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Entrevista
Periodista

David France: “La epidemia del sida fue un asesinato en masa”

El periodista David France, que documentó los primeros años de la pandemia de VIH, en una manifestación en los años 80

Laura G de Rivera

10 de agosto de 2026 21:25 h

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El periodista estadounidense David France fue testigo y parte de una epidemia que acababa, sin piedad, con las personas a su alrededor. Al principio, los afectados eran personas homosexuales y ese “detalle” tuvo sus implicaciones a la hora de afrontar la crisis sanitaria. Su libro Cómo sobrevivir a una plaga (Capitán Swing, 2026) es una crónica de los quince primeros años del sida, desde el primer caso declarado en Nueva York, en 1981, hasta el desarrollo de fármacos eficaces para frenar su mortalidad, en 1996. Un tiempo en que, para la sociedad y para las autoridades, la propia homosexualidad era considerada como una plaga.

Las comparaciones con los musselmaner —muertos vivientes— de los campos de exterminio nazis son un lugar común en el libro. ¿Cuáles son los paralelismos con aquel genocidio?

Cuando empecé a escribir la crónica de la epidemia, quince años después de que sucediera todo, me di cuenta de que lo que habíamos vivido había sido una situación de muerte en masa que había tenido en su diana a la comunidad LGTBI... y la humanidad no había sufrido un destino así para una parte específica de la población desde la Alemania nazi.

Una de las cosas que todos hicimos después de 1996, con la llegada de los tratamientos retrovirales eficaces, fue dejar de hablar del tema. Por una mezcla de necesidad emocional y de supervivencia, simplemente dejamos de hacerlo. Yo seguí dedicándome al periodismo científico, pero nunca miré atrás a la muerte, el sufrimiento, el activismo, el odio y la impotencia de aquellos tiempos. Muchas de las personas de las que hablo en el libro, gente que yo conocía desde hacía 30 años, se negaban también a hablar de ello. Una persona, incluso, me dijo: “No recuerdo nada de esos años”. Esto también sucedió en el Holocausto: muchos hijos y nietos de víctimas de los campos de exterminio dicen que sus familiares nunca les contaron lo que habían vivido.

Por aquel entonces, vivía en el East Village de Nueva York, donde dice que “todos los edificios eran un microscopio de la plaga”. ¿Lloró mientras revivía sus recuerdos al escribirlos?

Mucho. Yo conocía personalmente a toda esa gente que murió, las personas sobre las que hablo en el libro. Sabía que no iba a ser fácil. Lo que cuento procede de mis notas de aquellos años, de las grabaciones que hice durante ese periodo y de un enorme archivo de vídeos de sus protagonistas, registrados en tiempo real mientras todo sucedía.

Hasta que no hubo 600 muertos de sida en Nueva York, el New York Times no empezó a informar en serio sobre la enfermedad, y eso fue antes, incluso, de que las autoridades sanitarias comenzaran a hacer algo

Escribe que, en 1987, “no había ni una sola persona al timón del Servicio Público de Salud que mostrara una mínima compasión humana por las víctimas”. Michael Callen lo llamó “genocidio pasivo”. Una idea que aparece repetida en la historia es que “nos están matando” o “nos están dejando morir”. ¿Quién? ¿Y por qué?

Es una figura retórica que usaba mucho el activista Larry Kramer. Yo siempre entendí que se refería a un asesinato por indiferencia. ¿Sabes qué? Hasta que no hubo 600 muertos de sida en Nueva York, el New York Times no empezó a informar en serio sobre la enfermedad, y eso fue antes, incluso, de que las autoridades sanitarias comenzaran a hacer algo. La única forma de entenderlo es ponerlo en el contexto del valor que se daba a esas vidas. Efectivamente, fue un asesinato en masa.

Se asumía que algo que los homosexuales hacíamos nos estaba destruyendo y que, si moríamos, era por nuestra maldita culpa. Incluso desde el gobierno, los consejos de investigación científica estadounidenses y el mundo académico, la creencia general era que lo que estaba pasando era un castigo divino por un vicio inmoral. Ronald Reagan lo dijo en una ocasión con esas mismas palabras. Es muy doloroso pensar que, si se hubieran tomado medidas a tiempo, se podría haber contenido la epidemia.

Las primeras campañas de sexo seguro que salvaron miles de vidas, no salieron de las autoridades, sino de dentro de la comunidad gay, cuando el médico especializado en enfermedades venéreas Joe Sonnabend, el músico Michael Callen y el escritor principante Richard Berkowitz publicaron el panfleto How to Have Sex in an Epidemic: One Approach, en 1983.

En esos tiempos, no podíamos lograr ni siquiera que el gobierno llevara a cabo campañas de prevención, porque eso hubiera significado que, de alguna manera, respaldaban lo que entonces eran relaciones sexuales ilegales. Era ilegal ser gay en todo Estados Unidos en 1981 y en muchos países del mundo. No teníamos representación ninguna en la ciencia, en la academia, en la cultura, en la política. No existíamos. Estábamos fuera de la vida civil por completo.

Ten en cuenta que vivíamos dentro de nuestras burbujas. Los demás nos despreciaban porque no nos conocían. No interactuábamos con nadie fuera de ellas. Ni siquiera interactuábamos con nuestras familias, porque nos habían rechazado.

Nosotros estábamos tratando de averiguar cuáles podían ser los agentes causales, aunque no éramos científicos

En esos primeros años, quienes se remangaron para investigar y entender la enfermedad fueron los propios afectados de la comunidad homosexual, la mayoría, personas que no tenían formación científica.

Nosotros estábamos tratando de averiguar cuáles podían ser los agentes causales, aunque no éramos científicos. Imaginábamos que estaba causado por algo. Todos los marcadores de nuestro sistema inmune estaban fuera de lo normal y nosotros queríamos adivinar qué estaba provocando eso. Y no era Dios. No era que nuestros cuerpos fueran diferentes que los cuerpos del resto de la gente. Por eso, debía de ser algo que estábamos haciendo los gays. No sabíamos si era una cuestión de sobrecarga del sistema inmune por todas estas enfermedades de transmisión sexual tan comunes entre los gays entonces (gonorrea, sifilis). Hicieron falta años, hasta 1984, hasta que nosotros, como comunidad, no comprendimos que tenía que ver con un patógeno sexualmente transmisible. Nadie en el sistema científico de Estados Unidos estudiaba esto en esa época, los únicos en el mundo que lo estaban haciendo entonces eran los investigadores del Instituto Pasteur, en Francia.

El activismo del sida, ¿cambió la forma de hacer ciencia?

¡Fueron cambios revolucionarios! Cambió cómo se practica la ciencia, cómo se identifican nuevos fármacos, cómo se prueban en los humanos, cómo se comercializan, cómo se regulan, cómo se exportan, cómo se hacen fármacos genéricos más baratos, surgió de la interacción de los pacientes con los investigadores. Esto no había pasado nunca antes en la historia.

Poco a poco, los activistas, personas con sida, consiguieron acercarse a los científicos y ser escuchados, lograron un sitio en las mesas donde tenían lugar los debates científicos, antes completamente cerradas. Ahora esto se hace de forma habitual. Se ha convertido en una tradición el que los pacientes formen parte en las mesas de toma de decisiones. Y eso es bueno para las farmacéuticas. Les ayuda a legitimizar su trabajo, organizar sus decisiones, agilizar los procesos... y ganar más dinero.

Es increíble la capacidad de respuesta y organización que mostró tener la comunidad LGTBI ante una amenaza tan letal y tan desconcertante, que no se comprendía.

Éramos una comunidad muy aislada. Colonizamos barrios enteros porque eso nos daba seguridad. Muchos trabajábamos y vivíamos dentro de esos guetos. Los había en Londres, París, Ámsterdam, Nueva York, San Francisco. Teníamos allí nuestros médicos, especializados en enfermedades como sífilis y gonorrea, que eran las que afectaban a la comunidad gay entonces, nuestros propios abogados que luchaban nuestras batallas legales... Cuando llegó el sida, teníamos ya esas redes establecidas y empezamos a buscar soluciones juntos.

Sin embargo, aunque podíamos replicar dentro de nuestros guetos la organización que había fuera, nos quedó claro que no podíamos vencer al sida solos. Sin los enormes centros de investigación científica, sin enormes inversiones por parte de las farmacéuticas, sin compromisos políticos para detener la plaga, sin los avances de la inmunología... no podíamos seguir adelante. Necesitábamos salir de los muros de nuestro guetos y construir puentes hacia las comunidades que nos habían dejado atrás. Esa fue una gran batalla.

Si miras a tu alrededor hoy en el mundo, toda esta locura que ataca los derechos homosexuales, no es imposible que esa época tóxica vuelva, todo en nombre de la superioridad blanca heterosexual

“Cuando has sobrevivido a Auschwitz, creo que no llegas a superarlo nunca”, dice uno de los personajes reales de la historia. También escribe que el activista Spencer Cox —que murió en 2013 porque él mismo dejó de tomarse la medicación— “nunca había abandonado los campos [de exterminio]. Quizá ninguno lo hicimos”. ¿Qué es el síndrome del superviviente?

Como muchos otros, Spencer Cox sufrió tanto por la plaga, por tener que convivir con el hecho de que tu gobierno, tu sociedad, tu familia, tus líderes religiosos respondieran con tan fría hostilidad... Hacer las paces con esto es muchas veces imposible. A pesar de sus aportaciones, no pudo recuperarse nunca de todo el horror que vio por el camino.

¿Cómo se puede vivir cuando sabes que la gente que te rodea te habría dejado morir sin parpadear?

Es terrible. Lo peor es que, si miras a tu alrededor hoy en el mundo, toda esta locura que ataca los derechos homosexuales, no es imposible que esa época tóxica vuelva, todo en nombre de la superioridad blanca heterosexual. Hay algo innato contra lo que tenemos que luchar todo el tiempo. Inmigrantes, prostitutas, mujeres, transexuales, estamos todos en la misma cesta.

¿En la cesta de humanos sin derechos?

En la cesta de humanos a los que de alguna manera se les niegan los derechos de los hombres blancos heterosexuales.

En aquellos primeros años de la década de 1980, ¿el objetivo era luchar por sobrevivir o luchar por los derechos humanos de las personas homosexuales?

Las dos cosas iban juntas. Tuvo que ser así. En esos primeros años, en Nueva York, los hospitales rechazaban a los enfermos con sida. Eso hubiera sido ilegal para cualquier otra persona. La ley de los derechos de las personas homosexuales no llegó hasta 1986. Durante los cinco primeros años de la epidemia, no nos dejaron visitar a nuestras parejas en el hospital, porque no se nos reconocía como miembros de la familia.

Esto me recuerda a la pandemia del covid, aunque entonces el grupo más vulnerable fueron las personas mayores en las residencias. ¿Encuentras algún paralelismo entre ambas plagas?

El miedo. Cuando el miedo toma las riendas, ocurren estas cosas, hay personas dispuestas a dejar morir a otras personas.

Quiero saber cómo sobrevivir una plaga.

Una de las acciones activistas contra el sida fue una camiseta que decía: “Aprende, ama, lucha”. Creo que la mayoría de las personas, cuando se enfrentan a una fuerza enorme, se resignan ante ella. Es muy raro que alguien se levante, sabiendo que está en inferioridad de condiciones, y decida enfrentarse. Creo que ese es el verdadero sentido del héroe. Hay muy pocos héroes y, entre quienes actúan heroicamente, son aún menos los que encuentran la manera de ganar. Eso es lo que aprendimos de las personas que conocí durante esos quince años. No se trata solo de lo que hace falta para ser un héroe, sino también de lo que hace falta para ganar, para salir victorioso.

Por eso quería contar sus historias. Creo que hacían falta todos ellos juntos para vencer. Los activistas Peter Staley, Larry Kramer, Michael Callen, Rafsky, Iris Young, Spencer Cox formaban una combinación esencial.

¿Quién gana en una epidemia así?

Bueno, nosotros ganamos la vida.

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