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Ana Orantes o Maricarmen: hay historias personales que despiertan la conciencia de un país

OrantesMariCarmen
8 de octubre de 2026 22:34 h

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15 días después de su desahucio, Maricarmen Abascal, de 87 años, ha muerto. En estas dos semanas, la mujer ha permanecido ingresada en un hospital mientras la actualidad de todo un país giraba su atención a la vivienda: manifestaciones masivas, debate urgente de dos decretos, votaciones, convocatoria de huelga general y hasta elecciones anticipadas. Lo que empezó en un piso del barrio de Retiro en Madrid ha resultado ser el catalizador final de una profunda crisis que el país arrastra desde hace años: el problema estaba ahí, el activismo también, pero la historia de Maricarmen ha despertado como nunca una conciencia colectiva que está empujando cambios.

En 1997, trece días después de aparecer en televisión para contar el maltrato que había vivido durante años en su matrimonio, Ana Orantes fue asesinada por su marido. Aunque el feminismo llevaba unas décadas hablando de violencia contra las mujeres e impulsando recursos para atenderla, fue ese crimen el que, súbitamente, permitió que la sociedad diera un salto: la conversación cambió, el concepto de violencia de género empezó a calar, la política avanzó y unos años después nació la primera ley integral específica.

¿Por qué ellas y no otras? Podríamos hacernos esa pregunta para hablar de Orantes o de Maricarmen, pero también de la superviviente de 'la manada', el punto de inflexión de la violencia sexual en nuestro país, o incluso de Ramón Sampedro, que abrió el debate sobre la eutanasia; del adolescente Jokin Ceberio, el primer suicidio tras sufrir acoso escolar que tuvo repercusión mediática, o de Samuel Luiz, víctima mortal de un crimen homófobo que impulsó la indignación sobre las agresiones lgtbifóbicas. Muchas otras personas han sido desahuciadas, muchas otras mujeres son asesinadas y violadas, muchas sufren acoso escolar y llegan al suicidio, muchos pelean hasta el final por tener una muerte digna, y la violencia lgtbifóbica golpea a muchas con frecuencia. Sus vidas no importan menos, pero las circunstancias convierten a algunas en nombres propios que propician debates o transformaciones sociales.

En el caso de Ana Orantes, Maricarmen o Ramón Sampedro, lejos de la imagen de mártires pasivos, fueron dueñas de su propia historia. Orantes dio el paso de contar en un medio de comunicación su testimonio, decidió romper públicamente el silencio, a pesar de que el contexto, entonces, era muy poco favorable para hacerlo y la incomprensión o la culpabilización estaba a la orden del día (sí, todavía más que hoy). El precio por hacerlo fue su propia vida: su agresor la mató y el crimen evidenció la falta de recursos y políticas públicas, y la vulnerabilidad de tantas mujeres que, como le sucedía a ella, tenían que seguir compartiendo espacio con su maltratador. Ana Orantes quería hablar, pero no morir, por eso su relato público, tras su asesinato, conmovió a la opinión pública.

También en los noventa, Ramón Sampedro, tetrapléjico desde los 25 años, decidió convertir su deseo de suicidio asistido en una causa social: peleó en los tribunales y dio también la batalla mediática, hasta llegar incluso a grabar un breve vídeo antes de ingerir el veneno que le mató. Él sí quería morir, pero un relato como el suyo no había irrumpido nunca en el imaginario público.

Maricarmen no ha sido, como quieren hacer creer algunos, una mártir marioneta de nada: ante la situación que estaba viviendo fue la propia mujer la que se acercó al Sindicato de Inquilinas en busca de ayuda e inició con la organización un camino de lucha para intentar frenar su desahucio de la casa en la que había vivido desde adolescente. Nadie la obligó a hacer público su caso, tomó hasta el final sus propias decisiones, a pesar del deterior físico que había sufrido en los últimos tiempos. “No me puedo tener en pie. El otro día fui a la manifestación en silla de ruedas, pero al menos fui. Que es lo que tiene que hacer la gente, salir a protestar. Yo puedo ser la mecha que enciende una primera vela, pero detrás tienen que venir muchas velas y que la gente no se marche”, decía una Maricarmen combativa. La imagen de una mujer vulnerable, mayor, pero guerrera, que arrastraba un fuerte desgaste y la movilización que la acompañó logró una repercusión que otros casos no tuvieron.

La superviviente de 'la manada', que se encontró de repente con la violencia, decidió también hacer algo con lo que había vivido: denunciar, pero, aún más, persistir en un proceso judicial durante el que llegó a pensar en tirar la toalla debido al cuestionamiento y los intentos de conocer y publicar su identidad. Resistió. Su determinación alimentó las protestas que recorrieron en el país para decir 'Yo te creo' y las protestas alimentaron su determinación. La violencia sexual había marcado la vida de muchísimas mujeres antes, y los casos que llegaban a los medios solían disparar, más bien, la incredulidad y las dudas. Pero lo sucedido con 'la manada' conectó con generaciones de mujeres a las que se les prometió vivir en igualdad y que llevaban tiempo comprobando cómo esa promesa era un espejismo por muchos motivos, pero también porque la violencia sexual era un continuo que, sin embargo, apenas se nombraba.

Otras víctimas no pueden hacer nada con su historia salvo sufrirla, pero sus muertes azuzan un malestar compartido. En 2004, Jokin Ceberio, de 14 años, se suicidó después de haber sufrido meses de acoso escolar que, pese a los intentos de sus padres, ni el instituto ni las familias frenaron. No fue el primer adolescente que se suicidó en esas circunstancias, pero su caso saltó a los medios y situó al bullying en primer plano. A Samuel Luiz lo asesinó un grupo de hombres en 2021 en lo que resultó ser un crimen lgtbifóbico de mucha resonancia: la coincidencia en el tiempo de otras agresiones homófobas, el hecho de que sucediera durante la semana del Orgullo y el ensañamiento con la víctima, que simplemente se encontraba a las afueras de una discoteca, prendió la mecha de las manifestaciones y destapó la violencia que sufren las personas LGTBI en el espacio público.

Hay casos que conectan con la sensibilidad de un momento social o que consiguen dispararla. En ocasiones, el malestar larvado está ahí y el activismo ha hecho su trabajo propiciando debates y conversaciones. En otras, la historia llega para despertar una conversación que no existía. Sea como sea, de repente, una historia genera el shock colectivo. El precio para las y los protagonistas puede ser tan alto como su propia vida, pero el coste llega también en forma de señalamientos o culpabilización. A veces, los cambios legales llegan rápido, otros se alargan en el tiempo o no llegan a concretarse. Pero la transformación se mide también en la manera en la que el sentido común empieza a transformarse.

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