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Opinión - El error humano, por Enric González

Urda, la tragedia sin catarsis

Imagen del pasado jueves en la que los bomberos inspeccionan junto a los vagones del tren AVE que colisionó con otro de Iryo en la línea Madrid-Andalucía, a la altura de Urda (Toledo).EFE/Chema Moya
31 de octubre de 2026 22:12 h

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En Atenas la tragedia era un rito cívico. Se representaba en el teatro la vida de un héroe, que incurría en un error personal por el que pagaba un alto precio. Después tenía lugar la catarsis y fin. En Urda un tren se ha estrellado contra otro a gran velocidad y ha matado a 69 personas. Las televisiones alargan los informativos y participo de las tertulias con la sensación de que formo parte de un rito parecido. 

Los periodistas siempre invocamos la necesidad de saber del público porque ennoblece nuestra profesión. Esta semana había muchas preguntas, con el objetivo de averiguar qué ha fallado y por qué. Toda España quería saberlo. Enseguida hubo material: se publicaron los audios del centro de control de Adif en Atocha. El operario del sistema de control y el maquinista fallecido del AVE tenían voz: la escuchamos, compungidos, y en nuestra mente los veíamos conversar mientras un tren se acercaba a otro, como si fuera una película de suspense cuyo final conocíamos. Los audios desataron nuestra imaginación, cumplieron su función como sonidos de la tragedia. Estaban destinados a dar verosimilitud a la idea del error humano: oímos con nuestros propios tímpanos cómo le dice que reanude con “marcha normal”. ¿Qué más prueba necesitamos?

La jueza restringió las imágenes, obligó a las televisiones a alejarse dos kilómetros: para preservar las pruebas, pero también por higiene visual. Algún límite ha de tener la grabación del dolor: abundan los lucrativos microshows y no puede esperarse deontología del oficio porque grabar ya no es un oficio sino nuestra forma de estar en el mundo. Que una jueza tenga que refrenarnos dice mucho del tipo de sociedad que somos. 

El ministro Óscar Puente comparece, pone la cara, y esgrime ese acto como emblema de su responsabilidad. El show business se contenta, porque necesita materia prima. Todo lo que se ve y se oye tiene un lugar inmediato en la pantalla. A veces la información más relevante, no obstante, suele estar enterrada en una montaña de folios administrativos. El informe de la extinta CIAF de hace dos años sobre un incidente en Cuenca advierte sobre la verificación humana cuando falla la señalización: “Esta barrera es susceptible de fallar, ya que depende completamente del factor humano”, dice. Para que toda la arquitectura de seguridad no repose con tanta frecuencia sobre una sola persona, pequeña y falible, como todos, había que aplicar las recomendaciones de la CIAF. 

Algo falla en el sistema ferroviario mientras hace aguas el rito colectivo de consuelo. La tragedia griega necesitaba alguien que se batiera contra lo inevitable, como Edipo, que huye del oráculo y, al huir, lo cumple. En Urda no había destino: por eso el espectáculo reclama un culpable donde el género pide un héroe. Si se ha caído el sistema 170 veces este año, como dijo el ministro, hay muchos operarios que, un día sí y otro no, están obligados a ser héroes, pero no de tragedia, sino de virtud cotidiana, como los vecinos de Urda.

El placer de la tragedia griega estriba en que se trata de una representación que nos hace sentir. Es la magia de la ficción: provoca emociones verdaderas con historias falsas. Y cuando acaba la función nadie ha sufrido. Susan Feagin cree que además obtenemos placer de la meta-respuesta: nos sentimos buenas personas al observar nuestra propia reacción compasiva ante el sufrimiento de otros, sean personas o personajes. El espectáculo de nuestro tiempo, en cambio, se ha especializado en ficcionalizar la vida de personas reales. Y eso significa que hay gente padeciendo lo indecible desde el miércoles y cuyo dolor convertimos en contenido.  

En 34 años la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla no ha visto accidentes mortales, y en nueve meses ha sufrido dos gravísimos. Pero no va a haber catarsis. Mucha gente la espera en la dimisión del ministro, que tendría que producirse no por purificar, sino para ventilar la responsabilidad política. Entretanto el show business sigue sin parar, hasta que caemos rendidos emocionalmente. La rueda de las imágenes continuará hasta que otra tragedia reclame nuestra atención. Pensándolo bien, no creo que pueda ser un rito cívico. Sufrimos juntos la catástrofe colectiva, pero cada uno ante su pantalla. Haría falta una ciudad para poder llamarlo cívico. Haría falta que nos reuniéramos a ver la representación en un teatro. Pero no, esta mañana me he despertado y seguía siendo real. 

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