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Buenos días, América

Ciudadanos estadounidenses votando en una iglesia episcopal en Los Ángeles.
4 de noviembre de 2026 22:14 h

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Para entender la magnitud del revolcón que los estadounidenses han dado a las políticas de Donald Trump este martes, bastaba con poner televisiones y radios y escuchar cómo entraba en ellas, una detrás de otra, el presidente en persona a justificar su derrota en las 'midterms'. Sin límite de tiempo, dispuesto a explicar por qué no le han entendido o presto a echar la culpa a otros, aunque sean de su propio partido.

En la emisora Fox, por ejemplo, estuvo largo y tendido intentando hacer divulgación sobre que si la gasolina está por las nubes (en un país que necesita e idolatra el coche y que mide la prosperidad familiar en galones) es porque no ha pasado suficiente tiempo para que sus políticas se noten, incluidas las aventuras bélicas, esas que prometió no empezar y que han sumado un caos mundial y ha costado vidas.

Que si la bomba atómica en Irán, que si hemos logrado Groenlandia. Cuántas cosas hemos hecho para que muera más gente y el galón de gasolina siga por las nubes con recetas ultraliberales, aranceles caprichosos y deportaciones hirientes: ni las guerras, ni las amenazas, ni la dureza con la migración han resuelto los problemas de aquellos electores a los que se dirigía en su campaña electoral.

Los ciudadanos americanos lo saben y lo han castigado, han despertado de aquel sueño que prometía grandes mejoras poniendo en práctica una política de ultracapitalismo e imperialismo antiwoke, un proyecto que ellos mismos, con sus votos, convirtieron en realidad.

Aquellos que le dieron una ajustada confianza en noviembre de 2024 frente a Kamala Harris o se quedaron en casa, le han arrebatado sonoramente la legitimidad, en un ejercicio de impugnación en tiempo récord para un líder que apuntó como enemigas a las democracias de Europa, la inmigración y el multilateralismo. Un hombre que siempre atendió el gobierno de su país como si fuera el CEO de una de sus empresas. Se acaba de tropezar con que gobernar y gestionar lo público es más complejo, incluso, que hacer dinero.

Con Trump han bajado todos los estándares democráticos del país: ataques a la prensa y periodistas, encarnizamiento con los migrantes, guerras sin aval, hostigamiento a organismos internacionales, agresiones a otros países, amenazas, disparos a bocajarro.

Aunque ya había avisado de lo que haría en la campaña de 2024 que le llevó a la segunda presidencia, los electores tendemos a pensar que no será para tanto, que alguien frenará los desmanes, que nada puede destruir una democracia. Los electores le dieron un poder para cambiarlo todo que ha traído sufrimiento y ha dado como resultado la nada.

Si algo ha señalado este segundo mandato del millonario en EEUU es que dinamitar el sistema democrático de consensos y moderación y ponerlo en manos de un líder autoritario que se vendía como la antipolítica puede ser un impulso lógico por hartazgo, pero el cambio de rumbo, per se, no es un valor, lo importante es el destino. Si algo ha recordado al mundo la votación de este martes, es que el poder soberano es de las personas y que, cuando le dan gato por liebre, suele escupir el bocado.

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