Obsesionado con volar, diseñó su propio paracaídas y se tiró de la Torre Eiffel, pero su invento acabó en tragedia
“Quiero descomprimir / Volver a ver con claridad / Tomar las alas como Reichelt en París / Y planear y ser aurora boreal”, canta La Casa Azul en Nunca nadie pudo volar. ¿A quién se refiere la banda cuando habla de Reichelt? ¿Qué es lo que le ocurrió a esta persona en París? Para encontrar la respuesta a estas cuestiones, debemos remontarnos al año 1910, cuando Franz Reichelt, el protagonista de esta historia, se marcó un objetivo que acabaría con su vida.
Reichelt nació en la actual República Checa en 1878 y, con solo 20 años, se mudó a París. En la capital francesa, el hombre se convirtió en sastre y abrió un negocio de sastrería que tuvo bastante éxito. Sin embargo, Reichelt era una persona con grandes aspiraciones y se obsesionó con una idea: quería volar. Para conseguirlo, se propuso diseñar su propio traje paracaídas. Este podría ser utilizado por aviadores, los cuales podrían sobrevivir a una caída en caso de que se vieran obligados a abandonar el avión desde el aire, según el sastre.
Reichelt empezó a diseñar los primeros trajes y, para probar su funcionamiento, primero utilizó a maniquíes de distintos tamaños. El hombre lanzaba los muñecos desde las alturas de su taller ubicado en París, pero los resultados no siempre eran los esperados. En multitud de ocasiones, los trajes fallaban, provocando caídas violentas. Aun así, el sastre presentó su invento al Aéro-Club de France, la principal organización de aviación de Francia, que rechazó su diseño alegando que este no cumplía los requisitos de seguridad.
Esto no frenó a Reichelt que, en un momento dado, se convirtió en su propio conejillo de indias. El inventor saltó desde una ventana de ocho metros intentando demostrar la eficacia de su producto, pero acabó sufriendo una fractura en la pierna. Esto tampoco frenó su entusiasmo. Reichelt estaba convencido de que le hacía falta probar el traje desde una altura más grande, lo que le permitiría que el mecanismo del paracaídas se desplegara correctamente.
El experimento acabó con su vida
Así, el 23 de febrero de 1912, decidido a demostrar que su diseño funcionaba, Reichelt subió al primer piso de la Torre Eiffel de París, ubicado aproximadamente a 57 metros del suelo. Sus amigos trataron de disuadirlo, preocupados por el riesgo, pero él permaneció firme en su decisión. La presencia de periodistas y fotógrafos tampoco fueron suficientes para evitar que el experimento del sastre acabara en tragedia.
El paracaídas no se desplegó correctamente en el salto, lo que impidió que Reichelt volara y pudiera planear hacia el suelo. Después de precipitarse al vacío desde el emblemático monumento francés, el sastre cayó en picado a toda velocidad y murió en el impacto. Tiempo después, los médicos concluyeron que el protagonista había fallecido de una parada al corazón mientras caía.
Las imágenes del suceso, captadas por la prensa y documentadas en vídeo, recorrieron rápidamente los medios franceses. Apodos como “sastre volador” o “inventor temerario” empezaron a rodear a Reichelt, cuya muerte se convirtió en la primera en toda la historia en quedar registrada en una cinta de cine.
0