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Así afectan las prisas a la ciencia que rodea al coronavirus

Dos personas trabajan en un laboratorio.

Esther Samper

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La pandemia de coronavirus no solo ha puesto patas arriba las sociedades y los sistemas sanitarios de multitud de países, sino también la ciencia. Este sistema de conocimientos, acostumbrado al ritmo lento que dicta el método científico, se ha visto envuelto en una espiral de enormes y urgentes demandas por parte del mundo. La ciencia se ha convertido en un potencial rescatador frente al coronavirus cuya parsimonia y pasos en falso desespera a las personas que desconocen su funcionamiento.

De estar acostumbrada a exponerse a los focos mediáticos principalmente por sus logros y éxitos, la ciencia ha pasado a recibir una constante atención mediática que no solo saca a la luz sus avances, sino también sus tropiezos. Se trata de la ciencia vista en una especie de “en vivo y en directo”, alejada de su grandilocuencia y su pose distinguida en las ocasiones especiales. Así, la evolución de las afirmaciones científicas según van apareciendo nuevos datos se percibe como una señal de debilidad o, incluso, de falta de fiabilidad, cuando, en realidad, la principal fortaleza de la ciencia es su capacidad para autocorregirse y alejarse de dogmas infalibles e inamovibles.

Mientras infinidad de personas depositan sus esperanzas en la ciencia para solucionar esta pandemia y los medios de comunicación le dan una cobertura informativa sin precedentes, los científicos se enfrentan a un virus nuevo repleto de incógnitas con unas prisas extraordinarias que han afectado a su funcionamiento en múltiples niveles.

El auge de los artículos preliminares (preprints)preprints

La urgencia de los investigadores por compartir cuanto antes a sus colegas nuevos hallazgos sobre el coronavirus y la COVID-19 ha potenciado el uso de repositorios biomédicos como bioRxiv o medRxiv. En estas plataformas gratuitas se suben manuscritos sin revisar por otros científicos, un proceso fundamental que deben pasar los artículos para aparecer en las revistas científicas. Este procedimiento de revisión puede tardar semanas, meses e incluso más de un año, según la velocidad de los revisores y las correcciones que se realicen en el artículo. Los repositorios son una forma provisional de difundir datos entre científicos, antes de que lleguen a publicarse en las revistas, para informar rápidamente a otros grupos de investigación sobre qué se ha observado o qué tratamientos parecen funcionar o no.

Por las limitaciones que presentan los artículos preliminares, los repositorios suelen añadir una señal de advertencia. En bioRxiv, por ejemplo, puede leerse: “Estos son informes preliminares que no han sido revisados por pares. No deberían tenerse en cuenta como concluyentes, guiar prácticas médicas/comportamientos relacionados con la salud o difundirse en los medios como información establecida”.

Suele ser muy poco habitual que los manuscritos se acepten sin cambios en las revistas científicas. La mayoría son rechazados o deben pasar por una fase de corrección de detalles de menor a mayor importancia (que implique, incluso, la realización de más experimentos). La fase de revisión por pares separa “el trigo de la paja” y hace que expertos en diferentes disciplinas valoren los artículos para aceptarlos o rechazarlos antes de que lleguen a las revistas.

Este “sello de calidad” de la revisión por pares ha saltado por los aires con el auge de los artículos preliminares en dichos repositorios. Las prisas han llevado a la aparición de manuscritos en estos repositorios que jamás habrían visto la luz en revistas científicas con una mínima calidad (exceptuando las revistas depredadoras). El semanario The Economist explicaba que, en el año 2017, el 33% de los artículos preliminares subidos a bioRxiv no llegaron a publicarse en revistas. Probablemente esta cifra sea mucho mayor con la crisis sanitaria del coronavirus, pues abundan los artículos sobre el virus de una calidad bajísima.

Para complicar aún más las cosas, algunos de estos artículos atraen la atención de diversos medios de comunicación por sus resultados llamativos y llegan hasta la población general. Fue lo que pasó cuando varios periódicos “informaron” de que el coronavirus tenía secuencias del VIH o que se había descubierto hace meses una cepa más letal. Mala ciencia en forma de artículos provisionales que no habrían llegado a ninguna revista científica de calidad (de hecho, algunos de ellos han sido retirados de los repositorios) y mucho menos a los medios de comunicación en circunstancias normales.

Las revistas científicas pisan el acelerador para publicar artículos sobre coronavirus y COVID-19... y, a veces, se estrellan

La urgencia por publicar cuanto antes artículos sobre el virus SARS-CoV-2 y todo lo que le rodea también ha impactado sobre los procesos de revisión de los manuscritos para ser aceptados en las revistas científicas. No solo los tiempos de este proceso se han acortado notablemente, sino que prestigiosas revistas médicas como The Lancet o The New England Journal of Medicine han aceptado artículos que difícilmente hubieran llegado a sus páginas en otras circunstancias. La publicación de estudios de baja o dudosa calidad en prestigiosas revistas impide que los no expertos en la materia sean conscientes de la calidad real de estos estudios y es fácil que se cuelen entre los medios de comunicación como si fueran artículos con una evidencia científica sólida.

Entre los artículos publicados con una metodología especialmente pobre destaca un estudio clínico sobre el medicamento remdesivir en personas afectadas por la COVID-19  que apareció en abril en la revista The New England Journal of Medicine. La revista recibió numerosas críticas por permitir la publicación de un estudio observacional sin ningún grupo de control o placebo y con una muestra reducida de pacientes que impedía conocer su efecto real.

Otro estudio de calidad muy baja, en el que se empleaba hidroxicloroquina como tratamiento de la COVID-19, también llegó a publicarse en una revista científica (aunque no de las más prestigiosas). Este estudio fue el comienzo de la popularidad de la hidroxicloroquina, a pesar de las numerosas críticas científicas que recibió y de que no había evidencia científica sólida que la respaldase. De hecho, ahora mismo, la OMS ha decidido suspender de nuevo los ensayos clínicos con hidroxicloroquina porque no se ha demostrado que reduzca la mortalidad por COVID-19. Otros estudios clínicos tampoco han observado que este fármaco sea útil como preventivo frente al coronavirus.

Por el momento, el mayor escándalo científico en esta pandemia por artículos publicados en revistas prestigiosas lo han sufrido tanto The Lancet como The New England Journal of Medicine. Ambos publicaron de forma acelerada estudios sobre pacientes y tratamientos para la COVID-19 en los que la empresa Surgisphere aportaba una gran base de datos de pacientes. Diversos investigadores indagaron en los datos y su procedencia y observaron que estos no cuadraban ni con las cifras que compartían los hospitales ni tampoco contaban con el permiso de algunos de ellos para su utilización. Ante estos hallazgos, se solicitó a Surgisphere que mostrase la fuente de los datos. La compañía se negó a ello, alegando que ello vulneraría el acuerdo de confidencialidad. Las revistas tuvieron que retractar los artículos hace semanas por no poder garantizar la veracidad de la información.

Cuando las notas de prensa se publican antes que los estudios científicos

Otro fenómeno llamativo sobre cómo las prisas están alterando el quehacer científico son las comunicaciones de resultados de estudios científicos directamente a los medios de comunicación, sin que estos estudios estén previamente publicados, ni siquiera como artículos preliminares. Diversas empresas como Moderna, con su vacuna en fase de evaluación clínica, y Gilead, con su fármaco “estrella” remdesivir han empleado este mecanismo para atraer inversores, conscientes de que las notas de prensa con resultados positivos atraen el dinero, aunque los detalles de sus estudios queden totalmente ocultos para la comunidad científica.

Estas estrategias están centradas en el marketing de promesas (para asegurarse potentes inversiones o apuestas políticas sobre ciertos medicamentos), no en la ciencia. El demonio de los ensayos clínicos está en los detalles y si los científicos no pueden valorarlos ni revisarlos antes y después de su publicación en revistas científicas, se corre el riesgo de dar por sentado ciertos conocimientos con un respaldo científico incierto.

Recientemente, la dexametasona ha saltado a los medios de comunicación de todo el mundo por sus aparentes resultados beneficiosos para los pacientes más graves de COVID-19 que sufren tormenta de citoquinas. Los resultados preliminares del ensayo clínico RECOVERY de la Universidad de Oxford se difundieron como nota de prensa hace unos días, a pesar de que estos no se habían publicado en ningún lugar para que pudieran pasar por el escrutinio de los científicos.

Aunque la intención en este caso es noble y se busca mostrar cuanto antes a la comunidad médica resultados positivos de tratamientos, saltarse los pasos habituales de la ciencia implica mayores riesgos. Es solo el último y llamativo reflejo de la situación que está viviendo la ciencia, que tiene que elegir entre la urgencia y la prudencia para enfrentarse a la peor crisis sanitaria del siglo.

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