El pequeño pueblo en el que se casó Fernando el Católico, en segundas nupcias, hace justo 520 años
En marzo de 1506, la villa de Dueñas se convirtió en el escenario de una unión que desafiaba las promesas del pasado real. Hace exactamente 520 años, Fernando el Católico, de 54 años, contraía en esta localidad de Palencia segundas nupcias con la joven Germana de Foix. La novia, una noble francesa de apenas 18 años y sobrina del rey Luis XII, representaba una pieza clave en el tablero europeo. Este enlace se celebró en una ceremonia íntima y discreta dentro del Palacio de los Condes de Buendía, alejada de grandes pompas. Muchos cronistas de la época vieron en este acto una ruptura de la palabra dada a la difunta Isabel la Católica, traicionada por la urgencia del monarca aragonés por asegurar su legado, que pesaba más que cualquier juramento previo de viudedad perpetua.
El destino de la península ibérica pendía en ese momento de un hilo biológico y de la fertilidad de esta nueva unión. Aquel día en Dueñas, la historia de España estuvo a punto de tomar un rumbo de fragmentación territorial definitivo. Y es que detrás de este matrimonio no había pasión romántica, sino una maestría diplomática diseñada para neutralizar amenazas internas y externas. El enlace culminaba el Tratado de Blois, un acuerdo de paz que buscaba poner fin a las hostilidades con Francia. Fernando se sentía desplazado en Castilla, tras la muerte de Isabel, por una nobleza hostil. Su gran temor era la influencia de su yerno, Felipe el Hermoso, quien mostraba peligrosas simpatías hacia los intereses galos. Al casarse con la sobrina del rey francés, Fernando lograba aislar políticamente a Felipe y recuperar el control estratégico.
La jugada maestra pretendía reequilibrar la balanza de poder en una corte dividida por las ambiciones sucesorias de los Habsburgo. Fue, en esencia, un acto de supervivencia política y una sutil venganza contra quienes lo instaban a retirarse. El monarca aragonés no estaba dispuesto a ver cómo su obra vital quedaba en manos de un yerno traidor. El objetivo prioritario de Fernando era engendrar un heredero varón que heredara exclusivamente la Corona de Aragón. De haber tenido éxito, este plan habría separado de nuevo los reinos de Aragón y Castilla, rompiendo la unión peninsular. La esperanza pareció materializarse el 3 de mayo de 1509 con el nacimiento en Valencia del pequeño príncipe Juan. El infante habría suplantado a su hermana Juana en la línea de sucesión aragonesa, alterando el futuro imperial de España. No obstante, el destino dictó sentencia cuando el bebé falleció apenas unas horas después de haber llegado al mundo.
Este contratiempo biológico fue una tragedia para las ambiciones de los Trastámara, que deseaban perpetuar su linaje varonil. A pesar de la juventud de Germana, no volvieron a tener descendencia en los años siguientes de su matrimonio. La historia de lo que pudo ser se cerró con la muerte prematura de aquel niño en tierras valencianas. La obsesión del rey por la descendencia le llevó a consumir peligrosas pócimas y bebedizos para estimular su mermada potencia sexual. Algunos rumores históricos sugieren que el consumo excesivo de estas sustancias, la “viagra” de la época, precipitó su final. El monarca mostraba un afecto celoso hacia su joven esposa, llegando a encerrar a pretendientes que osaban mirarla. Sin embargo, su salud se deterioró irremediablemente bajo el peso de la edad y los químicos ingeridos por desesperación dinástica.
Fernando falleció finalmente en enero de 1516 en una casa rústica de Madrigalejo, lejos de sus grandes palacios. Su muerte dejó a Germana viuda a una edad temprana, marcando el fin de una era de transición política. El rey que unificó los territorios peninsulares murió intentando dividirlos de nuevo a través de su propia descendencia. Tras la muerte de Fernando, Germana de Foix protagonizó un nuevo escándalo al mantener una relación amorosa con Carlos V. El joven futuro emperador, nieto de su difunto marido, era doce años menor que su abuelastra cuando se conocieron. Para ocultar este idilio de la vista pública, Carlos mandó construir un puente secreto entre sus residencias en Valladolid. Y, de cara a salvaguardar la reputación de Germana, el emperador la casó sucesivamente con otros nobles de su confianza. Primero contrajo nupcias con el Duque de Brandenburgo y, tras enviudar, con el Duque de Calabria en un tercer matrimonio.
La villa de Dueñas no fue elegida al azar para la boda, sino por ser un histórico refugio de lealtad. Bajo el señorío de la familia Acuña, el pueblo ofreció siempre un apoyo firme a la causa de los monarcas. En este rincón del Cerrato palentino nació en 1470 la princesa Isabel, la primogénita de los Reyes Católicos. La localidad funcionó además como cuartel general estratégico durante las guerras civiles por la sucesión de Castilla. Sus murallas y su ubicación la convertían en un enclave seguro para las reuniones de alto nivel político. El Palacio de los Condes de Buendía, donde se alojó Fernando en múltiples ocasiones, era el corazón de la villa.
¿Dos bodas?
Existe incluso la tradición popular de que Isabel y Fernando pudieron casarse allí en secreto previamente. Hoy, el nombre del colegio local y sus tradiciones mantienen vivo el recuerdo de este pasado real glorioso. El patrimonio monumental de Dueñas atestigua su esplendor medieval con joyas como la Iglesia de Santa María de la Asunción. Este templo combina elementos románicos y góticos, albergando en su capilla mayor los sepulcros de los Condes de Buendía. Otro edificio emblemático es el Convento de San Agustín, que estuvo comunicado directamente con el palacio de los condes.
En sus claustros e iglesias se celebraron capítulos de órdenes religiosas de gran relevancia internacional. Se conserva también el “Ojo de la Virgen”, la única puerta de la muralla que ha sobrevivido al paso del tiempo. La Ermita del Cristo guarda un secreto histórico, pues se cree que sus muros albergaron la antigua sinagoga judía. Por otra parte, el Hospital de Santiago, fundado en el siglo XV, muestra la rica labor asistencial de la nobleza. Cada piedra de este pequeño pero histórico municipio cuenta una historia de poder, fe y diplomacia que cambió el destino de España.
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