Los bancos nacionales de semillas que sirven a la bóveda de Svalbard están en riesgo: “Muchos sobreviven como pueden”
“Era difícil caminar. Era insoportablemente difícil levantarse por la mañana, incluso, mover las manos y los pies... pero no era difícil en absoluto contenerse para no comerse la colección”, contó uno de los 28 científicos que se encerraron en el Vavilov Institute of Plant Industry durante el asedio nazi de Leningrado, en junio de 1941. Su único objetivo era proteger —de las bombas, de los saqueos y de su propia hambre— las especies que almacenaba el primer banco de semillas del mundo. Al menos nueve de ellos murieron de inanición. Tan valiosas eran. Tan valiosas son.
Mientras, un oficial alemán que llegaría tras la guerra a ser consejero de la UNESCO en temas de biología, el botánico Heinz Brücher, dirigía un Sammelkommando de las SS encargado de recorrer los lugares ocupados por los nazis recolectando semillas de plantas de cultivo. Por supuesto, el Instituto Vavilov estaba también en su diana. Antes de eso, había sido investigador del Instituto Kaiser Wilheim para la Mejora de Plantas —hoy Instituto Max Planck—, donde había llegado a la convicción de que el cruce de cultivos es esencial para la alimentación sostenible de una nación. Por eso, cuando en febrero de 1945 Hitler tuvo claro que no ganaría la guerra y ordenó a Brücher destruir las semillas que había ido reuniendo, para evitar que fueran incautadas por las fuerzas soviéticas, él se negó a obedecer.
Una ‘copia de seguridad’, en peligro
Ochenta años después, tan valiosas siguen siendo las semillas de plantas que la bóveda global de Svalbard —que ofrece servicios de almacenamiento gratuito a 130 metros de profundidad en la montaña helada de Spitsbergen, en el Ártico— pone como primer requisito para recibir nuevas simientes que no sean la única copia existente. “Debe haber, al menos, dos más, una en un banco regional de país y otra en un banco nacional”, explica César Pérez Ruiz, catedrático de Biotecnología y Biología Vegetal en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). “Todos los países tienen su propio banco nacional de germoplasma, algunos están preparados para resistir terremotos o, incluso, ataques nucleares”, añade. Es decir, las 1.387.038 variedades de semillas depositadas en Svalbard existen en almacenes en sus países de origen, también a 18 grados bajo cero, que es la temperatura estándar a la que se conservan la mayoría de ellas.
Teosinte y amaranto guatemaltés, judía azuki coreana, mijo perla de los Dogon africanos, borrajas y cardos españoles, patatas peruanas, fresas silvestres alemanas, olivos mediterráneos... y muchas más, llegadas desde 87 países. “Se mandan paquetes con 500 semillas de cada variedad”, apunta Pérez Ruiz. “Y está totalmente prohibido incluir material modificado genéticamente”.
Sin embargo, “la narrativa del arca de Noé, como han presentado a la bóveda de Svalbard algunos medios, puede llevar a error”, observa el biólogo Santiago Moreno Vázquez, director del Banco de Germoplasma Vegetal César Gómez Campo, en la UPM. Más bien es una especie de mecanismo de seguridad que permite recuperar las semillas si, por cualquier catástrofe, se perdieran las originales en alguno de los bancos nacionales, como ocurrió con el banco de semillas de Aleppo durante la guerra Siria, en 2015.
“Las que hay en Svalbard son propiedad de cada depositante, que son los estados. Esto es así por su gran valor, porque son un patrimonio nacional, obtenido a lo largo de generaciones de agricultores”, señala este catedrático, anterior director, hasta 2024, del banco de las semillas de la UPM. Fundado hace 60 años, sus instalaciones conservan hoy 10.000 variedades de 3.500 especies diferentes.
Desde 2017, la financiación estatal para el mantenimiento de la red nacional de colecciones de germoplasma está parada. Muchos bancos de semillas en España sobreviven como pueden
El de esta universidad española, es solo uno de los 35 bancos oficiales de semillas repartidos por nuestra geografía que, a pesar de lo esencial de la labor, están pasando momentos difíciles. “Desde 2017, la financiación estatal para el mantenimiento de la red nacional de colecciones de germoplasma, que antes dependía del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA), está parada. Muchos bancos de semillas en España sobreviven como pueden, con subvenciones de universidades, de instituciones regionales”, denuncia Isaura Martín Martínez, investigadora del Centro de Recursos Fitogenéticos y Agricultura Sostenible (CRF).
El Svalbard español
El Centro de Recursos Fitogenéticos y Agricultura Sostenible (CRF), en Alcalá de Henares, dependiente del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA-CSIC), guarda un duplicado de seguridad de todas las semillas albergadas en todos los bancos de germoplasma españoles. Actúa como una especie de Svalbard español y, además, es el organismo encargado de coordinar los envíos a la bóveda noruega en el Ártico.
“Tenemos más de 45.000 muestras, de las que la gran mayoría ya no son cultivadas en el campo y, sin no se conservaran, se perderían”, señala Isaura Martín. Guardan variedades tradicionales de cultivo y material silvestre de la península ibérica, provenientes de las 35 instituciones oficiales que hay en España enfocadas en la conservación de la biodiversidad vegetal. Una de ellas, el Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz, en Córdoba, participó este año en el último envío a Svalbard, con simientes de olivos y acebuches mediterráneos.
¿Por qué hace falta guardar las semillas? Podemos imaginar que para preservar esas plantas de la extinción provocada la subida de temperaturas, la sequía, las plagas o la pérdida de espacios naturales. Sin embargo, la clave de la caída en picado de la diversidad vegetal está en la agricultura extensiva. “A mediados del siglo XX, se fueron sustituyendo las variedades de campo desarrolladas a lo largo de miles de años por otras mejoradas genéticamente que son más uniformes y productivas. Así, empezaron a perderse cientos de miles de variedades tradiciones que estaban adaptadas a condiciones muy locales”, explica Isaura Martín.
“Ahora vas al supermercado y te puedes encontrar, como mucho ocho tipos de manzanas. Antes había miles de variedades locales distintas. Lo mismo ocurre con el trigo, las patatas, el arroz…”, observa Pérez Ruiz. Según la FAO, en la actualidad, de las 30.000 plantas comestibles que existen solo 15 cubren el 90% de la alimentación humana global. Lo malo es que, sin esa biodiversidad, se hace difícil obtener nuevas variedades que son ahora más necesarias que nunca, ante las nuevas condiciones que surgen con la crisis climática, nuevos patógenos, desaparición de polinizadores y subida de temperaturas. “¿Si no tenemos esa fuente de genes, con qué vamos a obtener nuevas variedades? ¿De dónde sacaremos esos genes? Esa es la gran labor de los bancos de semillas”, afirma el experto.
Intercambios de semillas
“La bóveda de Svalbard funciona como la caja fuerte de los bancos. El único que puede abrir y sacar los paquetes de semillas es cada depositario y no se ceden para fines de investigación”, explica Marcial Escudero Lirio, catedrático de Biología Vegetal y Ecología en la Universidad de Sevilla. No sucede así con la mayoría de los bancos nacionales, donde “no solo conservamos, también distribuimos. Los requisitos son que se empleen para mejora genética, para investigación o para recuperación del cultivo (por ejemplo, con la agricultura ecológica)”, dice Isaura Martín.
“Las semillas están ahí para usarse, ese es el objetivo”, señala Pérez Ruiz. “Hay mucho intercambio con instituciones de investigación en todo el mundo”. “Cualquier planta que empleamos hoy para la alimentación procede de variedades locales diferentes que, ya desde el Neolítico, se han ido cruzando, seleccionando propiedades que nos interesan. Por ejemplo, si tenemos una variedad resistente a un hongo pero de mal sabor y otra comestible pero vulnerable al patógeno: cruzándolas podemos conseguir una planta que tenga lo mejor de ambas”.
Eso sí, “cuando una empresa produce una mejora genética a partir de una de nuestras semillas, puede patentar esa nueva variedad, pero debe siempre reconocer los derechos de los propietarios originales”, advierte Pérez Ruiz. Gracias al Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, firmado en 2001, “ya no hay barra libre como ocurría antes. Ahora cualquier intercambio de material genético —como son las semillas— tiene que cumplir estrictos compromisos y requisitos”, apunta.
“No es solo guardar semillas”
El papel de los bancos nacionales está claro. Ellos son la raíz, la base de ese iceberg sin la que no existiría nunca la Bóveda Global de Svarbard. Sin embargo, su labor, muchas veces parece pendiente de un hilo debido a la falta de recursos económicos. Porque no se trata solo de “guardar semillas en un bote y ya está”, recalca Isaura Martín. Es necesario mantenerlas, reproducirlas cuando están cerca de su caducidad, ampliar la colección. Y para eso hace falta infraestructura técnica y de personal.
“Los bancos de semillas que dependen del CSIC o de las comunidades autónomas lo tienen un poco más fácil, ya que ellos sí pueden acceder a ayudas del Plan Nacional de Recursos de Fitogenéticos”, dice Santiago Moreno, director del banco de semillas de la UPM. No lo tienen tan fácil centros universitarios como el suyo. “Hacemos esfuerzos que ni te imaginas y la acogida y apoyo institucional que recibimos es decepcionante”, denuncia.
Los científicos que cuidan de las semillas saben que su trabajo es fundamental para que las generaciones venideras puedan disfrutar del patrimonio natural de la humanidad, por eso, no cejan en su empeño. Solo piden que, como sucedió en Leningrado, sus proyectos de mantenimiento e investigación no tengan que morir de inanición.
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