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CRÓNICA

Ana Pastor en la Cúpula del Trueno

Los diputados dan otro espectáculo tabernario y de celebración de los insultos ante la impotencia de la presidenta del Congreso

"Esta es la casa de la palabra. Pero la palabra no se puede utilizar por ninguno para insultar", dijo Ana Pastor, a pesar de que el insulto es práctica habitual en el Congreso

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El PP pide a Ana Pastor que impida las comparecencias que retrasan en el Congreso la reforma de la Ley de Indulto

Ana Pastor en uno de sus gestos habituales: desbordada por el tumulto del hemiciclo. Europa Press

Dice la frase clásica, atribuida a Arthur Tedder, canciller de la Universidad de Cambridge, que el rugby es un deporte de salvajes jugado por caballeros, mientras que el fútbol es lo contrario. Seamos realistas: el parlamentarismo español no tiene mucho que ver con el rugby. Una cosa más: se parece aún menos cuando el Partido Popular está en la oposición.

La sesión de control del miércoles alejó cualquier esperanza de que esta legislatura convulsa abandone la crónica de sucesos. El insulto personal o su versión menos agresiva, la burla descarnada, es un arma considerada legítima en el hemiciclo. La hipérbole es el estado natural de muchos diputados. Provocar al rival con lenguaje ofensivo para que pierda los papeles, una táctica comúnmente aceptada. 

Todo comenzó con la intervención de Gabriel Rufián haciendo de sí mismo. Preguntó a Josep Borrell por su gestión del Ministerio de Exteriores, pero eso era un engaño. Sólo quería provocar al ministro para sacarle de sus casillas y conseguir minutos de informativo de televisión o de resúmenes en medios digitales. La bronca vende siempre en el mercado periodístico. "Usted es el ministro más indigno de la democracia española", le dijo, y pasó a llamarle "fascista". No había sido tan duro el día anterior  con Federico Trillo, el político que tiene sobre su conciencia la muerte de 62 militares españoles en el accidente del Yak-42.

Borrell subió la apuesta y se refirió a "la mezcla de serrín y estiércol que usted es capaz de producir" (en los pasillos Borrell dijo después que no cree que hablar de estiércol sea insultante; si acaso, despectivo). La mayoría de los diputados le dedicó una ovación. La referencia a la mierda de vaca salida de la boca del diputado de ERC fue muy celebrada, en especial por los diputados del PP.

Rufián sonreía encantado. No parecía ofendido en absoluto. Prueba superada, pero se podía mejorar. Se levantó y extendió a los brazos para abarcar a toda la Cámara e intentar mostrar que todos son iguales en el Parlamento español. Como los toreros, recibió el clamor de la grada. Le llovieron los insultos. "Payaso" fue el más escuchado. 

Ana Pastor expulsa a Rufián del Pleno del Congreso y abronca a los diputados por el clima de crispación

Gabriel Rufián saluda a la afición desde su escaño. Europa Press

La presidenta, Ana Pastor, que ya no podía controlar la situación, amonestó a Rufián y, como el diputado seguía hablando desde el escaño refiriéndose a los insultos que había recibido, le expulsó de la Cámara. Se fueron todos los diputados de ERC. Al salir, Borrell, que seguía de pie porque no había acabado su intervención, señaló de repente a uno de ellos y dijo después que le había escupido. El portavoz de ERC, Joan Tardà, lo negó de forma tajante.

Pastor comunicó a los diputados su enfado por el ambiente tabernario que se había vivido. Ordenó que se retiraran las palabras "fascista" y "golpista" del diario de sesiones (un gesto formal típico del Parlamento que sólo sirve para ocultar para el futuro lo que dicen los representantes de la soberanía nacional). Los diputados del PP llevan meses llamando golpistas a los diputados independentistas catalanes, y Javier Maroto se apresuró después a decir que no tienen ninguna intención de parar. ERC, por un lado, y el PP y Ciudadanos se reservan el derecho de utilizar los insultos que crean convenientes. Son los insultos de los otros los que resultan intolerables. 

"Esta es la casa de la palabra. Pero la palabra no se puede utilizar por ninguno para insultar", dijo Ana Pastor. Toda una sorpresa para la tradición parlamentaria española en años de crispación –los de ahora no son los primeros–, como bien pueden atestiguar los que fueron testigos de la oposición a Zapatero en el tiempo en que un grupo de diputados del PP recibió el apelativo de "jabalíes".

"No voy a permitir que cosas como las ocurridas esta mañana vuelvan a ocurrir en este hemiciclo", continuó Pastor en tono firme a la que se veía realmente ofendida por lo que había presenciado. Pues bien, volvió a suceder a una escala reducida minutos después. 

Rafael Hernando intervino después para atacar a la ministra de Justicia. No podía faltar la agresión personal: "Usted es un producto tóxico que contamina todo lo que toca". Cuando le tocó hablar a Dolores Delgado, Hernando boicoteó su intervención hablando constantemente y burlándose de ella. Ana Pastor lo estaba viendo. Después de lo ocurrido, podía haber cortado de raíz la conducta de Hernando, que ya era Rufián mucho antes de que Rufián llegara al Parlamento, pero no quiso.

Rafael Hernando también salió satisfecho de su jornada laboral. Había generado estiércol suficiente para continuar justificando su labor parlamentaria. 

Siempre hay gente que dice después de estos tumultos que todo es mucho peor en la Cámara de los Comunes (es falso). Son los mismos que dicen que en el Parlamento británico no existe disciplina de voto (también es falso). El presidente de la Cámara no permite allí que un diputado acuse a otro de mentir (lo que además genera una rica tradición de eufemismos). Es frecuente que algunos discursos se vean acotados por expresiones sarcásticas desde los escaños, que son recibidas con risas hasta que vuelve el silencio. También tienen sus momentos de furia contenidos por el presidente, que se pone como una fiera cada vez que es necesario. 

Pero allí los diputados escuchan lo que dicen otros diputados. Aquí ya no pretenden fingir que les interesa escuchar al rival. Todo el mundo acusa de mentir a todo el mundo. Todos son golpistas, fascistas, indecentes, tóxicos, indignos, mentirosos... El fin justifica los insultos en el parlamentarismo español.

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