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Educar en libertad en tiempos de manadas

Quiero que mi hija crezca libre de miedos, que sea libre para decidir con quién se acuesta o con quién no, que no se sienta presionada ni violentada, que confíe en sí misma y en su criterio, que nunca juzgue a las demás; pero al mismo tiempo me veo en la obligación de alertarla de los peligros que la acechan

Visibilizar el miedo supone vivir con él pero también implica dominarlo. Y si bien sabemos que nuestras hijas solo estarán seguras cuando desaparezcan los depredadores sexuales que las acechan, mientras tanto abramos nuevos debates e ideemos nuevas estrategias con ellas

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Manifestación feminista contra la sentencia de 'la Manada' en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Manifestación feminista contra la sentencia de 'la Manada' en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Hace unos días estaba en el sofá con mi hija de 11 años. Ella estaba con mi móvil y yo con mi ordenador viendo un documental sobre sanfermines. De vez en cuando ella miraba la pantalla y hubo un momento en el que me dijo: "Ama, cuando sea mayor no quiero salir por la noche en San Fermines porque tengo miedo a que me violen". Me quedé paralizada y horrorizada. Me heló la sangre ver cómo me lo decía, con neutralidad, sin exaltarse, como si me estuviera diciendo cualquier otra cosa. Asusta y mucho ver cómo las niñas están interiorizando el discurso del miedo y están percibiendo que las calles por la noche no son lugares seguros.

La  sentencia de ‘la manada’ ha provocado un auténtico tsunami de movilizaciones sociales, sintomáticas del hartazgo y cabreo de la ciudadanía hacia sentencias que, lejos de proteger a las víctimas, las dejan vulnerables e indefensas. Pero también nos ha sacudido en el plano personal. Las feministas sabemos que ‘lo personal es político’, y que los feminismos tienen la capacidad de cuestionar nuestras decisiones en el ámbito privado. Y educar a nuestras hijas tiene tanto de dimensión personal como de dimensión política y social.

No es la primera vez que me enfrento a las contradicciones que surgen entre la docente que afirma tajante que hay que ser valiente y vivir en libertad, que hay que luchar siempre, y la madre que siente miedo al plantearse que su hija va a empezar a salir por las calles sin su supervisión en unos años y que ve cómo la Justicia juzga y condena a las víctimas. Ese mensaje de criar jóvenes empoderadas colisiona con el terror que me da que puedan agredir a mi hija. Y el terror no es infundado. Me encuentro un poco perdida po rque, ¿cómo educar en la libertad de elección, en la libertad sexual cuando existe el miedo?, ¿qué mensaje les vamos a transmitir cuando se están empezando a dar cuenta de que las calles no son seguras para ellas?

Quiero que mi hija crezca libre de miedos, que sea libre para decidir con quién se acuesta o con quién no, que no se sienta presionada ni violentada, que confíe en sí misma y en su criterio, que nunca juzgue a las demás pero al mismo tiempo me veo en la obligación de alertarla de los peligros que la acechan. Y todo ello sin caer en la paranoia, la psicosis o la histeria.

Estoy muy confundida y un poco perdida así que he hablado mucho estos días con amigas cercanas que también tienen hijas y con profesionales de la autodefensa para compartir dudas y pesares y para informarme un poco más, porque creo firmemente que hay que socializar a las niñas en la respuesta física. Mi amiga Helena comparte mis miedos e insiste en que tenemos que ser consecuentes. Tenemos que educar a nuestras hijas en libertad, las tenemos que educar para que sepan decir no (no sólo en el tema sexual), también en la confianza (en sí mismas y en su familia y entorno), y en la sororidad o en los pactos de género, para no juzgar a las demás y que se puedan apoyar en sus amigas. Que tenemos que tener en cuenta que nuestra experiencia no tiene por qué ser la suya, y que las tenemos que apuntar a clases de autodefensa feminista.

Apuntarlas a clases de autodefensa feminista, de artes marciales, comprarles espráis defensivos... son estrategias que se nos han ocurrido al calor de la sentencia de ‘la manada’. No podremos olvidar tan fácilmente el desamparo y la arcada que sentimos al conocerla y que sin duda marcó un punto de inflexión en cómo percibimos las resoluciones judiciales e, incluso, los feminismos y sus estrategias.

¿Pero, en qué consiste la autodefensa feminista (ADF)? Como bien indica Maitena Monroy, no sólo se basa en dotar a las mujeres de herramientas físicas para defenderse, la ADF desarrolla acciones más allá de la mera defensa física para poder vivir sin terror, cuestionando el modelo de amor romántico, rompiendo con los modelos hegemónicos de género, situando la defensa de los Derechos Humanos y la ética del cuidado en el eje del nuevo paradigma. Monroy es rotunda: " L a actuación desde la ADF, bajo mi punto de vista, pasa por una actitud vital de empoderamiento y de exigencia de respeto, no de creación de miedos. No quiero que nadie me tema como no quiero que nadie vulnere mis derechos (…). A otros corresponde, y no a nosotras, sentir vergüenza por sus comportamientos y por lo tanto esconderse para seguir manteniendo su impunidad".

Para Susana Pérez Perez, psicóloga, sexóloga con formación en artes marciales y formadora en ADF, la sociedad nos coloca a las mujeres "en una situación de eterna víctima, siempre como un sujeto pasivo receptor de violencia y no como una mujer con herramientas capaz de defenderse". En su trabajo ve cómo llegan un buen número de madres asustadas cuando sus hijas cumplen 12 ó 13 años. Pérez recomienda a las madres que hagan el curso ellas para poder transmitirles a las hijas su fuerza. Considera vital esa transmisión por parte de las madres ante los roles pasivos de género en los que se socializan las niñas y que les hace naturalizar diferentes agresiones.

Marta, formadora también en ADF de mujeres y jóvenes de 14 años, y profesora de kárate nos comenta que a la mayoría de mujeres y niñas que acuden a las formaciones , y que están bastante concienciadas, no se les hace fácil usar su cuerpo: La mayoría tienen miedo a hacer daño a un agresor. Estamos educadas para no pegar y eso les cuesta. Muchas de ellas al final se van con miedo. No es nuestra intención pero intentamos que ellas sean cautas. Eso les asusta mucho, y eso que el 99 por ciento de las mujeres y las jóvenes han tenido una agresión, bien sea verbal, un toque de culo o de tetas…".

Miedo, miedo y más miedo. Las palabras de estas profesionales indican que las mujeres nos socializamos todavía en roles de subordinación y de culpa, por mucho que estemos ante una generación de niñas llenas de nuevos referentes. El camino no es sencillo, sin duda. Las reflexiones tampoco son nada fáciles y requieren del análisis de múltiples factores que se interrelacionan, como la necesidad de no responsabilizar a las mujeres de su seguridad, la necesidad de dinamitar las masculinidades patriarcales, la necesidad de formar en perspectiva de género a profesionales de la justicia por apuntar brevemente algunos. Visibilizar el miedo supone vivir con él pero también implica dominarlo. Y si bien sabemos que nuestras hijas solo estarán seguras cuando desaparezcan los depredadores sexuales que las acechan, mientras tanto abramos nuevos debates e ideemos nuevas estrategias con ellas, que tienen tanto que decirnos y enseñarnos.

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