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CRÓNICA

Sánchez no capitaliza las medidas frente a la crisis mientras la derecha impone el marco del cambio de ciclo

El jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, interviene en la sesión de control al Gobierno.

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En el teatro de la política, a veces, cuesta distinguir entre la realidad y la sobreactuación, entre la interpretación y la verdad, entre el ruido y la elocuencia de los datos y, últimamente, entre los relatos y los hechos. Cada semana, en el Congreso de los Diputados se dibujan dos Españas que nada tienen que ver. Uno escucha las intervenciones que llegan desde un lado del hemiciclo y puede llegar a creer que Pedro Sánchez es un cadáver político al que lo único que le falta por hacer en La Moncloa son las maletas para abandonar el recinto. Luego, si se atiende con detalle a lo que dicen los ministros, la cosa cambia y hasta pudiera parecer que eso de la alternancia puede no estar tan cerca, a tenor de lo que resta de legislatura, de lo que le queda de exposición pública al nuevo líder del PP, de la lluvia de millones repartidos entre los sectores sociales más perjudicados por la crisis y de una izquierda siempre reticente a la movilización hasta que no llegue el momento de las elecciones. 

Entre una realidad y otra, están los sondeos, las sensaciones y los marcos impuestos. La tendencia de los primeros, también del CIS, es que el voto del PP y de Vox crece mientras Podemos retrocede y el PSOE se estanca, aunque siga en cabeza y esté a 1,6 puntos por delante de los populares, según el CIS. El pálpito de algunas sensibilidades socialistas es que el Gobierno de Pedro Sánchez no logra capitalizar las medidas aprobadas en favor de los sectores más afectados por la crisis provocada tras la guerra, que la situación económica puede empeorar en los próximos meses y que “se antoja complicado revalidar mandato”. El marco en todo caso que ya ha impuesto la derecha, en los medios pero también en la calle, es que España está a las puertas de un cambio de ciclo político inexorable que llevará a Alberto Núñez Feijóo prácticamente en volandas y sin despeinarse siquiera hasta el Gobierno.

Ni todo es tan sencillo ni tan inminente, pese a que el viento indudablemente sea favorable para los populares que, en tiempos de multipartidismo y con Ciudadanos fuera de juego, siempre necesitarán a la ultraderecha de Vox para formar gobierno. Un escenario que el PP no quería ni imaginar hace meses y al que ahora no hace ascos. La realidad inminente de las elecciones andaluzas, tras las que se da prácticamente por hecho que el partido de Abascal gobernará en coalición con Juan Manuel Moreno y que el PSOE obtendrá un pírrico resultado, no contribuirá a insuflar ánimo en el electorado progresista, sino todo lo contrario. 

Tampoco ayuda la incertidumbre que todavía hoy, un año después de ser ungida como sucesora de Pablo Iglesias para liderar el llamado frente amplio, suscita el proyecto de Yolanda Díaz. El espectáculo ofrecido para cerrar la candidatura andaluza, los líos internos y la gresca con Unidas Podemos no son el mejor prólogo para un espacio que se pretende construir a través de un “proceso de escucha” y conjugar sobre todo con el verbo sumar. La vicepresidenta segunda tendrá en algún momento que aterrizar y pasar de las declaraciones a la acción. Para revalidar mandato, Sánchez necesita que salga bien el proyecto de Díaz y ella, algún entendimiento con la formación que fundó Pablo Iglesias. 

Y hasta que eso llegue, hay una razonable preocupación en el Gobierno y en el PSOE por lo que unos llaman “la consolidación de una derecha social” y otros, las dificultades para  rentabilizar las ayudas aprobadas en Consejo de Ministros para que las familias más desfavorecidas puedan hacer frente al alza de los precios, que han supuesto un desembolso de 16.000 millones de euros. Un socialista con amplia experiencia en demoscopia compara la situación con la canción de Joan Manuel Serrat Me gusta todo de ti (pero tú no): “Es como si los ciudadanos dijeran algo así como me gustan los ERTE, me gusta la subida del SMI, me gustan las ayudas a los transportistas, me gusta la reforma laboral, me gusta el aumento del Ingreso Mínimo Vital…, pero hay algo que no me gusta de este gobierno”. El mismo interlocutor lo achaca “a las continuas disputas en el seno de la coalición, a la falta de empatía, al cerrado apoyo mediático con el que cuenta la derecha en los medios de comunicación”  y, en ocasiones, “a la negación de una realidad económica que hace cada día más complicado que miles de familias lleguen a final de mes”.

Los datos sobre los esfuerzos del Gobierno en favor de los más vulnerables son elocuentes, pero en absoluto se corresponden con el sentir social respecto al gabinete de Sánchez. Por ejemplo: el Gobierno ha incrementado en 140 euros el Ingreso Mínimo Vital para una familia con dos hijos a cargo; ha aprobado una ayuda directa para los transportistas de 1.250 euros;  ha subido el sueldo de las camareras de piso en 440 euros; ha concedido ayudas de 600 euros para los productores de pollo; ha aplicado una reforma de las pensiones que ha supuesto una subida media de 111 euros al mes… Pero nada de ello, de momento, ha revertido en un mayor apoyo electoral del PSOE.

Con todo, el director de Opinión Pública y Estudios Políticos en @IpsosSpain, José Pablo Ferrándiz, sostiene que el desgaste de los socialistas “es muy reducido y que ”no hay desafección entre el electorado del PSOE a Pedro Sánchez“. Lo verdaderamente preocupante en su opinión, ”es el retroceso de Unidas Podemos“, que debería evitar, junto al resto de formaciones a la izquierda del PSOE, y con la vista puesta en las generales, ”hacerse otro Andalucía en el que escenifiquen sus diferencias“

Ferrándiz da por bueno que el “efecto Feijóo” ha reactivado al electorado del PP, que los populares han vuelto a una fidelidad de voto que cayó en picado en tiempos de Pablo Casado y que se han invertido las fugas de voto con Vox. Además de beneficiarse de la bolsa de abstencionistas, el PP atrae en este momento más votos de la ultraderecha de los que cede a Abascal y, también, ha triplicado -del 2 al 6%-  el trasvase de voto socialista hacia sus siglas. 

¿Se puede hablar ya entonces de un cambio de ciclo político? No tan deprisa. Lo que se detecta es un toque de atención al gobierno, si bien la economía más que cualquier otra variable decide el voto, y la demoscopia percibe una mayoría social convencida de que la situación económica empeorará en los próximos meses. En todo caso, la gran pregunta para Ferrándiz es si la ciudadanía cree o no que la oposición tiene medidas mejores que las ya adoptadas por el gobierno para hacer frente a la crisis. De momento, hay un 60% de españoles que atribuyen a factores exógenos y no endógenos la subida desorbitada de los precios. Más claro: que el PP no ha conseguido, muy a su pesar, instalar en la calle que el aumento de la inflación es culpa de Pedro Sánchez y de sus políticas. La ciudadanía habría externalizado por tanto las causas de esta crisis, lo que en La Moncloa creen que les otorga aún un margen de crecimiento electoral mientras “resta credibilidad a un PP que, con Casado o con Feijóo, sigue teniendo los mismos problemas: la corrupción y Vox”.

La publicación esta semana en El País de los audios del ex comisario Villarejo con Dolores de Cospedal y Esperanza Aguirre son, sin duda, una dosis de recuerdo de un gobierno que no dudó en usar las instituciones públicas para tapar la putrefacción de sus propias siglas. Pero lo que no parece es que el asunto haya tenido en la calle el mismo impacto que en los medios de comunicación y en el debate público. Y lo mismo ha ocurrido con el escándalo del espionaje sobre Pedro Sánchez.

Más que por Pegasus o por la grieta que el caso ha abierto en la mayoría parlamentaria que hizo posible la investidura de Sánchez, la zozobra en el socialismo estos días tiene su razón de ser en el resultado de las elecciones andaluzas y en lo que en La Moncloa llaman ya una nueva y calculada estrategia de normalización en medios de la ultraderecha española, tras su más que probable entrada en el segundo gobierno regional. Vox, en efecto, ha dejado de asustar a gran parte de la sociedad pese a su oferta claramente antidemocrática, lo que significa que la izquierda tendrá que afanarse para municipales y autonómicas, en la búsqueda de una estrategia más elaborada que no pase solo por las llamadas al miedo. Esto y conseguir que Yolanda Díaz escuche mucho, pero haga mucho más. Que en la calle Ferraz haya una dirección yerma de contenido y pesos pesados y que el Grupo Parlamentario carezca de referentes indiscutibles para la refriega semanal tampoco ayuda.

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