Los mercaderes del Apocalipsis: el negocio de la sangre y el fin de la inmunidad
Existe un momento en la decadencia de todo imperio en el que la realidad se vuelve insoportable y la élite decide sustituirla por un delirio rentable. Hoy, ese delirio se llama “guerra preventiva contra Irán”. Pero no se engañen: bajo el barniz de la retórica bíblica y el ruido de sables, lo que late no es el espíritu de los profetas, sino el latido frío y metálico de la caja registradora de la industria armamentística. La gran estafa de usar a Dios como escudo fiscal revela que las organizaciones que dictan la política exterior no son templos, sino oficinas de corretaje. Se ha logrado camuflar los intereses de los gigantes de la defensa bajo el manto de causas sagradas. No es mística, es contabilidad. El ciudadano que hoy cuenta céntimos para llegar a fin de mes ignora que sus impuestos no financian la seguridad, sino el dividendo de accionistas que necesitan que el mundo arda para que sus activos suban. Se utiliza la fe para que nadie pregunte por qué se prioriza un portaaviones de 15.000 millones de dólares sobre la dignidad básica de su propia gente.
El Estado impotente ante una tecnología al mejor postor muestra que el peligro es más profundo de lo que sospechamos. Las naciones han perdido el timón de las herramientas que rigen el mundo. Los avances en tecnología de masas, redes sociales, comercio electrónico y constelaciones privadas de satélites ya no responden a banderas, sino al mejor postor. Estas tecnologías operan en beneficio de magnates con más poder que cualquier gobierno electo. Cuando las redes de comunicación y la vigilancia orbital pertenecen a fortunas individuales, la guerra deja de ser una decisión política para ser un algoritmo de beneficio privado. El Estado ya no controla la tecnología; es la tecnología la que utiliza al Estado para abrir mercados a través de la pólvora. El control de la información y la logística bélica está en manos de intereses no confesados que operan fuera de cualquier control democrático.
El fin del espectáculo y la llegada de la guerra a las puertas del hogar es la consecuencia de esta ceguera. Durante décadas, la sociedad ha consumido el conflicto como una serie de ficción: desde el sofá, con la certeza de que las bombas siempre caen en suelo ajeno. Esa inmunidad ha terminado. El adversario ha dejado de ser un decorado lejano para ser una amenaza física y presente. Los datos son tercos: el desarrollo de proyectiles con alcances que ya rozan los 10.000 kilómetros coloca, por primera vez, las viviendas de quienes se creían invulnerables en el visor. La soberbia ha ignorado que, mientras ellos jugaban a la desestabilización, otros perfeccionaban la balística. El día que el primer destello se refleje en los rascacielos de una metrópolis que se sentía segura, el ciudadano comprenderá que su paz fue canjeada por una subvención a una industria que solo prospera entre ruinas.
Ante el muro de la multipolaridad y la pobreza interna, el imperio se desangra mientras gasta trillones en exportar una muerte que nadie ha pedido. Es la paradoja del coloso con pies de barro: capaz de vigilar cada palmo de un desierto lejano mientras 35 millones de sus ciudadanos caen en la miseria. Las infraestructuras se desmoronan y el contrato social se desintegra mientras la maquinaria bélica devora el futuro. Y fuera, el mundo ya no agacha la cabeza. El bloque de potencias emergentes —China, Rusia y los BRICS— ha trazado una línea en la arena. El respaldo técnico y la inteligencia compartida han convertido al objetivo en un hueso demasiado duro para las muelas de un imperio cansado. El tiempo de las invasiones por decreto ha expirado.
Como conclusión ante este despertar de la barbarie, entendamos que estamos ante la mayor estafa de nuestro tiempo. Una casta política secuestrada por intereses financieros y tecnológicos que se envuelven en banderas para ocultar que son mercaderes de la muerte. La guerra que se busca no será una aventura heroica; será el colapso de un modelo que prefirió alimentar el miedo antes que admitir la multipolaridad del siglo XXI. El ciudadano debe elegir: o exige el fin de esta alianza con los traficantes de apocalipsis, o se prepara para descubrir que las puertas de su hogar son un espejismo de seguridad que la física de un misil moderno borrará sin pedir permiso.