Colón no murió del todo: la disputa por sus restos sigue 520 años después

Cristóbal Colón, según Sebastiano del Piombo

Ada Sanuy

20 de mayo de 2026 08:10 h

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Cristóbal Colón murió en Valladolid en 1506, pero su entierro definitivo sigue siendo, más de cinco siglos después, uno de los grandes enigmas históricos vinculados a la figura del navegante. Sus restos atravesaron ciudades, océanos y guerras durante siglos en una cadena de traslados marcada por decisiones políticas, disputas imperiales y debates científicos que todavía hoy continúan abiertos. Sevilla sostiene custodiar parte de sus huesos en la Catedral, mientras que República Dominicana mantiene que el verdadero Colón permanece en Santo Domingo.

El recorrido de los restos comenzó apenas tres años después de la muerte del almirante. En 1509, sus huesos fueron trasladados desde Valladolid hasta Sevilla y depositados en el monasterio de Santa María de las Cuevas. Décadas más tarde, los restos viajaron a Santo Domingo gracias a un privilegio concedido por Carlos I que permitía a Colón y a sus descendientes utilizar las capillas reales del Nuevo Mundo como panteón familiar. Allí permanecieron más de dos siglos, enterrados en la catedral de la ciudad dominicana. Para la República Dominicana, ese traslado se convirtió en un pilar simbólico de soberanía histórica sobre el descubrimiento y de construcción de identidad nacional.

El traslado a Cuba tras la pérdida de Santo Domingo

La situación cambió radicalmente a finales del siglo XVIII. El Tratado de Basilea de 1795, que puso fin a la guerra entre España y Francia, implicó la cesión de Santo Domingo a los franceses. Ante el temor de que los restos del almirante quedaran bajo control enemigo, las autoridades españolas organizaron una nueva exhumación. El Archivo General de Indias conserva documentación detallada de aquella operación, incluida la apertura de la tumba y el traslado de los huesos a Cuba en una “arca de plomo dorada” cerrada con llave y acompañada por autoridades civiles, militares y religiosas.

Para España, la operación reforzó la idea de que el cuerpo de Colón debía permanecer bajo custodia hispana y, en cierto modo, cerrar su viaje en el seno del imperio. El viaje continuó un siglo después, tras la pérdida de Cuba en 1898 durante la guerra hispano-estadounidense. España decidió entonces repatriar los restos del navegante y devolverlos a Sevilla. 

Cristobal Colón

El 19 de enero de 1899 fueron depositados provisionalmente en la cripta de los arzobispos de la Catedral hispalense hasta su instalación definitiva en el mausoleo diseñado por Arturo Mélida, una estructura monumental sostenida por figuras que representan los antiguos reinos de Castilla, Aragón, Navarra y León. Para muchos, la tumba sevillana simboliza el regreso definitivo del navegante a la península y el cierre de un ciclo imperial.

Sin embargo, el misterio nunca desapareció del todo. En 1877, mientras todavía se realizaban trabajos en la Catedral de Santo Domingo, aparecieron unos restos dentro de una caja de plomo con la inscripción “El ilustre y excelente hombre, Don Colón”. Desde entonces, República Dominicana mantiene que los auténticos huesos del navegante nunca abandonaron la isla y que España habría trasladado por error restos pertenecientes a otro miembro de la familia Colón. Esa disputa convirtió la tumba sevillana en uno de los enclaves históricos más debatidos del mundo hispánico, mientras la urna dominicana pasó a ocupar un lugar central dentro de la reivindicación histórica mantenida por República Dominicana sobre el destino final de los restos del navegante.

El ADN reavivó el debate histórico

La ciencia ha intentado aportar respuestas definitivas en las últimas décadas. En 2003, un equipo dirigido por el catedrático de Medicina Forense José Antonio Lorente exhumó restos conservados en la Catedral de Sevilla para iniciar un análisis genético comparativo. Los estudios incluyeron muestras atribuidas a Cristóbal Colón, a su hijo Hernando y a su hermano Diego, y fueron sometidos posteriormente a nuevas técnicas de ADN desarrolladas en laboratorios europeos y americanos.

En 2024, la Universidad de Granada anunció que las nuevas pruebas confirmaban la autenticidad de los restos conservados en Sevilla. Lorente aseguró que los avances tecnológicos permitían afianzar con una fiabilidad “prácticamente absoluta” la hipótesis defendida desde 2005, según la cual los huesos enterrados en la Catedral sevillana pertenecen realmente al navegante. Aun así, la investigación no cerró completamente la polémica dominicana, ya que el estudio no pudo comparar directamente todos los restos conservados en Santo Domingo: las autoridades no han permitido hasta ahora exhumaciones ni pruebas de ADN directas en su tumba, lo que deja parte de la polémica fuera del alcance científico.

Cristóbal Colón en Barcelona.

Buena parte de esta historia sigue reconstruyéndose gracias a los fondos del Archivo General de Indias, creado en 1785 por decisión de Carlos III para reunir la documentación relativa a la administración de los territorios ultramarinos españoles. El archivo conserva textos autógrafos de Colón, expedientes sobre el traslado de sus restos y millones de páginas relacionadas con la expansión española en América y Filipinas. 

Con más de 49.000 legajos y unos 80 millones de páginas, se ha convertido en una de las principales fuentes mundiales para estudiar tanto la vida del almirante como el contexto político y colonial que marcó el destino de sus huesos. Mientras los huesos siguen en disputa, el Archivo de Indias reconstruye la vida de Colón en millones de páginas que, en cierto modo, mantienen vivo su viaje más allá de la tumba.

La tumba de la Catedral de Sevilla sigue siendo hoy uno de los lugares más visitados del templo y uno de los símbolos más reconocibles de la relación histórica entre España y la figura de Colón. Pero el debate sobre dónde reposa realmente el navegante continúa alimentando investigaciones, documentales y discusiones historiográficas. Más de quinientos años después de su muerte, los restos del hombre que protagonizó uno de los viajes más influyentes de la historia moderna siguen moviéndose entre archivos, laboratorios y teorías enfrentadas. Colón, en ese sentido, nunca ha dejado de viajar.

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