Ateo, pero quizás no tan alejado de aquellos valores cristianos
Me considero ateo desde hace muchos años. No creo en Dios ni practico ninguna religión. Sin embargo, como tantas personas de mi generación, recibí durante mi infancia y adolescencia una educación profundamente católica.
Con los años dejé de creer en muchas de aquellas cosas, pero algunas permanecieron conmigo: ayudar a quien lo necesita, acoger al extranjero, ponerse al lado del débil, compartir con quien tiene menos y tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran.
Por eso me cuesta entender algunas de las cosas que estamos viendo estos días en torno a la inmigración y, particularmente, ante la situación de los menores migrantes llegados a Ceuta.
Por supuesto que un país necesita normas, organización, recursos y una política migratoria. Podemos discutir sobre competencias, capacidad de acogida, financiación o sobre cómo distribuir solidariamente los esfuerzos entre las comunidades autónomas. Todo eso forma parte de un debate político legítimo.
Lo que me resulta mucho más difícil de comprender es que olvidemos que detrás de las cifras hay personas. Y todavía me sorprende más cuando determinados discursos de rechazo proceden de quienes reivindican continuamente nuestras «raíces cristianas».
Porque yo recuerdo una educación cristiana bastante diferente.
Me hablaron de acoger al extranjero, dar de comer al hambriento y ayudar al necesitado. Me hablaron del buen samaritano, que auxilia a quien encuentra abandonado en el camino sin preguntarle primero de dónde viene, qué religión profesa o qué documentación lleva consigo.
Hace ya muchos años escribí en mi página web algo que sigo pensando hoy: ninguno de nosotros ha elegido dónde nacer. Yo nací aquí, pero podría haber nacido en África y ser hoy uno de esos inmigrantes que intentan llegar a Europa o, quizá, uno de quienes dejaron su vida en una patera.
El lugar donde nacemos es fruto del azar. Nadie hace ningún mérito para nacer en Pamplona, París, Dakar o Pekín. Y nunca he entendido que ese azar pueda determinar la dignidad que reconocemos a una persona.
También escribía entonces que, hubiese nacido donde hubiese nacido, quería pensar que las injusticias, la falta de libertad, la pobreza, el hambre, la tortura, la discriminación, la intolerancia o el racismo habrían seguido siendo motivos por los que luchar. Han pasado los años y no encuentro ninguna razón para cambiar aquellas palabras.
Por eso me sorprenden determinados discursos de personas y formaciones políticas que se presentan como defensoras de la tradición cristiana mientras muestran una enorme dureza hacia quienes llegan huyendo de la pobreza, la violencia o simplemente buscando una oportunidad para vivir mejor.
Vox hace bandera frecuentemente de las raíces cristianas de España y también dentro del Partido Popular son habituales las apelaciones a nuestra tradición cristiana. Están, naturalmente, en su derecho. Pero también creo legítimo preguntar qué lugar ocupan algunos de los principios fundamentales del cristianismo cuando hablamos de inmigrantes y, más aún, de menores.
No pretendo dar lecciones de cristianismo a nadie. Sería bastante paradójico que un ateo quisiera ejercer de catequista. Tampoco pienso que todos sus votantes o dirigentes tengan la misma opinión.
Pero sí puedo hablar de aquello que me enseñaron.
Cuando defiendo que quien llega a nuestras fronteras debe ser tratado con dignidad; cuando creo que un menor merece protección independientemente de dónde haya nacido, o cuando rechazo convertir al inmigrante en culpable de nuestros problemas, tengo la sensación de estar bastante más cerca de aquellos valores cristianos que aprendí de niño que algunos de quienes hoy los proclaman continuamente.
Quizás hemos convertido demasiadas cosas en etiquetas: cristiano, ateo, español, extranjero, izquierda, derecha… Y detrás de todas ellas seguimos olvidando lo fundamental: las personas.
No sé si existe Dios. Personalmente, no creo en él. Pero sí creo en algo que no debería necesitar ninguna religión, ideología ni bandera: la dignidad humana, especialmente hacia quienes son más vulnerables.
No elegimos dónde nacemos, pero sí podemos elegir cómo tratamos a quienes tuvieron menos suerte en ese reparto.
Y si algún día resulta que estaba equivocado y existe ese Dios del que me hablaron cuando era niño, sospecho que me preguntará bastante menos por las veces que fui a misa que por lo que hice cuando alguien necesitó ayuda.
Y esa última pregunta, aunque sea ateo, procuro tenerla presente.
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