Lo que el ojo no ve de la cumbre de la OTAN: deuda saldada con la orquesta de Kiev y el olvido de Jill Biden

Irene Castro

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“Todo encarrilado para la cena de José Andrés en el Museo del Prado”. Es la 1:30 de la madrugada del viernes 17 de junio cuando Pedro Sánchez regresa en coche del cierre de campaña en Sevilla y recibe un mensaje en la aplicación COM Sec, una especie de WhatsApp restringido y seguro con el que se comunican en el Gobierno. El emisor es Francisco Martín, el secretario general de Presidencia, un hombre casi invisible para el público y los medios, pero al que en Moncloa definen como el “padre” de la organización de la cumbre de la OTAN que le ha dado al presidente una de las mayores alegrías desde que accedió al cargo en 2018.

Análisis – ¿Se le puede llamar comunidad internacional si excluye a África, Asia y Latinoamérica?

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Todos los detalles han pasado por sus manos antes de recibir el visto bueno de Sánchez, que ha seguido al milímetro los preparativos del que ha sido el evento con el que pretende relanzar al Gobierno. Doce días después de recibir esa llamada desde Washington en la que un colaborador del cocinero confirmaba su disponibilidad para ofrecer una degustación de gastronomía española a los líderes de la OTAN y la UE en el Museo del Prado y a un precio asumible para los contratos del Gobierno, la cena acabó convirtiéndose en la imagen de la cumbre de Madrid, a pesar de que había suscitado dudas a los responsables del Prado.

“Ha sido el peor discurso de mi vida”, dijo el chef tras dirigirse a los líderes, a los que expuso brevemente el menú “Sabores de Madrid” y hacer una llamada, ante los líderes de medio mundo, a la solidaridad y la importancia de las organizaciones sociales. Por poco no llega a pronunciarlo, porque cuando Sánchez le dio la palabra no estaba en la sala y hubo que ir corriendo a por él a la cocina. 

Tres meses sin cobrar

José Andrés ha acabado teniendo un papel protagonista en los tres días de cumbre. Fue él, que ha estado en Ucrania en su labor humanitaria, quien llamó a Francisco Martín para decirle que el alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, quería tener un aparte con Sánchez. Moncloa decidió que el prolegómeno de la cena en el Museo del Prado era un buen momento. Allí tocaba, además, la orquesta sinfónica de Kiev, un recital que dejó momentos curiosos para los presentes como las carantoñas a sus nietas de un Joe Biden perdido en medio de la melé de líderes o a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Layen, subida a uno de los bancos de la sala para alcanzar a ver a los artistas. 

Al acabar, el director de la orquesta aprovechó para decirle a su alcalde que los músicos llevaban tres meses sin cobrar. “El alcalde lo resolvió allí mismo y al día siguiente cobraron”, recupera Martín, para elDiario.es, uno de los momentos que más emoción le causó y que no figurarán en las crónicas de la cita. 

El papel de Solana

Al protagonismo discreto se apuntó también el exsecretario general de la OTAN, Javier Solana, hoy, cosas de la noria de los cargos públicos, presidente de la Fundación del Museo del Prado. Fue él quien se encargó de recibir a los líderes a pie de calle, para que Sánchez los saludase ya en el interior de las salas. “Me alucinó cómo reaccionaron. Todos le conocían, le cogían, le abrazaban y hacía todo el paseíllo con ellos. Tuve que hacer de stopper de Solana porque no nos daba tiempo. Me decía: No puedo estar menos, son mis amigos”, comenta Martín sobre esos apuros para cuadrar un programa que estaba medido al milímetro.

Que Madrid haya sido durante 72 horas capital de los países occidentales requirió de meses de trabajo coordinado que ha implicado a varios ministerios y una tormenta de ideas para planificar las actividades paralelas donde opinó mucha gente. Casa Real –que organizó la cena de la primera noche presidida por Felipe VI y Leticia Ortiz para la que recurrió al chef Paco Roncero–, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, Díaz Ayuso y Almeida, también pusieron facilidades en una especie de armisticio con el Gobierno de Sánchez, que ha felicitado a ambos por carta, igual que a la delegada del Gobierno en la Región, Mercedes González.

Las primeras conversaciones preparatorias se remontan a octubre cuando Martín, el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, y el jefe de gabinete de Sánchez, Óscar López, aprovecharon su presencia en el Congreso que el PSOE celebró en Valencia para hablar del tema, que ha obligado a retocar el organigrama de la Presidencia del Gobierno o a aprobar un contrato que sirviera de paraguas para los gastos de la cumbre, que estarán en torno a los 40 millones de euros, de los que 32 son para el alquiler de las instalaciones de Ifema. A las cerca de 100 personas que han integrado la task force española las recibirá Sánchez este lunes en señal de agradecimiento.

Pero son más de 1.000 personas, entre las que se incluyen operarios, técnicos o arquitectos, han participado en la construcción de los espacios de la cumbre en los que se ha mirado con lupa cada detalle: desde la decoración con cuadros como el emblemático de ‘El Abrazo’ con el que el Gobierno pretende transmitir un mensaje de “convivencia en paz” o la colocación de olivos y limoneros en las estancias (los naranjos se descartaron porque no tienen fruto en esta época del año) hasta la idoneidad y limpieza de los aseos de los mandatarios o los periodistas. En paralelo a la cena en la pinacoteca, por ejemplo, la sede del Ministerio de Derechos Sociales, que está enfrente, sirvió para el catering de los cerca de 500 trabajadores de las delegaciones (personal de seguridad, conductores, etc.).

No solo el programa político y militar ha supuesto quebraderos de cabeza. También, el diseño del programa de acompañantes ha llevado meses de preparación. Se pensó incluso que visitaran distintos puntos de la geografía española, como Catalunya, Galicia o Andalucía, pero razones de seguridad y de economía del tiempo lo limitaron a Madrid y alrededores. “Queríamos que hubiera una lógica común, teníamos que poner a España en lo más alto y explicar el país que queremos ser”, explica ahora, orgulloso, el secretario general de Presidencia. Y eso les llevó a recibir a los cónyuges en Chamartín, “una estación en obras”. “Les explicamos el momento de transformación de las infraestructuras de España y después fueron en el último modelo de AVE hasta Segovia”, agrega. 

Los regalos protocolarios

De ahí se dirigieron, viendo el paisaje de la Sierra de Guadarrama, a La Granja, donde el primer atractivo fueron las fuentes. “Son un prodigio de la ingeniería hidráulica, funcionan sin una sola bomba eléctrica”, cuenta con entusiasmo este ingeniero (de Montes) que dedica ahora su jornada completa a Sánchez, al que se sumó en las primarias de 2017 como responsable de las finanzas de la candidatura y que tras su victoria frente al aparato y la moción de censura a Rajoy se lo llevó al gabinete de Moncloa en 2018. En La Granja esposas y maridos de los mandatarios, e incluso las nietas de Biden, acompañados de la reina Letizia, visitaron también la fábrica de tapices y la de cristales, en la que vieron cómo se elaboraba una botella que posteriormente recibieron en sus respectivas habitaciones de hotel. El plan incluyó también visitas al Museo Reina Sofía o al Teatro Real, cata de aceites de oliva incluida.

La elección de los itinerarios en una capital sitiada tampoco fue fácil. Los servicios secretos de EEUU visitaron varias veces las instalaciones hasta que dieron el visto bueno a la presencia de Jill Biden, quien dejó una de las anécdotas no escritas (hasta ahora) de la cumbre. La primera dama se reunió con la esposa de Sánchez, Begoña Gómez, el lunes por la tarde. El equipo de la Casa Blanca había preguntado a Moncloa si habría intercambio protocolario de regalos y la respuesta fue afirmativa. Gómez tuvo la idea de regalarle unas alpargatas artesanales fabricadas en La Rioja con la intención de que luciera “marca España” al día siguiente (la embajada les comunicó la talla de pie de la señora Biden el viernes por la noche). 

Pero una vez en Madrid, la Casa Blanca comunicó que habían olvidado el regalo para la esposa del presidente español. No hubo intercambio oficial pero Moncloa le hizo llegar igual las zapatillas al hotel. Tras la charla, la primera dama estadounidense se fue de compras a la calle Claudio Coello y se hizo con unas alpargatas que acapararon muchos minutos de televisión. El espectador atento pudo comprobar que las que lució la primera dama al día siguiente no eran las compradas en el centro de Madrid, sino las que le había hecho llegar Moncloa. No fue impedimento para que la tienda del centro de Madrid agotase las existencias del modelo que compró Jill Biden. Diez o doce pares, en un día, cuentan los propietarios de la tienda, que siguen recibiendo pedidos.

Quien sí hizo entrega de su regalo fue Joe Biden. No se sabe si en la Casa Blanca eran conocedores de la afición de Sánchez por el baloncesto, pero el presidente le entregó una pelota de la marca Leather Head, modelo Naismith (que fue el inventor de ese deporte), cosida a mano, y con el sello y la firma de Biden. Tendrá sin duda un lugar preeminente en su colección, donde también tiene la que recientemente le pidió al laureado Pau Gasol que le firmara. El socialista, por su parte, le entregó a Biden una camiseta de la selección española de baloncesto con el 46, que es número que ocupa en la presidencia estadounidense.

Más allá de ciertas incomodidades para los madrileños por las calles cortadas y de algunos restaurantes de la Plaza Mayor que vieron restringida su caja porque se convirtió en un aparcamiento improvisado para decenas de coches oficiales, el Gobierno -al menos la parte socialista- celebra el éxito de una cumbre que ha merecido incluso el reconocimiento del PP. Sin un solo detenido ni incidentes relevantes.

En Moncloa esos funcionarios y altos cargos que no salen en las fotos respiran aliviados tras haber cumplido la exigencia de Sánchez cuando empezaron a planificarlo todo: “Tenemos que presentar la España que queremos al mundo”. A la 1:30 de la madrugada Martín, el hombre que coordinó todo lo que sucedió en la cita de la Alianza Atlántica, cierra el círculo. “Me ha despertado el mensaje de un amigo que vive desde hace años en Phoenix dándome las gracias por lo orgulloso que estaba de ser español”, una recompensa a muchas semanas de dedicación.

Un balón de oxígeno para un Gobierno en encuestas bajas, que trabaja ya en el Debate del Estado de la Nación de mediados de julio y el homenaje a las víctimas del coronavirus inmediatamente después.

Un tema Al Día: 'La OTAN, con Olga Rodríguez'

Aquí puedes escuchar la segunda parte de 'La OTAN, con Olga Rodríguez'

“Todo encarrilado para la cena de José Andrés en el Museo del Prado”. Es la 1:30 de la madrugada del viernes 17 de junio cuando Pedro Sánchez regresa en coche del cierre de campaña en Sevilla y recibe un mensaje en la aplicación COM Sec, una especie de WhatsApp restringido y seguro con el que se comunican en el Gobierno. El emisor es Francisco Martín, el secretario general de Presidencia, un hombre casi invisible para el público y los medios, pero al que en Moncloa definen como el “padre” de la organización de la cumbre de la OTAN que le ha dado al presidente una de las mayores alegrías desde que accedió al cargo en 2018.

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Todos los detalles han pasado por sus manos antes de recibir el visto bueno de Sánchez, que ha seguido al milímetro los preparativos del que ha sido el evento con el que pretende relanzar al Gobierno. Doce días después de recibir esa llamada desde Washington en la que un colaborador del cocinero confirmaba su disponibilidad para ofrecer una degustación de gastronomía española a los líderes de la OTAN y la UE en el Museo del Prado y a un precio asumible para los contratos del Gobierno, la cena acabó convirtiéndose en la imagen de la cumbre de Madrid, a pesar de que había suscitado dudas a los responsables del Prado.

“Ha sido el peor discurso de mi vida”, dijo el chef tras dirigirse a los líderes, a los que expuso brevemente el menú “Sabores de Madrid” y hacer una llamada, ante los líderes de medio mundo, a la solidaridad y la importancia de las organizaciones sociales. Por poco no llega a pronunciarlo, porque cuando Sánchez le dio la palabra no estaba en la sala y hubo que ir corriendo a por él a la cocina. 

Tres meses sin cobrar

José Andrés ha acabado teniendo un papel protagonista en los tres días de cumbre. Fue él, que ha estado en Ucrania en su labor humanitaria, quien llamó a Francisco Martín para decirle que el alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, quería tener un aparte con Sánchez. Moncloa decidió que el prolegómeno de la cena en el Museo del Prado era un buen momento. Allí tocaba, además, la orquesta sinfónica de Kiev, un recital que dejó momentos curiosos para los presentes como las carantoñas a sus nietas de un Joe Biden perdido en medio de la melé de líderes o a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Layen, subida a uno de los bancos de la sala para alcanzar a ver a los artistas. 

Al acabar, el director de la orquesta aprovechó para decirle a su alcalde que los músicos llevaban tres meses sin cobrar. “El alcalde lo resolvió allí mismo y al día siguiente cobraron”, recupera Martín, para elDiario.es, uno de los momentos que más emoción le causó y que no figurarán en las crónicas de la cita. 

El papel de Solana

Al protagonismo discreto se apuntó también el exsecretario general de la OTAN, Javier Solana, hoy, cosas de la noria de los cargos públicos, presidente de la Fundación del Museo del Prado. Fue él quien se encargó de recibir a los líderes a pie de calle, para que Sánchez los saludase ya en el interior de las salas. “Me alucinó cómo reaccionaron. Todos le conocían, le cogían, le abrazaban y hacía todo el paseíllo con ellos. Tuve que hacer de stopper de Solana porque no nos daba tiempo. Me decía: No puedo estar menos, son mis amigos”, comenta Martín sobre esos apuros para cuadrar un programa que estaba medido al milímetro.

Que Madrid haya sido durante 72 horas capital de los países occidentales requirió de meses de trabajo coordinado que ha implicado a varios ministerios y una tormenta de ideas para planificar las actividades paralelas donde opinó mucha gente. Casa Real –que organizó la cena de la primera noche presidida por Felipe VI y Leticia Ortiz para la que recurrió al chef Paco Roncero–, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, Díaz Ayuso y Almeida, también pusieron facilidades en una especie de armisticio con el Gobierno de Sánchez, que ha felicitado a ambos por carta, igual que a la delegada del Gobierno en la Región, Mercedes González.

Las primeras conversaciones preparatorias se remontan a octubre cuando Martín, el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, y el jefe de gabinete de Sánchez, Óscar López, aprovecharon su presencia en el Congreso que el PSOE celebró en Valencia para hablar del tema, que ha obligado a retocar el organigrama de la Presidencia del Gobierno o a aprobar un contrato que sirviera de paraguas para los gastos de la cumbre, que estarán en torno a los 40 millones de euros, de los que 32 son para el alquiler de las instalaciones de Ifema. A las cerca de 100 personas que han integrado la task force española las recibirá Sánchez este lunes en señal de agradecimiento.

Pero son más de 1.000 personas, entre las que se incluyen operarios, técnicos o arquitectos, han participado en la construcción de los espacios de la cumbre en los que se ha mirado con lupa cada detalle: desde la decoración con cuadros como el emblemático de ‘El Abrazo’ con el que el Gobierno pretende transmitir un mensaje de “convivencia en paz” o la colocación de olivos y limoneros en las estancias (los naranjos se descartaron porque no tienen fruto en esta época del año) hasta la idoneidad y limpieza de los aseos de los mandatarios o los periodistas. En paralelo a la cena en la pinacoteca, por ejemplo, la sede del Ministerio de Derechos Sociales, que está enfrente, sirvió para el catering de los cerca de 500 trabajadores de las delegaciones (personal de seguridad, conductores, etc.).

No solo el programa político y militar ha supuesto quebraderos de cabeza. También, el diseño del programa de acompañantes ha llevado meses de preparación. Se pensó incluso que visitaran distintos puntos de la geografía española, como Catalunya, Galicia o Andalucía, pero razones de seguridad y de economía del tiempo lo limitaron a Madrid y alrededores. “Queríamos que hubiera una lógica común, teníamos que poner a España en lo más alto y explicar el país que queremos ser”, explica ahora, orgulloso, el secretario general de Presidencia. Y eso les llevó a recibir a los cónyuges en Chamartín, “una estación en obras”. “Les explicamos el momento de transformación de las infraestructuras de España y después fueron en el último modelo de AVE hasta Segovia”, agrega. 

Los regalos protocolarios

De ahí se dirigieron, viendo el paisaje de la Sierra de Guadarrama, a La Granja, donde el primer atractivo fueron las fuentes. “Son un prodigio de la ingeniería hidráulica, funcionan sin una sola bomba eléctrica”, cuenta con entusiasmo este ingeniero (de Montes) que dedica ahora su jornada completa a Sánchez, al que se sumó en las primarias de 2017 como responsable de las finanzas de la candidatura y que tras su victoria frente al aparato y la moción de censura a Rajoy se lo llevó al gabinete de Moncloa en 2018. En La Granja esposas y maridos de los mandatarios, e incluso las nietas de Biden, acompañados de la reina Letizia, visitaron también la fábrica de tapices y la de cristales, en la que vieron cómo se elaboraba una botella que posteriormente recibieron en sus respectivas habitaciones de hotel. El plan incluyó también visitas al Museo Reina Sofía o al Teatro Real, cata de aceites de oliva incluida.

La elección de los itinerarios en una capital sitiada tampoco fue fácil. Los servicios secretos de EEUU visitaron varias veces las instalaciones hasta que dieron el visto bueno a la presencia de Jill Biden, quien dejó una de las anécdotas no escritas (hasta ahora) de la cumbre. La primera dama se reunió con la esposa de Sánchez, Begoña Gómez, el lunes por la tarde. El equipo de la Casa Blanca había preguntado a Moncloa si habría intercambio protocolario de regalos y la respuesta fue afirmativa. Gómez tuvo la idea de regalarle unas alpargatas artesanales fabricadas en La Rioja con la intención de que luciera “marca España” al día siguiente (la embajada les comunicó la talla de pie de la señora Biden el viernes por la noche). 

Pero una vez en Madrid, la Casa Blanca comunicó que habían olvidado el regalo para la esposa del presidente español. No hubo intercambio oficial pero Moncloa le hizo llegar igual las zapatillas al hotel. Tras la charla, la primera dama estadounidense se fue de compras a la calle Claudio Coello y se hizo con unas alpargatas que acapararon muchos minutos de televisión. El espectador atento pudo comprobar que las que lució la primera dama al día siguiente no eran las compradas en el centro de Madrid, sino las que le había hecho llegar Moncloa. No fue impedimento para que la tienda del centro de Madrid agotase las existencias del modelo que compró Jill Biden. Diez o doce pares, en un día, cuentan los propietarios de la tienda, que siguen recibiendo pedidos.

Quien sí hizo entrega de su regalo fue Joe Biden. No se sabe si en la Casa Blanca eran conocedores de la afición de Sánchez por el baloncesto, pero el presidente le entregó una pelota de la marca Leather Head, modelo Naismith (que fue el inventor de ese deporte), cosida a mano, y con el sello y la firma de Biden. Tendrá sin duda un lugar preeminente en su colección, donde también tiene la que recientemente le pidió al laureado Pau Gasol que le firmara. El socialista, por su parte, le entregó a Biden una camiseta de la selección española de baloncesto con el 46, que es número que ocupa en la presidencia estadounidense.

Más allá de ciertas incomodidades para los madrileños por las calles cortadas y de algunos restaurantes de la Plaza Mayor que vieron restringida su caja porque se convirtió en un aparcamiento improvisado para decenas de coches oficiales, el Gobierno -al menos la parte socialista- celebra el éxito de una cumbre que ha merecido incluso el reconocimiento del PP. Sin un solo detenido ni incidentes relevantes.

En Moncloa esos funcionarios y altos cargos que no salen en las fotos respiran aliviados tras haber cumplido la exigencia de Sánchez cuando empezaron a planificarlo todo: “Tenemos que presentar la España que queremos al mundo”. A la 1:30 de la madrugada Martín, el hombre que coordinó todo lo que sucedió en la cita de la Alianza Atlántica, cierra el círculo. “Me ha despertado el mensaje de un amigo que vive desde hace años en Phoenix dándome las gracias por lo orgulloso que estaba de ser español”, una recompensa a muchas semanas de dedicación.

Un balón de oxígeno para un Gobierno en encuestas bajas, que trabaja ya en el Debate del Estado de la Nación de mediados de julio y el homenaje a las víctimas del coronavirus inmediatamente después.

Un tema Al Día: 'La OTAN, con Olga Rodríguez'

Aquí puedes escuchar la segunda parte de 'La OTAN, con Olga Rodríguez'

“Todo encarrilado para la cena de José Andrés en el Museo del Prado”. Es la 1:30 de la madrugada del viernes 17 de junio cuando Pedro Sánchez regresa en coche del cierre de campaña en Sevilla y recibe un mensaje en la aplicación COM Sec, una especie de WhatsApp restringido y seguro con el que se comunican en el Gobierno. El emisor es Francisco Martín, el secretario general de Presidencia, un hombre casi invisible para el público y los medios, pero al que en Moncloa definen como el “padre” de la organización de la cumbre de la OTAN que le ha dado al presidente una de las mayores alegrías desde que accedió al cargo en 2018.

Análisis – ¿Se le puede llamar comunidad internacional si excluye a África, Asia y Latinoamérica?

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Todos los detalles han pasado por sus manos antes de recibir el visto bueno de Sánchez, que ha seguido al milímetro los preparativos del que ha sido el evento con el que pretende relanzar al Gobierno. Doce días después de recibir esa llamada desde Washington en la que un colaborador del cocinero confirmaba su disponibilidad para ofrecer una degustación de gastronomía española a los líderes de la OTAN y la UE en el Museo del Prado y a un precio asumible para los contratos del Gobierno, la cena acabó convirtiéndose en la imagen de la cumbre de Madrid, a pesar de que había suscitado dudas a los responsables del Prado.