CRÓNICA

Feijóo cree que la economía le ayudará, pero necesita que Putin le eche una mano

0

No hay análisis en la prensa internacional que no se refiera a la incertidumbre sobre las previsiones económicas hasta el punto de que podría ser necesario revisar los cálculos en otoño, por no hablar del invierno que ya directamente está incrustado en el mundo de lo desconocido. El líder del PP lo tiene claro y no necesita más tiempo para llegar a una conclusión. “Ya no estamos hablando de síntomas, sino de hechos claros. Nos dirigimos, todavía con mayor intensidad, a una profundísima crisis económica”, ha dicho esta semana Alberto Núñez Feijóo. Ha encontrado la forma de desdeñar los datos de empleo y cualquier otra métrica que le contradiga.

Sólo 24 horas después de estas declaraciones, la presidenta de la Airef compareció en un desayuno informativo. “No contemplamos una recesión” este año, dijo Cristina Herrero. La última previsión de crecimiento del Banco de España es del 4,1%, inferior a la que existía unos meses atrás. Es muy posible que esa cifra sea superior a las revisiones que se hagan en los próximos meses antes de que acabe el año. En cualquier caso, descartan una “profundísima crisis económica”, como decía Feijóo. Entre todas las formas posibles de definir la palabra 'crisis', no hay muchas que sean compatibles con crecimiento del PIB y del empleo.

El análisis que hizo Herrero no es muy optimista ni sirve para convalidar las tesis del Gobierno. Destacó que la revalorización de las pensiones vinculadas al IPC podría aumentar su factura total en un 9%, es decir, unos 13.000 millones más.

Al final, va a resultar que lo que va a condicionar todo el gasto social en los próximos presupuestos no será el aumento del gasto militar –adelantado ahora por esos mil millones de partida extraordinaria para Defensa que Pedro Sánchez ha aprobado para complacer a la OTAN o enviar un mensaje a Unidas Podemos o ambas cosas–, sino el aumento del gasto en pensiones.

Habrá gente a la que no le guste escuchar esto, pero los números son los que son.

El Gobierno español se encuentra ante un dilema similar al de Joe Biden en EEUU. El presidente norteamericano ha dicho más de una vez que su prioridad en estos momentos es afrontar las consecuencias de la inflación. Es más fácil decirlo que hacerlo. Cualquier medida que sirva para atenuar el impacto de la subida de precios de alimentos y combustibles puede provocar un aumento de la demanda de esos productos una vez que tengan precios más asequibles. Eso incrementaría las presiones inflacionistas.

La Administración de Biden tiene menos mecanismos para enfrentarse a la inflación que el banco central del país. El problema es que la Reserva Federal es como un martillo que al subir los tipos de interés termina perjudicando la actividad económica. La mezcla ideal sería una combinación de ambas, pero nadie conoce la receta perfecta.

La inflación es como el monstruo de una película de terror o de extraterrestres ante el que no es fácil encontrar el arma adecuada para eliminarlo. Puedes incluso emplear armas nucleares contra él y obtener el dudoso éxito de convertirlo en más grande y peligroso.

Las declaraciones de Feijóo le sirven para recibir un espacio generoso en la prensa de derechas. Eso no es difícil. También dedicaron muchos titulares al anuncio de que España no recibiría un euro de los fondos europeos hasta que se aprobaran unas reformas que el Gobierno no estaba dispuesto a poner en marcha. España es ahora el país que más fondos ha recibido. Incluso ha recibido una cantidad suplementaria de 7.000 millones por haberse visto más afectada por la pandemia que otros. ¿Cómo lo solucionó el ABC? Titulando que el dinero extra venía por el “pobre desempeño económico” de España. Ni un día sin echar una mano a Feijóo.

Se da el caso de que uno de los cambios que reclama Bruselas es una reforma tributaria que aumente los ingresos fiscales del Estado, inferiores en porcentaje del PIB al de la mayoría de las economías europeas. Sobre eso, el PP no quiere hablar. Lo que pretende es lo contrario, un descenso de todos los impuestos que tendrá las consecuencias previsibles.

En cualquier caso, es mala época para eso con las elecciones a un año y medio vista y las autonómicas y municipales mucho antes. O eso piensa el PSOE. Así que se ha decidido que no se hablará del tema hasta la próxima legislatura.

Para que aparezca esa “profundísima” crisis que anuncia o anhela, el líder del PP necesita una ayuda de más impacto. Sólo puede proceder de Vladímir Putin, que está en condiciones no tanto de enviar a la recesión a las economías europeas, pero sí de situarlas muy cerca de ese barranco. Ya no se oculta en las declaraciones públicas. Si Rusia corta por completo el suministro de gas a Europa en invierno, Alemania e Italia sufrirán un golpe dramático y la caída de la primera puede arrastrar a medio continente.

Lo sabremos con más seguridad cuando acaben las tareas de mantenimiento que obligarán a interrumpir el suministro en el gasoducto Nord Stream 1 a finales de mes. Si el grifo sigue cerrado después, las reservas de gas se acabarán probablemente con el final del invierno. Antes tendrán que haberse aplicado las medidas de emergencia ya previstas. Con el fin de garantizar el servicio a los hogares, el envío de gas se cortará a las empresas, que pueden verse obligadas a detener la producción y aprobar despidos. Eso en el mejor de los casos, porque en otros sólo quedará la alternativa del cierre. Según la patronal alemana, eso abocaría al país a una recesión brutal.

Quizá la opción más racional sería comenzar ya mismo una campaña de ahorro de energía. Pero eso no está en la naturaleza de los gobiernos europeos y de la UE, acostumbrados a pelearse contra la crisis sólo cuando ya las tienen encima. Es un privilegio que tienen los ricos.

Fue el viaje de Scholz, Macron y Draghi a Kiev el que provocó que Moscú decidiera reducir el suministro de gas ruso a varios países europeos, incluidos Alemania en un 60% e Italia en un 50%. Desde el primer momento, los países europeos dijeron que las sanciones a Moscú harían que Putin pagara un durísimo precio por invadir Ucrania. A corto plazo, ellos también han tenido que sufrir las consecuencias y tienen problemas para explicárselo a sus respectivas opiniones públicas.

El pronóstico agorero que Feijóo aspira que le lleve en volandas a Moncloa aún no se ha cumplido. Si recibe la ayuda apropiada desde Moscú, entonces sí tendrá más cerca el premio final de la carrera.

No hay análisis en la prensa internacional que no se refiera a la incertidumbre sobre las previsiones económicas hasta el punto de que podría ser necesario revisar los cálculos en otoño, por no hablar del invierno que ya directamente está incrustado en el mundo de lo desconocido. El líder del PP lo tiene claro y no necesita más tiempo para llegar a una conclusión. “Ya no estamos hablando de síntomas, sino de hechos claros. Nos dirigimos, todavía con mayor intensidad, a una profundísima crisis económica”, ha dicho esta semana Alberto Núñez Feijóo. Ha encontrado la forma de desdeñar los datos de empleo y cualquier otra métrica que le contradiga.

Sólo 24 horas después de estas declaraciones, la presidenta de la Airef compareció en un desayuno informativo. “No contemplamos una recesión” este año, dijo Cristina Herrero. La última previsión de crecimiento del Banco de España es del 4,1%, inferior a la que existía unos meses atrás. Es muy posible que esa cifra sea superior a las revisiones que se hagan en los próximos meses antes de que acabe el año. En cualquier caso, descartan una “profundísima crisis económica”, como decía Feijóo. Entre todas las formas posibles de definir la palabra 'crisis', no hay muchas que sean compatibles con crecimiento del PIB y del empleo.

El análisis que hizo Herrero no es muy optimista ni sirve para convalidar las tesis del Gobierno. Destacó que la revalorización de las pensiones vinculadas al IPC podría aumentar su factura total en un 9%, es decir, unos 13.000 millones más.

Al final, va a resultar que lo que va a condicionar todo el gasto social en los próximos presupuestos no será el aumento del gasto militar –adelantado ahora por esos mil millones de partida extraordinaria para Defensa que Pedro Sánchez ha aprobado para complacer a la OTAN o enviar un mensaje a Unidas Podemos o ambas cosas–, sino el aumento del gasto en pensiones.

Habrá gente a la que no le guste escuchar esto, pero los números son los que son.

El Gobierno español se encuentra ante un dilema similar al de Joe Biden en EEUU. El presidente norteamericano ha dicho más de una vez que su prioridad en estos momentos es afrontar las consecuencias de la inflación. Es más fácil decirlo que hacerlo. Cualquier medida que sirva para atenuar el impacto de la subida de precios de alimentos y combustibles puede provocar un aumento de la demanda de esos productos una vez que tengan precios más asequibles. Eso incrementaría las presiones inflacionistas.

La Administración de Biden tiene menos mecanismos para enfrentarse a la inflación que el banco central del país. El problema es que la Reserva Federal es como un martillo que al subir los tipos de interés termina perjudicando la actividad económica. La mezcla ideal sería una combinación de ambas, pero nadie conoce la receta perfecta.

La inflación es como el monstruo de una película de terror o de extraterrestres ante el que no es fácil encontrar el arma adecuada para eliminarlo. Puedes incluso emplear armas nucleares contra él y obtener el dudoso éxito de convertirlo en más grande y peligroso.

Las declaraciones de Feijóo le sirven para recibir un espacio generoso en la prensa de derechas. Eso no es difícil. También dedicaron muchos titulares al anuncio de que España no recibiría un euro de los fondos europeos hasta que se aprobaran unas reformas que el Gobierno no estaba dispuesto a poner en marcha. España es ahora el país que más fondos ha recibido. Incluso ha recibido una cantidad suplementaria de 7.000 millones por haberse visto más afectada por la pandemia que otros. ¿Cómo lo solucionó el ABC? Titulando que el dinero extra venía por el “pobre desempeño económico” de España. Ni un día sin echar una mano a Feijóo.

Se da el caso de que uno de los cambios que reclama Bruselas es una reforma tributaria que aumente los ingresos fiscales del Estado, inferiores en porcentaje del PIB al de la mayoría de las economías europeas. Sobre eso, el PP no quiere hablar. Lo que pretende es lo contrario, un descenso de todos los impuestos que tendrá las consecuencias previsibles.

En cualquier caso, es mala época para eso con las elecciones a un año y medio vista y las autonómicas y municipales mucho antes. O eso piensa el PSOE. Así que se ha decidido que no se hablará del tema hasta la próxima legislatura.

Para que aparezca esa “profundísima” crisis que anuncia o anhela, el líder del PP necesita una ayuda de más impacto. Sólo puede proceder de Vladímir Putin, que está en condiciones no tanto de enviar a la recesión a las economías europeas, pero sí de situarlas muy cerca de ese barranco. Ya no se oculta en las declaraciones públicas. Si Rusia corta por completo el suministro de gas a Europa en invierno, Alemania e Italia sufrirán un golpe dramático y la caída de la primera puede arrastrar a medio continente.

Lo sabremos con más seguridad cuando acaben las tareas de mantenimiento que obligarán a interrumpir el suministro en el gasoducto Nord Stream 1 a finales de mes. Si el grifo sigue cerrado después, las reservas de gas se acabarán probablemente con el final del invierno. Antes tendrán que haberse aplicado las medidas de emergencia ya previstas. Con el fin de garantizar el servicio a los hogares, el envío de gas se cortará a las empresas, que pueden verse obligadas a detener la producción y aprobar despidos. Eso en el mejor de los casos, porque en otros sólo quedará la alternativa del cierre. Según la patronal alemana, eso abocaría al país a una recesión brutal.

Quizá la opción más racional sería comenzar ya mismo una campaña de ahorro de energía. Pero eso no está en la naturaleza de los gobiernos europeos y de la UE, acostumbrados a pelearse contra la crisis sólo cuando ya las tienen encima. Es un privilegio que tienen los ricos.

Fue el viaje de Scholz, Macron y Draghi a Kiev el que provocó que Moscú decidiera reducir el suministro de gas ruso a varios países europeos, incluidos Alemania en un 60% e Italia en un 50%. Desde el primer momento, los países europeos dijeron que las sanciones a Moscú harían que Putin pagara un durísimo precio por invadir Ucrania. A corto plazo, ellos también han tenido que sufrir las consecuencias y tienen problemas para explicárselo a sus respectivas opiniones públicas.

El pronóstico agorero que Feijóo aspira que le lleve en volandas a Moncloa aún no se ha cumplido. Si recibe la ayuda apropiada desde Moscú, entonces sí tendrá más cerca el premio final de la carrera.

No hay análisis en la prensa internacional que no se refiera a la incertidumbre sobre las previsiones económicas hasta el punto de que podría ser necesario revisar los cálculos en otoño, por no hablar del invierno que ya directamente está incrustado en el mundo de lo desconocido. El líder del PP lo tiene claro y no necesita más tiempo para llegar a una conclusión. “Ya no estamos hablando de síntomas, sino de hechos claros. Nos dirigimos, todavía con mayor intensidad, a una profundísima crisis económica”, ha dicho esta semana Alberto Núñez Feijóo. Ha encontrado la forma de desdeñar los datos de empleo y cualquier otra métrica que le contradiga.

Sólo 24 horas después de estas declaraciones, la presidenta de la Airef compareció en un desayuno informativo. “No contemplamos una recesión” este año, dijo Cristina Herrero. La última previsión de crecimiento del Banco de España es del 4,1%, inferior a la que existía unos meses atrás. Es muy posible que esa cifra sea superior a las revisiones que se hagan en los próximos meses antes de que acabe el año. En cualquier caso, descartan una “profundísima crisis económica”, como decía Feijóo. Entre todas las formas posibles de definir la palabra 'crisis', no hay muchas que sean compatibles con crecimiento del PIB y del empleo.