Soltad a los perros, que Pedro se ha escapado
La gente corriente ha logrado imponer para esta campaña electoral 2026 los temas que importan, por eso va a ser singular y por eso ha pillado al PP desprevenido: noqueado por la fecha y porque la calle habla mientras Feijóo manzanas trae. Ya no vale Cataluña, la inconstitucional amnistía que no lo era, ni el feminismo radical, ni los jueces, ni la prioridad nacional que no evita desahucios. El eje de la campaña de 2019 fue territorial. El de 2023 fue ideológico. El de 2026 va de un modelo de estado que interviene para proteger y compensar las desviaciones del capitalismo salvaje o de un estado que permite todo y no regula, dejando sin árbitros los jugosos negocios de la vivienda, educación o sanidad.
De repente, Maricarmen ha hecho cristalizar y elevarse preguntas básicas que han dejado en un segundo plano la construcción ideológica sobre si eres ultra, qué significa ser progre, las maldades de lo woke o incluso la corrupción. ¿Podré independizarme? ¿Alguien pondrá freno a las redes sociales para proteger a nuestros hijos? ¿Tendré que pagar una universidad privada porque se está dejando de apostar por la pública? ¿Me van a dar ayudas para comprar casa? ¿Por qué faltan plazas de FP en muchas comunidades? ¿Me van a apoyar como propietario si dejan de pagarme el alquiler? ¿Se va a invertir en bomberos forestales para los próximos incendios? ¿Por qué mi ciudad no topa los precios? Muchas de estas respuestas no están en el Gobierno, sino en ayuntamientos o comunidades autónomas. Habrá que dar clases más profundas sobre la compleja estructura del Estado español.
De repente, sin aviso, todo esto es importante y convierte en ridículo, inoportuno y extemporáneo hacer memes con el cuádriceps de un ministro o hablar de traición de Puigdemont. Feijóo parece no haber entendido que le han cambiado la pantalla del videojuego mientras esperaba sentado a que los sumarios y los informes de la UCO le hicieran el trabajo de oposición. Sin caer en que, además de oponerse, tenía que proponerse.
El inicio de la precampaña, con la siempre estimable colaboración de Isabel Díaz Ayuso, no ha podido ser peor y más errático para los populares. Feijóo empezó cuestionando las ganas de trabajar de los españoles con datos engañosos de bajas laborales: si los lunes hay muchas es porque se acumulan las de sábados y domingos. Pero él, que ya perdió puntos frente Silvia Intxaurrondo por mentir en 2023, no parece haber aprendido que es mejor no ser displicente con los trabajadores o pensionistas, sobre todo con datos falsos. Siguió la semana proponiendo que los médicos pagados por las empresas decidan cuándo vuelve un trabajador de su baja y dando una lección magistral sobre energías llamando nitrógeno al hidrógeno. También, dando alas a la teoría conspirativa de Ayuso sobre el voto por correo con el que ella misma llegó a presidenta con mayoría absoluta. Qué buen plan desincentivar (también para los tuyos) que se use la herramienta democrática del voto a distancia para quienes no pueden hacerlo en persona.
Aunque Feijóo y Ayuso se empeñan a veces en hacernos creer que el peor enemigo del PP es el Partido Popular, la verdad más incómoda está más a la derecha. En las elecciones de 2023 había dudas sobre el alcance de la amistad que habría entre PP y Vox –Feijóo eludió siempre las posibilidades de pacto, aunque luego vino Mazón a darle un bofetón desde València–. En estas elecciones no hay duda. Todo lo que diga Abascal podrá ser utilizado en contra de Feijóo, porque se da por hecho que, si suman, los populares tendrán que ceder para pactar.
Cuantas más ideas para desmantelar el estado del bienestar lanza Vox, más efectos secundarios para el PP. El partido de Abascal ha propuesto esta semana mandar de vuelta a inmigrantes (¿a cuántos y con qué base legal?), desregular todo lo posible o incluso privatizar pensiones. Aunque no lo haya dicho Feijóo, es normal que su votante piense si llegaría a hacerlo a cambio de ser presidente.
En el peor de sus escenarios, Pedro Sánchez ha digerido su derrota parlamentaria y la ha lanzado como pregunta de futuro, proponiéndose como quien ha escuchado y sabe qué hacer para arreglarlo. Ha cambiado el campo de juego, los tiempos y ha sabido agarrar el balón que estaba botando en la calle, aunque falta por ver si esa calle confía en la izquierda, quiere un cambio a lo que sea distinto o ve al Gobierno como parte del problema que nos ha traído hasta aquí. Mientras, un PP nervioso persigue y ladra al perro Pedro que, cuando menos se lo esperaban, se les ha escapado.
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