¿Cómo murió el profeta Mahoma? El episodio para el que el islam tiene dos relatos distintos
La forma en que se recuerda la muerte de figuras religiosas no sigue el mismo patrón en todos los casos, y eso se ve con claridad al comparar a Mahoma con Jesucristo. En el caso del líder cristiano, su muerte aparece en relatos detallados, se representa en imágenes y se conmemora cada año con celebraciones específicas dentro de la Semana Santa. En cambio, la muerte de Mahoma no ocupa ese mismo espacio en la tradición islámica, donde todo se centra en sus enseñanzas y en el mensaje que transmitió en vida.
Ese contraste no responde a un olvido, sino a una manera distinta de construir el recuerdo, en la que el final de su vida queda integrado dentro de un proceso más amplio que incluye decisiones, cambios y consecuencias que afectan a toda una comunidad.
El último viaje a La Meca dejó normas para la comunidad
Mahoma murió en el año 632 en Medina tras varios días de enfermedad, y ese momento abrió una crisis inmediata sobre quién debía dirigir la comunidad musulmana tras su desaparición. El hecho está recogido en fuentes como Sahih al-Bujari, Sahih Muslim y la biografía atribuida a Ibn Ishaq, y aparece también en trabajos posteriores como los de W. Montgomery Watt o Ira M. Lapidus. La desaparición del profeta no solo supuso el final de su liderazgo personal, sino que obligó a organizar el poder político y religioso sin su presencia, algo que hasta entonces no había sido necesario.
Antes de que su estado empeorara, Mahoma había realizado la Peregrinación de Despedida a La Meca en ese mismo año. Durante ese viaje pronunció un sermón que recoge normas de comportamiento y pautas para la comunidad, y que más tarde se convirtió en un texto de referencia dentro de la tradición islámica.
Poco después de regresar a Medina comenzaron los síntomas que acabarían con su vida, y ese encadenamiento de hechos aparece de forma reiterada en las narraciones conservadas.
Un relato antiguo menciona un posible envenenamiento previo
Una parte de esas narraciones introduce un elemento adicional que ha generado debate. En Sahih al-Bujari, en el hadiz 4428, se recoge una frase atribuida a Mahoma en la que afirma que aún sentía los efectos de un veneno ingerido años antes, tras la batalla de Jáibar en 628.
Según el relato, una mujer le ofreció carne envenenada y el profeta escupió el alimento al notar algo extraño, aunque pudo haber ingerido una pequeña cantidad. Algunos autores han planteado que ese episodio influyó en su muerte, aunque la mayoría de estudios actuales lo considera difícil de comprobar y mantiene como explicación más probable una infección febril.
La elección de Abu Bakr inició el califato tras su muerte
Para entender la importancia de ese momento, conviene situarlo dentro de su trayectoria. Mahoma ibn Abd Allah nació en La Meca hacia el año 570 y comenzó a predicar el monoteísmo tras una revelación que, según la tradición, tuvo lugar alrededor del 610.
A partir de ahí formó una comunidad que se consolidó en Medina y que, con el tiempo, pasó a controlar gran parte de la península arábiga. Cuando llegó el año 632, ese proceso ya había transformado un grupo religioso en una estructura con organización política.
La muerte del profeta dejó ese sistema sin una figura que tomara decisiones finales, y la respuesta no fue unánime. Abu Bakr defendió que Mahoma había muerto como cualquier ser humano y que la comunidad debía seguir adelante, y acabó siendo elegido como primer califa.
Ese nombramiento dio inicio a una forma de gobierno que se extendió en los años siguientes, pero no resolvió todas las tensiones, ya que otros consideraban que Alí, primo y yerno del profeta, debía ocupar ese lugar. De ahí surgió la división entre suníes y chiíes, que se mantiene hasta hoy.
Los últimos días transcurrieron bajo el cuidado de Aisha
Antes de que empezaran las tensiones, los últimos días del profeta transcurrieron en un entorno muy concreto. Permaneció en la casa de su esposa Aisha, donde se le atendió durante el periodo en el que la fiebre, la debilidad y el dolor fueron en aumento. Las fuentes coinciden en que su estado empeoró de forma progresiva, sin recuperación, hasta el desenlace final.
Ese día llegó el 8 de junio de 632, cuando Mahoma tenía alrededor de 62 o 63 años. Murió en Medina y fue enterrado en la misma habitación en la que falleció, siguiendo la tradición que indica que los profetas deben ser sepultados en el lugar donde mueren, y ese espacio quedó integrado en la mezquita Al-Masjid an-Nabawi, conocida como mezquita del Profeta, que se levantó después en la ciudad.
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