En cuanto asoman el calor y el viento llegan los incendios para pastos: “El efecto es devastador”
Cada año, en invierno y primavera, en cuanto asoma algo de calor y sopla el viento del sur, el norte de España arde. Decenas de incendios simultáneos, la mayoría provocados por humanos para generar pasto y clarear el monte para el ganado, calcinan centenares de hectáreas esta semana en Asturias, Cantabria y Galicia. “Este monte no se quema, lo queman”, sentencia al reflexionar sobre ello el delegado de SEO/Birdlife en Asturias Nicolás López.
En Cantabria, el Gobierno regional ha contabilizado más de 140 incendios solo en los primeros nueve días de abril. El 75% de los fuegos de esa región en la última década se concentran en febrero y marzo y casi todos son “intencionados” por las “prácticas ganaderas”, informa el Ejecutivo, es decir, los ganaderos prenden el monte.
En Asturias se han sucedido más de 30 focos sobre cuyo origen, el Principado ha dicho: “No se producen de manera natural”. En Galicia ya se ha registrado un gran incendio forestal que ha carbonizado 750 hectáreas.
El efecto ecológico de que se quemen esos montes año tras año es devastador. Lo primero es que, con el fuego, se empobrece el suelo lo que luego lleva a la erosión y a que, en las zonas que se queman recurrentemente en primavera, al final solo quede pedregal
Cuando arden Las Médulas o grandes masas de árboles, la desolación se generaliza. Con el crepitar de llamas gigantescas de muchos metros, la formación de incendios inextinguibles o la aparición de nuevos monstruos ígneos como los pirocúmulos, la opinión pública y las administraciones ponen el grito en el cielo. En el caso de estos incendios tempranos, que destruyen el monte bajo, el foco pasa de puntillas.
Suelo degradado, destrucción de hábitats
Sin embargo, “el efecto ecológico de que se quemen esos montes año tras año es devastador”, explica el profesor de Zoología de la Universidad de Oviedo, Alfredo Ojanguren. “Lo primero es que, con el fuego, se empobrece el suelo lo que luego lleva a la erosión y a que, en las zonas que se queman recurrentemente en primavera, al final solo quede pedregal”.
A lo que se refiere Ojanguren es un fenómeno descrito con claridad por los investigadores: “Los incendios incrementan significativamente la escorrentía y la pérdida de suelo con valores hasta 30 veces superiores en comparación con áreas no quemadas”, según detalla esta ponencia del último Congreso Nacional Forestal. También “registran altas tasas de erosión durante lluvias intensas”, añade.
Es una idea que remacha la experta en incendios forestales de WWF, Lourdes Hernández: “Los incendios eliminan la cubierta vegetal protectora y, dado el terreno montañoso de –por ejemplo– Cantabria, intensifican los procesos de erosión y de escorrentía lo que altera el funcionamiento ecológico de los ecosistemas”.
Al hablar de suelo no se trata de cualquier piso o superficie, sino la capa fina de entre 15 y 25 centímetros capaz de proporcionar alimento, biomasa y materias primas, además de regular los ciclos del agua y el carbono. Su deterioro abre la puerta a la desertificación. La degradación del suelo es un problema en la Unión Europea con especial atención a España. El ciclo, fuego-erosión-degradación es una de las causas diagnosticadas.
Hernández amplía además que, al quemarse repetidamente las mismas zonas, “se acumula la degradación. El bosque pierde capacidad de regeneración y se consolidan formaciones vegetales cada vez más pobres e inflamables”. Y esto provoca “un círculo vicioso difícil de romper, que incrementa el peligro año a año”, remata la experta.
Fernández Ojanguren, doctor en Biología, aclara que “este tipo de quemas se centran en zonas no arboladas como laderas cubiertas por monte bajo, brezos, tojos, escobas... Se trata de un hábitat esencial, no solo para esa vegetación que arde, sino para muchas especies de animales que dependen de ello”.
En época reproductora causan gravísimos daños no solamente a las especies de aves, sino que conllevan una destrucción de todos los invertebrados, de flora, de bancos de semillas y de individuos de especies que no pueden desplazarse y que estaban saliendo ahora de su letargo invernal para acabar calcinados
Nicolás López explica que estos incendios “en época reproductora como es ahora mismo causan gravísimos daños. No solamente a las especies de aves que están criando, sino que conllevan una destrucción de todos los invertebrados, de flora, de bancos de semillas y de individuos de especies que no pueden desplazarse y que estaban saliendo ahora de su letargo invernal para acabar calcinados”.
En este sentido, un reciente informe sobre afecciones del fuego a la biodiversidad detectó que los incendios en Cantabria en 2025 afectaron entre 8% y el 15% del territorio donde vive el urogallo, especie en peligro crítico de extinción, o hasta el 17% del desmán de los pirineos, en el mismo máximo nivel de peligro.
Ojanguren completa el periplo por el daño ambiental describiendo que los fuegos rompen un proceso llamado “sucesión ecológica”. El monte bajo ardido es un “estado intermedio entre los pastizales y un bosque que se compone de especies de arbustos que luego dan a paso a árboles. Estos incendios pretenden revertir ese proceso de sucesión ecológica”.
Criminalización vs. intención ganadera
El sector ganadero, mediante diversas asociaciones, ha protestado porque se les “criminalice” como responsables de estos incendios. En contraposición, las fiscalías de medio ambiente de estas comunidades han reiterado en muchas de sus memorias anuales cómo las prácticas ganaderas y agrícolas de las quemas han estado detrás del fuego.
Los fiscales lo han dejado por escrito con citas como “destaca que casi todos [los incendios] están relacionados con una motivación unívoca, a saber, la de regeneración de terrenos para pastos”. Una idea repetida en las fiscalías del norte de España: en Cantabria, por ejemplo, “destaca que perdura, a lo largo de los años, la práctica consistente en utilizar el fuego por parte de los ganaderos para regenerar pastos”. En Asturias se describe que los incendios están “generalmente provocados para generar pastos”.
Estos incendios no son episodios aislados, sino un problema crónico reflejo de fuertes conflictos sociales, económicos y territoriales cada vez más enquistados. Centrarse solo en apagar incendios no funciona porque el verdadero problema está en un sistema territorial y socioeconómico en desequilibrio
Hernández reflexiona que “estos incendios no son episodios aislados, sino un problema crónico reflejo de fuertes conflictos sociales, económicos y territoriales cada vez más enquistados” y que “centrarse solo en apagar incendios no funciona porque el verdadero problema está en un sistema territorial y socioeconómico en desequilibrio”. También pide que se realice “una gestión participada y compartida” entre las administraciones y los ganaderos para garantizar la actividad y la biodiversidad.
Con todo, Nicolás López insiste en que “no hay que dejar de destacar que el 100% de estos incendios son provocados porque, al menos en Asturias, no ha habido ninguna tormenta eléctrica para producir incendios fortuitos y que hay una impunidad total: no hay sentencias”.
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