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Residencia o asistente personal: una reflexión

No hay una única solución perfecta y adecuada para todo el mundo. La realidad es más compleja

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Yo no querría vivir en una residencia para retrones. Tengo mi trabajo, mi casa y mi asistente personal. Pero no todos somos iguales: cada uno tenemos nuestros problemas y nuestras necesidades, nuestras preferencias y nuestras aversiones. Nuestras esperanzas y nuestros miedos. En la situación actual, prefiero tener autonomía, libertad y un asistente personal que me ayude en las tareas básicas de la vida. Si las circunstancias fueran otras... ¿quién sabe?

En mi visita a una residencia en Zaragoza constaté que el perfil de los retrones que residen en muy diferente al mío. ¿Podrían tener un trabajo? ¿Podrían llevar las cuentas de una casa? ¿Podrían ser “jefes” de su asistente personal? Tengo dudas. Quizá alguno sí; seguro que no todos. Yo vi a personas con serios problemas físicos, que necesitaban cuidados médicos continuos: una chica de veintipocos años a las que sus padres no podían atender en casa, un joven con la boca ensangrentada porque mientras le afeitaban comenzó a agitarse, hombres de mediana edad a los que apenas se les entendía al hablar...

Me llevé una profunda impresión. Como escribí aquí, el retrón del icono, el tipo en silla de ruedas con una sonrisa y el cerebro bien amueblado no es lo normal. Lo normal es tener una combinación de diferentes problemas físicos y/o mentales. En España, sólo 580 mil de los 8 millones de retrones que hay tienen una sola discapacidad.

Grosso modo, los retrones tenemos 3 posibilidades: vivir con nuestros padres hasta que mueran, vivir en una residencia o tener un asistente personal.

La primera opción ya la conocemos. Es la tradicional. El retrón de 40 años pasea con sus padres de 70 por la calle; después, es el hermano quien le ayuda. Todavía de vez en cuando encuentran en la España profunda los cadáveres de una mujer anciana y su hija discapacitada. El horror.

El asistente personal es, a priori, la solución ideal. Pero si lo analizamos con detalle surgen matices. En mi caso, Domingo me atiende unas pocas horas cada jornada: me despierta y acuesta, me ducha y acompaña al baño, me prepara la comida y poco más. Después voy a trabajar, ceno con amigos, me quedo en casa con un libro y una copa de vino... No todos pueden. Hay personas que necesitan a este asistente 24 horas al día, que requieren una atención médica determinada. Hay quien jamás podrá trabajar por muchas subvenciones que den a empresarios, quien no podrá estudiar porque su cerebro es incapaz... Cada caso es un mundo.

Y está la soledad. Me atrevo a pensar que quienes escriben comentarios en este blog tienen una vida social moderada. Familia, amigos, parejas... También realizan actividades por su cuenta, como leer eldiario.es. Salvo los retrones sobrevenidos (por accidente de coche, normalmente) pocos de los residentes en DFA son comparables a Pablo o a mí en ese aspecto. De ahí que el consumo de fármacos sea superior a la media de la población. Un lector criticó en el anterior post que la dirección de la residencia diera medicinas para aliviar la ansiedad o el insomnio de los retrones: “Y si no sonríen lo suficiente, pues unos ansiolíticos p'al pecho”. Pues resulta que a veces la vida es dura. Así de simple.

Me imagino en una casa propia, con un asistente y sin nada que hacer en mi vida. Sin familia, sin amigos, sin hobbies. Con problemas para comunicarme o pensar con claridad. Y no me gusta. Según la situación personal, vivir en una residencia es bueno. Allí tienen logopedas, fisioterapeutas, psicólogos.... ¿Acaso no hay ancianos que se valen por sí mismos y prefieren irse a una residencia para tener a alguien con quien hablar o jugar a las cartas?

Creo que la independencia y la libertad son importantes en la vida. Pero no son valores absolutos. Lamentablemente, siempre habrá personas tan fastidiadas física y mentalmente que necesiten vivir en una residencia. Hay que luchar para que quien pueda estudiar, trabajar, vivir solo... lo haga. Para que haya asistentes pagados por el Estado para que nadie se vea obligado a ir a un centro. Y, también, para que los centros no sean cárceles (que alguna hay) sino lugares donde se cuide a las personas. Lo demás es discutir si son galgos o podencos mientras tratan de quitarnos lo poco conseguido.

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