Rodeada de leyendas, esta colina de apenas 380 metros de altura da la bienvenida a los peregrinos que llegan a Santiago

Los ritos de paso por el monte incluían gestos de respeto y devoción muy profundos: Muchos peregrinos decidían cubrir los últimos kilómetros totalmente descalzos

Alberto Gómez

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El Monte do Gozo podría definirse como el último escalón antes de entrar en Santiago. Esta colina de apenas 380 metros de altitud marca simbólicamente el fin de un esfuerzo ya que, desde su cima privilegiada, los exhaustos peregrinos divisan por primera vez la deseada catedral. Este enclave histórico se sitúa estratégicamente a unos escasos cinco kilómetros de la meta sagrada. Su ubicación privilegiada en el Camino de Santiago lo convierte en un punto vital de paso obligado. El nombre del lugar evoca precisamente la inmensa felicidad de los peregrinos al llegar por fin allí. De hecho es reconocido como el segundo sitio más mencionado de toda la ruta jacobea tras la propia catedral.

La historia documentada de este promontorio tan conocido de Galicia se remonta formalmente hasta el lejano siglo XII. El famoso Codex Calixtinus ya lo identificaba bajo el poético término latino de Mons Gaudii. Los peregrinos galos que llegaban desde Francia lo denominaban comúnmente como el monte Montjoie. Otras ciudades santas como Roma o Jerusalén poseían montes de gozo similares en sus accesos. Eran miradores espirituales destinados a contemplar el destino final en todo su esplendor medieval. En el año 1105, el obispo Diego Gelmírez ordenó construir allí una pequeña capilla, un oratorio original de la Santa Cruz que servía para la oración agradecida de los recién llegados. Hoy, la sencilla capilla de San Marcos marca ese acceso histórico y tradicional al mítico monte.

Alcanzar la cumbre supone una experiencia emocional profunda que las palabras apenas logran describir. Los relatos antiguos recogen escenas de llanto y júbilo desbordado al ver las luces de Santiago. El viajero italiano Domenico Laffi narró conmovido cómo los peregrinos caían de rodillas al suelo. Los caminantes entonaban el himno Te Deum mientras las abundantes lágrimas nublaban su visión. Tras meses de constantes peligros y penurias, la visión de la basílica era algo realmente salvador. En la Edad Media, divisar la ciudad sagrada significaba haber vencido finalmente a la cruel peste. Superar los robos y el miedo constante era un motivo de gran celebración para todo el grupo. Aquel instante de felicidad extrema bautizó para siempre a este mítico lugar de la ruta jacobea.

Con la renovación del espacio el escultor Acuña instaló dos figuras de bronce de peregrinos mirando con júbilo al horizonte

Las leyendas se entrelazan con la geografía de esta colina de una forma totalmente inseparable. Se cuenta el milagroso suceso medieval de los veinte caballeros de la lejana región de Lorena. Uno de ellos murió y fue transportado por Santiago sobre el lomo de un caballo blanco. El apóstol llevó el cuerpo y a su fiel compañero hasta este mismo monte de forma prodigiosa. Este relato exalta la solidaridad y el compromiso humano entre los compañeros de la ruta. Otra tradición afirma que ver la ciudad desde aquí protegía contra los peligros que acechaban. El monte posee una connotación singular desde el siglo XI debido a todos estos milagros.

Una de las costumbres más curiosas era el nombramiento honorífico del Rey de la Peregrinación. En los grupos, el primero en divisar las torres ganaba este título simbólico para siempre. El afortunado recibía el reconocimiento de sus compañeros durante el resto del breve viaje final. Incluso se ha afirmado que algunos apellidos actuales como Rey o Leroy nacieron de este hecho. Aunque no hay pruebas firmes, la inmensa carga emocional de esta distinción era algo enorme. El peregrino francés Guillaume Manier relató cómo sus amigos le reconocieron como tal en la cima. Era un juego cargado de simbolismo que aliviaba el rigor físico de la extenuante caminata. Hoy algunos grupos mantienen esta vieja tradición como una forma de diversión muy emotiva.

Los ritos de paso en el monte incluían gestos de respeto y devoción muy profundos. Muchos peregrinos decidían cubrir los últimos cinco kilómetros de la etapa totalmente descalzos. Aquellos que viajaban a caballo debían descabalgar por una norma de cortesía hacia el apóstol. El propio monarca Alfonso XI caminó a pie llevando a su montura de la brida de cuero. Existió antiguamente un gran milladoiro o humilladero de piedra hoy lamentablemente desaparecido donde los peregrinos depositaban pequeños guijarros como señal de su paso y agradecimiento. Era el punto geográfico donde se adquiría el convencimiento real de alcanzar la meta soñada. La oración de rodillas y con la cabeza baja marcaba ritualmente este último tramo del camino.

Espacio renovado

La modernidad ha transformado el entorno sin restarle su importancia espiritual y básica inicial. En 1989 el papa Juan Pablo II visitó este lugar histórico y emblemático. Se celebró entonces el Encuentro Mundial de la Juventud con miles de jóvenes fieles, tras el que se levantó un monumento conmemorativo de Yolanda d'Augsburg para recordar aquella gran cita. Posteriormente, en 1993, el espacio se renovó totalmente. El escultor Acuña instaló dos figuras de bronce de peregrinos mirando con júbilo al horizonte. Estas estatuas se han convertido en el símbolo visual más querido de todo el mirador. Actualmente, el complejo cuenta con albergues públicos y privados para más de ochocientas personas.

Monte do Gozo sigue siendo hoy el principio del fin para cada cansado peregrino. Sus modernas instalaciones ofrecen descanso físico antes de afrontar el tramo final hacia la ciudad. Los peregrinos del Camino del Norte y del Primitivo también confluyen felizmente en este punto. Además, sigue siendo un espacio recreativo vivo donde se celebran conciertos y grandes festivales de música. A pesar de los cambios urbanísticos, la esencia de la primera visión permanece casi intacta. El viajero actual sigue experimentando ese vuelco al corazón al ver la silueta de la catedral. Es el umbral definitivo donde el Camino se despide para dar paso a la plaza soñada.

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