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Cantos regionales, exaltación de la amistad y meterle mano al cascao

Los retrones y las tías buenorras tenemos mucho en común: Todo el mundo nos mira, siempre nos dan tabaco si pedimos, y los borrachos se mueren de ganas de meternos mano.

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Entrada para el concierto de Bruce Sprinsgteen el pasado 26 de junio en Gijón

Entrada para el concierto de Bruce Sprinsgteen el pasado 26 de junio en Gijón

Yo antes fumaba (sobre todo cuando salía por ahí), pero no compraba tabaco. Esta curiosa situación estaba sustentada en dos pilares muy lógicos:

  • No quería fumar mucho y, si llevaba tabaco encima, fumaba más.
  • Si alguna vez no había ningún fumador conocido cerca, bastaba con acercarme a cualquier mesa, pedir un cigarrillo, y siempre me lo daban.

No estoy completamente seguro, pero yo diría que podría haber utilizado la misma estrategia si, en vez de con mi cuerpo de retrón, el Señor Todopoderoso me hubiese obsequiado con las pintas de Scarlett Johansson. Con una ligera variación, claro: tendría que pedirle tabaco a los hombres, y no a todo el mundo como hago ahora. Vamos, que mi poder gorroneador de tabaco es aproximadamente el doble que el de Scarlett Johansson.

( No quiero imaginar qué ocurriría en el caso de que Scarlett fuera montada encima de una silla eléctrica por no ponerme muy metafísico.)

De hecho, ésta no es la única cosa que los retrones tenemos en común con las tías buenorras respecto de cómo nos tratan los demás humanos. Hay más:

  • Todo el mundo nos mira.
  • Todo el mundo mira a nuestra pareja.
  • Siempre nos quieren sujetar la puerta.
  • Tenemos que demostrar nuestras capacidades intelectuales todo el tiempo para que no se presuponga su ausencia.
  • La gente se pone nerviosa cuando se dirige a nosotros.
  • Y los borrachos siempre intentan meternos mano.

Sí. Como lo oyen (leen).

Los retrones sabemos que, en cualquier bar, concierto u otro sarao donde corra el alcohol, además de las conocidas y habituales fases de la intoxicación etílica entre las se cuentan los cantos regionales (" ¿Cómo era la jota guarra ésa de los bocaos en el delantal?") o la exaltación de la amistad (" ¡Garlos, edes un dío de buda madre! ¡De guiero, dío!"), también tenemos el meterle mano al cascao.

Cuando ya la noche no es joven y los gatos se van viendo más y más pardos, los parroquianos empiezan a sentir un deseo irrefrenable de tocar al retrón ése de la esquina que está, ahí, tan tranquilo con su cubata. Respiran hondo, reúnen coraje y se acercan con las siguientes palabras, a veces en sus ojos, a veces en sus labios:

¡Qué guay que estés aquí! Disfrutando como los demás.

Siempre he tenido ganas de tocar un cascao (y una serpiente), pero nunca antes me había atrevido. Qué feliz estoy.

Perdona que te moleste, no me conoces de nada y estoy interrumpiendo tu conversación con tus amigos, pero tengo una prima segunda que también va en silla y ella también es una golfa de la vida, así, desenfadada, como tú. Vamos, que no se sabe si no le importa ser tullida o es que se pone pedo para olvidar. Bueno, nada, oye, que si necesitas un mimo estoy allá en la barra.

La última vez que me pasó esto: en el concierto de Bruce Springsteen el pasado 26 de junio en Gijón. Como mencioné en los comentarios del último post de mi socio, me animé a sacar una entrada para la pista, para estar en el meollo de la gente. Mi silla se eleva y me pone a la altura de un bípedo de 1,70m (medido), así que me puedo permitir el lujo de ver igual de bien (o de mal) que cualquiera que está de pie.

Pues bien, a lo largo del concierto, fui abordado por varias personas a las que no conocía de nada:

  • Primero, un señor de Badajoz me pidió una foto con él para mostrársela a su hija, la cual estaba "como yo". Él siempre había querido llevarla de conciertos, pero nunca se había atrevido. El más normal, y no me molestó en lo más mínimo. Pero el hecho es el hecho.
  • Ya metidos en el concierto, un chico joven me empieza a hablar en asturiano, a hacer bromas sexuales (aparentemente, mi chica, que estaba a mi lado, debía de ser invisible para él), a darme la mano todo el rato y a acercarse mucho. Era muy pesado, no se descorazonaba a pesar de mis monosílabos, y no se le entendía nada. Aunque era inofensivo, nos obligó a huir.
  • Justo después pasó otro tipo a mi lado y me ofreció si quería "subir a ver a Bruce". Le dije que no y se marchó rápido y contento. Pensé que quizás era del staff, pero pronto descubrí que esto no era posible al verlo subirse a una valla y ser amonestado por los de seguridad.
  • En uno de los viajes a la barra, me crucé con un señor maduro con barbita que no dudó en hacerme mimos mientras yo intentaba huir y el ponía una sonrisa beatífica. Al marcharnos del concierto un poco antes de que acabase, para no pillar la marabunta, me volví a cruzar con él y vi cómo me centraba en su punto de mira del amor. Como ya lo conocía, huí mucho más eficientemente. De modo que sólo le dio tiempo a una despedida tierna pero breve.
  • Ya casi en la puerta de salida, una hippie a la que su novio le hacia trencitas me acarició la cara al pasar. Así, como sin darle importancia. Un mimo minusválido, pero hippie y liberal.

Así que ya sabes, Scarlett: yo te entiendo.

Y lo peor de todo es que he dejado de fumar.

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