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La guerra y el contrabando dominan Libia 7 años después de la revolución

La guerra y el contrabando dominan Libia 7 años después de la revolución

La guerra y el contrabando dominan Libia 7 años después de la revolución

La guerra entre las distintas milicias y el contrabando de combustible, personas y armas dominan hoy Libia, país sumido en una aguda crisis política, económica y humanitaria desde que el 17 de febrero de 2011 estallara la revolución contra la larga tiranía de Muamar al Gadafi.

Sin rastro de la democracia, con el territorio partido y dividido en dos gobiernos, ninguno de ellos legítimo, las cifras resultan espeluznantes.

Según Peter Maurer, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja (ICRC), en la actualidad más de 1,3 millones de libios -de una población de 8 millones- sobreviven en condiciones infrahumanas y precisan de asistencia humanitaria.

Unas 200.000 de ellas viven, además, desplazadas de forma interna debido a los bombardeos y los combates entre las diversas milicias, especialmente en las regiones del centro y el este del país, bajo el control del gobierno que tutela el mariscal Jalifa Hafter, subrayó el responsable.

"Es muy difícil saber cuánta gente está afectada por el conflicto en Libia. La violencia en las ciudades y el desplazamiento de forma masiva son la realidad diaria de los libios desde 2011, al tiempo que los inmigrantes quedan atrapados y sufren abusos", resumió ayer Maurer al término de su primera visita al país.

"La mayoría de los desplazados han perdido sus casas a causa de los bombardeos. Los hospitales sufren una crónica falta de material y la actividad criminal, incluidos los secuestros, el contrabando, el tráfico ilegal de personas y el pillaje están a la orden del día en todo el país", agregó.

Ejemplo de ello es la situación de los habitantes de la localidad de Tawarga, situada a unos 250 kilómetros al este de Trípoli, vacía desde el fin de la revolución por su cerrado apoyo a las tropas de Al Gadafi.

Confinados bajo el control de la ciudad de Misrata, una de las que llevó el peso de la revuelta del 17 de febrero, comenzaron a regresar hace dos semanas impulsadas por el gobierno que sostiene la ONU en Trípoli, lo que desencadenó un nuevo conflicto entre los actores políticos.

Bloqueados por milicias de Misrata en la misma carretera, el ejecutivo, liderado por Fayez al Serraj en la capital, acusó a los misratíes de torpedear "los esfuerzos que se hacen en pos de la reconciliación".

"Son decenas las ciudades y tribus que están en esta situación", explica a Efe un analista local. "No existe un plan nacional, cada grupo defiende el territorio del que se ha apropiado y sus intereses económicos", agrega el analista, que por razones de seguridad prefiere no ser identificado.

La coyuntura es similar en las regiones fronterizas del oeste y el sur, controladas igualmente por milicias y donde el contrabando es prácticamente la única actividad económica, en ausencia del estado.

Comercio ilícito de inmigrantes procedentes en su mayoría del cuerno de África y el África Subsahariana, que según cifras de la organización de análisis "Crisis Group" genera al año más de 1.500 millones de euros.

Pero también de armas y de combustible, extendido por todo el Sahel y el sur de Europa. Según "Crisis Group" este último mueve al año más de 2.000 millones de euros en Libia y dinamiza toda la región.

"El contrabando en el sur tiene un carácter particular: tanto en el lado libio como tunecino existían tribus que transitaban de un lado a otro y que realizaban intercambios", explica a Efe Moussa Khalfi, antiguo jefe de los servicios de inteligencia militares tunecinos.

"El problema es que se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional porque no se trata sólo de contrabando como antes, con pequeños intercambios al margen del sistema económico, sino que es una epidemia que alimenta el terrorismo y al mismo tiempo daña la economía nacional", agrega.

Un contrabando que, analistas locales e internacionales, coinciden en señalar como el verdadero obstáculo para la solución política, ya que se ha convertido en el sosten de la economía del país, y la única fuente de riqueza, de trabajo y futuro para las familias libias.

Los mismos expertos coinciden en subrayar que en este contexto existen pocas opciones de que fructifique el proceso de paz y reconciliación que impulsa el nuevo enviado especial de la ONU para Libia, el libanés Ghassam Saleme, nombrado hace apenas cuatro meses.

El propio diplomático libanés se sumó hace dos semanas a estos malos augurios al apuntar que Libia no está aún en condiciones de afrontar unos comicios legislativos y presidenciales como los que su plan pretende celebrar este mismo año.

Una tesis que comparte el propio Hafter, verdadera clave de bóveda para la solución del conflicto y hombre fuerte del país, quien en una reciente entrevista con la revista "Jeune Afrique" insistió en que Libia "no está madura para la democracia".

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