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Eclipses extraterrestres: cuando la oscuridad nos ayuda a conocer el cosmos

Representación artística de un pequeño planeta rocoso, quizás cubierto de lava, transitando frente a su estrella madre.

Natalia Ruiz Zelmanovitch

26 de julio de 2026 23:01 h

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En el año 1919, un eclipse total de Sol ayudó a confirmar la teoría de la relatividad general de Einstein, porque vieron cómo la luz de las estrellas del fondo se “doblaba” en torno a nuestro astro rey para llegar a nosotros, confirmando que la gravedad de los objetos podía influir en su trayectoria, deformando así el espacio-tiempo. 

Aquel icónico evento se convirtió en el mejor ejemplo de cómo la observación de eclipses ha sido clave en el mundo de la ciencia. Aunque en la actualidad tienen más de espectáculo, la observación de un objeto que se interpone entre otros dos, tapando de algún modo su luz, sigue siendo una valiosa fuente de información, también más allá del sistema Tierra-Luna.

Cuando el próximo 12 de agosto asistamos a la primera entrega del “trío de eclipses” que podrá verse desde España en estos años (2026, 2027 y 2028), conviene recordar que, desde la antigüedad, los eclipses han sido una forma de asomarse a las dimensiones del cosmos. En el sistema solar han permitido a los astrónomos medir con gran precisión tamaños, órbitas y atmósferas de planetas y lunas. Y hoy día son una de las fuentes de información más valiosas para conocer diversos fenómenos del universo, donde se producen ocultaciones que duran nueve meses, nos permiten adivinar el paso de exoplanetas delante de su estrella o de lejanos cuásares gracias al efecto de las lentes gravitatorias.

Eclipses que aportan información 

Uno de estos ocultamientos extremadamente útil es el que hace que podamos detectar la presencia de un planeta alrededor de una estrella. Denominados “tránsitos”, podemos inferirlos gracias a que la luz que nos llega de una estrella disminuye, de forma periódica, ayudándonos a dilucidar lo que está ocurriendo: desde nuestro punto de vista, hay algo que se interpone entre nosotros y la estrella observada cada cierto tiempo. Son ya varios miles los exoplanetas descubiertos con esta técnica.

Tránsito de Venus 2004.

Algunos equipos se centran desde hace años en identificar estos tránsitos en torno a estrellas enanas rojas. ¿Por qué? Porque hay muchas —son las más abundantes de la Vía Láctea—, son más pequeñas y menos brillantes que estrellas como nuestro Sol y, por tanto, es más fácil detectar si un objeto pasa entre nosotros y ellas. 

Aunque, obviamente, no solo se nos cruzan objetos “pequeños” como planetas (en su mayoría son planetas gigantes, de ahí que podamos detectarlos, aunque nos empeñamos en buscar planetas similares a la Tierra).

Las microlentes gravitatorias son otro tipo de “eclipse” sumamente interesante. De nuevo, un objeto se interpone entre nosotros y otro objeto del fondo. Pero, en lugar de ocultarlo, nos lo muestra, como si fuera una lupa, multiplicado por cuatro. Es el caso de la conocida “Cruz de Einstein”, en la que un cuásar que está muy lejos de nosotros aparece en forma de cruz, viendo el mismo objeto cuatro veces y ofreciéndonos la posibilidad de estudiarlo (algo casi imposible si no fuera por ese efecto lupa). De nuevo, es la gravedad del objeto que está en medio (a veces enormes galaxias) la que juega con la luz y nos la ofrece como un regalo.

Un eclipse de nueve meses

Dejar de ver un objeto conocido en el cielo nos genera cierta inquietud. Hace unos meses, un equipo internacional de investigación en astrofísica anunció uno de los eclipses estelares más largos jamás registrados. Según la nota difundida por este grupo, “estos eclipses estelares son extremadamente raros. La mayoría de ellos duran solo unos pocos días o semanas”. Sin embargo, este ha durado bastante más. 

Es curioso cómo llama nuestra atención aquello que se sale de la norma (al menos por la información con la que contamos hasta el momento). Este particular eclipse, que ha oscurecido la luminosidad de la estrella conocida como ASASSN-24fw, ha durado más de nueve meses y los especialistas consideran que lo que ha pasado entre la estrella y nosotros puede ser una enana marrón rodeada de anillos de material con unas tres veces la masa de Júpiter. Y, al tapar el brillo de la estrella, se ha descubierto que esta también cuenta con material en su entorno cercano —podrían ser restos de colisiones de planetas— y hay una estrella enana roja rondando la vecindad.

Curiosamente, tapar la luz de una estrella nos ayuda a ver todo lo que hay alrededor. De hecho, la propia Luna, nuestro satélite, se utiliza a veces para estudiar objetos del fondo o su propia superficie. En el último episodio de este tipo, los astronautas de la misión Artemisa II presenciaron un eclipse solar total muy singular mientras sobrevolaban la cara oculta de la Luna: desde su perspectiva en la nave Orión, el disco del Sol quedó completamente oculto por la Luna durante unos 50 minutos, un fenómeno invisible desde la Tierra. Esto les permitió contemplar con gran nitidez la corona solar —la tenue atmósfera exterior del Sol— y documentar el evento con imágenes y observaciones científicas, en una de las vistas más prolongadas y exclusivas de un eclipse jamás registradas por seres humanos.

El eclipse solar captado por Artemisa II.

Para imitar el efecto de un eclipse como este, se han diseñado herramientas específicas, como los coronógrafos, que tapan el brillo de la estrella observada y nos permiten detectar objetos cercanos a ellas con nuestros telescopios. Pero, obviamente, a veces estas herramientas no son aplicables, hasta el punto en que se han llegado a proponer satélites que hagan las funciones de “ocultador” para dejarnos ver lo que puede haber alrededor de estrellas brillantes.

Eclipses en la ficción

Podemos imaginar un popurrí de objetos que bien podría recordarnos a películas de ciencia ficción como las innumerables sagas de Star Wars donde los cielos están cuajados de objetos. O la ya mítica Pitch Black (2000), con eclipses imposibles que despiertan a criaturas fotosensibles (el planeta tiene tres soles y siempre es de día, menos cuando tiene lugar este eclipse, momento que las criaturas aprovechan para salir de su letargo y alimentarse).

Lo más común en el universo es que las estrellas vayan en parejas (estrellas binarias), con lo que es muy probable que haya planetas con dos soles e incluso con tres (la Trilogía de los tres cuerpos, de Ciu Lixin, es una obra de ciencia ficción de culto que incluso ha generado una serie de televisión y aborda este asunto).

Nosotros, con un único Sol, tenemos suficiente, y no podemos negar que hay algo que nos encoge el corazón en presencia de una ocultación de nuestro astro rey. Puede que sean esos momentos los que hay que aprovechar para recordarle a ciertos dirigentes que, cuando la naturaleza estornuda, el universo tiembla; lo insignificantes que somos en la inmensidad del cosmos, y cuánta guerra damos.

Disfruten de la oportunidad de poder presenciar estos eclipses en nuestro pequeño punto azul pálido, y no olviden ir a fuentes fiables y seguir los consejos de personas expertas para proteger su vista. Así podrán seguir contemplando los cielos nocturnos que tanto nos enseñan sobre nosotros mismos y nuestros orígenes.

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Natalia Ruiz Zelmanovitch es comunicadora científica y ha trabajado en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), el Centro de AstrobiologíaCSIC-INTA, el Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid (CSIC) y el Instituto de Física Fundamental (CSIC).

En este enlace puedes consultar el mapa que te muestra cómo se verá el eclipse total de Sol del 12 de agosto en su municipio, segundo a segundo.

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