Construida en el siglo XV, esta torre fue de los pocos edificios que se salvaron en este pintoresco pueblo marinero en el incendio de 1794

Debido a la pronunciada inclinación del terreno sobre el que está asentada, su altura es variable, midiendo 14 metros en su fachada este y 8 en la oeste

Alberto Gómez

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En la costa de Bizcaia, el pueblo marinero de Ondarroa destaca por su fisonomía de calles estrechas y empinadas que trepan sobre la ladera. Protegido por el mar y la desembocadura del río Artibai, este enclave medieval alberga en su calle principal, conocida tradicionalmente como Kale Andi, una estructura de piedra que desafía el paso de los siglos. Se trata de la emblemática Torre Likona, un imponente edificio que evoca la historia de las viejas fortificaciones urbanas y que sirve como testigo mudo del devenir histórico de una villa cuya vida ha estado siempre íntimamente ligada al Cantábrico.

La fisonomía actual del casco viejo medieval de Ondarroa es en realidad el resultado de grandes tragedias que asolaron a la población en el pasado. El año de 1794 quedó marcado para siempre en la memoria colectiva cuando el ejército francés, en el contexto de la Guerra de la Convención, provocó un devastador incendio en la villa. Las llamas devoraron con extrema rapidez más de cien casas y redujeron a cenizas casi la totalidad de las construcciones de madera de los prestigiosos pescadores. Aquella catástrofe borró casi todo vestigio medieval, dejando un vacío desolador en el corazón de este puerto vasco.

En medio del infierno desatado por las tropas invasoras, la Torre Likona se erigió como uno de los poquísimos monumentos que lograron salvarse de la quema. Su sólida estructura de piedra caliza impidió que el fuego la destruyera por completo, erigiéndose junto a la vecina torre de Etxeandia como el gran baluarte superviviente de la catástrofe. Gracias a su carácter fortificado y a la firmeza de sus materiales, la torre resistió el embate del fuego y de la guerra, consolidándose desde entonces como un símbolo indiscutible de resistencia y supervivencia para todos los habitantes locales.

Se utilizó sillería bien labrada para reforzar los vanos de las esquinas y las ventanas originales, otorgándole ese aspecto robusto y cerrado que aún hoy asombra a quienes la visitan

La arquitectura de este emblemático monumento responde a una tipología de torre bajomedieval y urbana con un volumen marcadamente cúbico y austero. Debido a la pronunciada inclinación del terreno sobre el que está asentada, su altura es variable, midiendo 14 metros en su fachada este y 8 en la oeste. Sus gruesos muros exteriores se construyeron con mampostería de piedra caliza sin tallar, aunque se utilizó sillería bien labrada para reforzar los vanos de las esquinas y las ventanas originales, otorgándole ese aspecto robusto y cerrado que aún hoy asombra a los visitantes del casco.

Este baluarte de piedra perteneció históricamente al influyente linaje de los Licona, una poderosa familia de mercaderes con raíces originales en Mendexa. Tras ser expulsados de la localidad vecina de Lekeitio en el año 1414, los Licona decidieron establecerse definitivamente en este pintoresco pueblo de Ondarroa. Fue precisamente esta ilustre familia la que ordenó levantar la torre original en el siglo XV, probablemente sobre los cimientos de una fortificación anterior que ya existía, buscando consolidar su enorme poder económico y su indiscutible influencia política y social en toda la comarca.

El valor histórico de la Torre Likona trasciende lo puramente militar y arquitectónico al estar estrechamente vinculado a una figura universal. En este mismo solar nació durante el siglo XV doña Marina Sánchez de Licona, quien con el tiempo se convertiría en la madre de San Ignacio de Loyola. El fundador de la Compañía de Jesús cuenta así con un profundo lazo genealógico con la villa vizcaína, siendo su abuelo, Martín García de Licona, otro de los ilustres moradores que nacieron y habitaron entre las robustas y hoy legendarias paredes de esta casa torre de la calle principal.

Reclamo turístico

A lo largo de los siglos, el interior y la cubierta de la torre sufrieron importantes modificaciones para adaptarse a los nuevos tiempos y usos. El tejado original a cuatro aguas fue sustituido por una estructura más moderna a dos vertientes que la cubre hoy. En el año 1945, el edificio experimentó una profunda reforma interior en la que sus tres plantas originales de altura se transformaron en cinco pisos. A pesar de estos cambios, la fachada aún conserva dos magníficas entradas con arcos apuntados, estrechas saeteras defensivas y hermosas ventanas góticas.

En la actualidad, este testigo de piedra sigue presidiendo la vida diaria de Ondarroa como uno de los tesoros patrimoniales más queridos de la costa. Su innegable relevancia motivó que en 1994 el Gobierno Vasco declarara el casco histórico Patrimonio Cultural con la categoría de Conjunto Monumental. Hoy en día, los turistas que recorren las empinadas callejuelas medievales pueden contemplar esta joya del siglo XV y sentir la profunda herencia de un pueblo de arrantzales que supo resurgir de sus cenizas, manteniendo intacta la memoria de la fortaleza que resistió al fuego y al implacable tiempo.

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