El Orgullo después de la batalla
Cuando España aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005, el debate público giraba alrededor de la cuestión fundamental de la igualdad de derechos. Dos décadas después, esa conquista forma parte de la normalidad democrática. Sin embargo, los cambios más profundos no siempre son los que aparecen en las leyes.
Durante décadas, la homofobia no solo limitó derechos, sino que también limitó biografías. Formar una pareja estable, vivir abiertamente la propia orientación sexual o construir un proyecto familiar eran opciones difíciles o directamente inaccesibles para muchos homosexuales. Quienes decidían hacerlo solían concentrarse en espacios relativamente reducidos donde encontraban protección, reconocimiento y un cierto sentido de comunidad. Aquellos entornos fueron una primera conquista de libertad. Pero también reflejaban una realidad menos amable, ya que las trayectorias vitales posibles eran mucho más estrechas de lo que son hoy.
Una de las transformaciones más importantes de la España contemporánea ha sido precisamente la ampliación de esas opciones. La población homosexual, como la que no lo es, ha diversificado sus cursos de vida. Aunque poco a poco, hoy encontramos parejas del mismo sexo con hijos, parejas sin hijos, personas que viven solas, hogares reconstituidos y proyectos familiares muy distintos entre sí. La diversidad que observamos en el conjunto de la sociedad también se observa entre gais y lesbianas. Por eso, veinte años después del matrimonio igualitario, la pregunta ya no es únicamente si existen derechos formales, sino también si los homosexuales pueden desarrollar los proyectos de vida que libremente elijan en condiciones de igualdad. Dicho de otra forma, si las parejas del mismo sexo pueden acceder con normalidad a los mercados y las instituciones que hacen posible la vida cotidiana.
Desde la demografía, las familias homoparentales representan uno de los ejemplos más interesantes de este cambio histórico. Durante mucho tiempo fueron una realidad estadísticamente poco visible. Hoy forman parte del paisaje familiar de algunas sociedades occidentales. Cada vez más parejas del mismo sexo tienen hijos, y cada vez más investigadores intentan comprender cuáles son las condiciones sociales que favorecen o dificultan esa transición.
Con financiación de la Unión Europea, dentro del proyecto EqualStrength, hemos estudiado esta cuestión mediante varios experimentos de campo realizados en España. El objetivo era observar cómo responden algunas instituciones fundamentales cuando quienes llaman a su puerta son parejas del mismo sexo o parejas heterosexuales. Para ello enviamos más de 10.000 solicitudes ficticias a escuelas infantiles, viviendas de alquiler y ofertas de empleo reales utilizando perfiles equivalentes que únicamente variaban en algunos rasgos familiares como, por ejemplo, su orientación sexual.
En el mercado laboral es donde detectamos el único patrón consistente de discriminación. Los hombres gais sin hijos fueron el único grupo que, en media, recibió menos respuestas positivas (invitación a una entrevista, petición de más información respecto al currículum…) cuando solicitan empleo, pero solo en ocupaciones tradicionalmente masculinizadas (electricista, desarrollador de software y carretillero). Pero incluso esta diferencia desaparece cuando el candidato señala que es padre. No encontramos resultados equivalentes entre mujeres lesbianas, ni tampoco entre parejas del mismo sexo con hijos.
El segundo ámbito que analizamos fue el acceso al mercado de viviendas de alquiler. Los resultados desafiaron algunas ideas preconcebidas. No encontramos una penalización sistemática asociada a la orientación sexual. En un mercado tan tensionado como el español, donde millones de hogares compiten por una oferta insuficiente de viviendas, las parejas del mismo sexo recibieron respuestas muy similares a las del resto de solicitantes. La principal fuente de desigualdad observada no estaba relacionada con la orientación sexual sino con otros factores vinculados a la composición familiar.
Por último, estudiamos el acceso a las escuelas infantiles privadas. Tampoco aquí encontramos discriminación. Las familias formadas por parejas del mismo sexo recibían respuestas prácticamente idénticas a las obtenidas por las familias heterosexuales. En uno de los servicios más importantes para la conciliación y el bienestar infantil, la orientación sexual de los progenitores apenas parecía influir en el comportamiento de los centros.
Si durante décadas el reto fue reconocer derechos, el desafío actual es que las distintas formas de construir una vida adulta sean percibidas como igualmente legítimas. Tener hijos o no tenerlos, vivir solo o en pareja, formar una familia homoparental o heterosexual. También en este ámbito la experiencia española parece notablemente positiva. Nuestro esfuerzo empírico apunta precisamente en esa dirección. Lejos de la imagen de una sociedad dividida o reticente a la diversidad sexual, los resultados sugieren que las parejas del mismo sexo están alcanzando un elevado grado de integración en el acceso a mercados fundamentales para poder gestionar vida cotidiana. Las familias homoparentales no constituyen hoy el principal objetivo de la discriminación en los mercados que hemos estudiado. Allí donde persisten diferencias, estas parecen concentrarse en perfiles mucho más específicos. Más que un rechazo generalizado hacia las parejas del mismo sexo o hacia quienes forman familias homoparentales, los resultados apuntan a la persistencia de determinados estereotipos sobre la masculinidad y sobre cómo debería desarrollarse la vida de un hombre adulto.
La verdadera normalización consiste en que las diferencias dejen de determinar el destino de las personas y que una pareja del mismo sexo pueda decidir tener hijos o no tenerlos, vivir en una gran ciudad o en una pequeña localidad, construir una familia o desarrollar otro proyecto vital, sin encontrar barreras institucionales sistemáticas por ello. Vista desde esta perspectiva, la historia de las últimas décadas no es únicamente la historia de una ampliación de derechos. Es también la historia de una ampliación de posibilidades. Y quizá el mejor indicador de ese cambio sea precisamente que la población homosexual se parece cada vez más al resto de la sociedad española en algo fundamental, la libertad para construir vidas diversas.