El poso de la lectura
Cada vez que se publican los resultados Informe PISA hablamos de metodologías, de ratios, de currículos, de pantallas; pero, antes de todo eso, deberíamos detenernos en algo mucho más elemental. Deberíamos preguntarnos si el alumnado entiende realmente lo que lee.
La comprensión lectora es uno de los cimientos donde se sustentan el resto de materias. Para resolver un problema de Matemáticas primero hay que comprender qué nos están pidiendo. Para estudiar Historia hay que establecer relaciones entre hechos, distinguir causas de consecuencias y seguir una argumentación. Para aprender Ciencias hay que interpretar hipótesis, instrucciones y resultados.
Leer bien no sirve únicamente para aprobar Lengua. Sirve para desenvolverse en el mundo. Fuera del instituto hay que entender un contrato, una noticia, una nómina o las condiciones de una hipoteca.
En mis clases escucho a menudo una frase que probablemente reconocerá cualquier profesor: “Pero, profe, si lo he puesto todo”. Puede ser verdad. La información está ahí. El problema es que no está expresada de manera que permita saber si se ha comprendido. Faltan relaciones, precisión, vocabulario, estructuras. Expresarse bien no es solo saber lo que queremos decir, sino saber cómo decirlo.
La lectura deja un poso en todas las asignaturas, aunque no aparezca como una casilla en el boletín de notas. Ese hábito empieza mucho antes de que un adolescente se siente ante un examen. Los padres debemos ser referentes. Es difícil convencer a un niño de que la lectura es maravillosa si jamás nos encuentra con un libro entre las manos. Podemos comprarle cuentos y llevarlo a la biblioteca, pero los niños aprenden también observando qué hacemos nosotros.
En el aula, además, esa diferencia se percibe. El rendimiento académico del alumnado que viene de una casa en la que hay libros al alcance de la mano suele ser muy distinto del de quienes no han crecido con un hábito lector. Se nota en el vocabulario, en la capacidad para comprender un enunciado a la primera, en cómo estructuran una respuesta e incluso en la manera de enfrentarse a algo que no entienden inmediatamente. El alumno acostumbrado a leer suele mostrar una resistencia mayor ante la dificultad: vuelve atrás e intenta deducir. De ahí que resulte difícil pedir al sistema educativo que compense por sí solo una relación con la lectura que debería construirse también fuera de este.
La escuela puede enseñar estrategias, recomendar libros y ayudar a avanzar en las páginas que cuestan de Cervantes o de Lorca. Y mientras discutimos si determinados textos son demasiado difíciles, deberíamos preguntarnos qué ocurre si seguimos rebajando sistemáticamente aquello que exige esfuerzo. Llegará un momento en que el problema ya no será que nuestros jóvenes no puedan leer Cumbres borrascosas. Será que tendrán dificultades para comprender cualquier texto que no esté diseñado para ser entendido en unos segundos.
Leer exige tiempo. Exige atención. A veces exige esfuerzo, pero, al final, quien tiene palabras tiene pensamiento y quien puede comprender lo que lee dispone de más herramientas para entender el mundo.
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