene que estar donde sea más útil en cada momento, que ahora toca generar ilusión en Madrid, aparcar diferencias y asumir responsabilidad.

Iglesias afirmó en el pasado que no iba a estar eternamente como líder, y lo cumple. Deja en el Gobierno más presencia de mujeres de su formación, porque Ione Belarra adquiere un papel más importante, ocupando la cartera de Derechos Sociales y Agenda 2030. También en Unidas Podemos se traza una primera línea con nombres de mujer, con Yolanda Díaz a la cabeza, Irene Montero o Belarra. Será un sistema más coral, pero con un liderazgo claro, el de Díaz, que genera consenso dentro y fuera de UP.

El todavía líder de Podemos ha tendido la mano a Más Madrid, proponiendo una candidatura conjunta, dejando de lado las diferencias, entendiendo que no es momento para batallas y ofreciendo unas primarias en las que él asumiría el puesto que los inscritos de Unidas Podemos y Más Madrid decidieran. La candidata de Más Madrid, Mónica García, ya ha dicho que hablarán, sin imposiciones. Les toca estar a la altura de unas circunstancias en las que no solo Madrid, sino todo el país, se juega mucho. Es momento de cooperar, no de competir.

Quienes dicen que el paso de Iglesias movilizará el voto de la derecha olvidan que el electorado de la derecha y la ultraderecha está hipermovilizado desde hace tiempo, que sus votantes son fieles. Que el hasta ahora vicepresidente del Gobierno de España se presente como candidato regional solo afecta de un modo: abriendo la posibilidad de movilizar a potenciales votantes situados a la izquierda del PSOE. La escenificación de diálogo entre las formaciones de la llamada izquierda transformadora podría despertar a un electorado aletargado que daba por inevitable la victoria de la derecha.

Desde el PSOE no deben ver con malos ojos la jugada de Iglesias, porque podría aumentar sus posibilidades de gobernar en Madrid si se reparten los papeles. Unidas Podemos apelará a los votantes de izquierdas frente a la amenaza de la ultraderecha. En el PSOE tendrán que diseñar una campaña dirigida al votante de centro, intentar recoger a los decepcionados que en el pasado votaron a Ciudadanos y al PP, y movilizar a sus fieles.

El marco madrileño ha cambiado. Lo que se presentaba como un cómodo paseo para la derecha en Madrid se convierte ahora en una contienda electoral. Solo eso ya es un avance. Porque detrás de todos estos nombre de tránsfugas y corruptos que hemos tenido que aprendernos estos días hay muchos más nombres que no conocemos de gente anónima, de sanitarios, de profesores, de personas trabajadoras en los sectores esenciales, que luchan diariamente a contracorriente para lograr que Madrid sea un lugar digno, y que merecen que, como mínimo, se intente.

Estas elecciones deberían servir para dejar de lado a todos aquellos políticos sin escrúpulos que nos atrapan diariamente en sus culebrones, erigiéndose una y otra vez como eternos protagonistas del relato de nuestro presente, arrinconando a quienes de forma anónima sacan adelante las cosas a costa de un esfuerzo no recompensado. De ellos, de su trabajo, de sus carencias, de los retos y obstáculos que tenemos como sociedad, es de lo que necesitamos hablar en el debate público. De eso tiene que ir la campaña electoral madrileña, mientras Ayuso y sus amigos de Vox defienden que "cuando te llaman fascista estás en el lado bueno de la historia" o a la dictadura franquista como un gobierno mejor que el actual.

En cuanto al candidato de Unidas Podemos por Madrid, es evidente que asume riesgos, pero sin duda su jugada ha generado ilusión en sectores de la izquierda. Pase lo que pase, más allá de los resultados que dejen estas elecciones madrileñas, nadie podrá negar que Iglesias sí lo habrá intentado. Ante el asalto de la ultraderecha merece la pena entender que hay que movilizarse como nunca, que se necesita unión y cooperación. Para evitar que la palabra fascista se convierta en el lado bueno de la historia. Si no es ahora, ¿cuándo?

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Publicado el
15 de marzo de 2021 - 22:51 h

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