La puerta de este mercado malagueño es del siglo XIV y antes fue astillero, almacén, hospital y cuartel

Declarado Bien de Interés Cultural, este mercado de 600 años de historia muestra la evolución de un enclave nazarí a una vibrante metrópolis mediterránea

Alberto Gómez

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En el centro de la ciudad de Málaga un curioso viajero puede disfrutar visitando un monumento que respira historia en cada piedra: el Mercado de Atarazanas. Sus orígenes se remontan al siglo XIV, cuando en este enclave funcionaba un astillero nazarí de gran relevancia estratégica para la entonces ciudad musulmana. El término árabe “dar as-sina'ah”, que significa “casa de la industria”, definía a este lugar dedicado a la construcción y reparación de embarcaciones. Su ubicación original era privilegiada, pues el mar llegaba hasta sus puertas, permitiendo lanzar naves directamente al Mediterráneo para proteger la costa.

Hoy, este espacio es un emblema cultural donde el pasado marítimo convive con el presente comercial de una urbe en constante evolución. El elemento más antiguo que sobrevive de aquella época es su puerta de mármol blanco, un majestuoso arco de herradura del siglo XIV. Esta estructura nazarí es uno de los pocos vestigios que se mantuvieron en pie tras las múltiples transformaciones del edificio. Curiosamente, la puerta fue trasladada piedra a piedra desde su ubicación original para integrarse perfectamente en la fachada principal del nuevo mercado. Su supervivencia se debe al empeño de la Academia de Bellas Artes de San Telmo, que la salvó de la desaparición total a finales del siglo XIX. Es un portal que invita a cruzar una frontera temporal hacia la Málaga medieval de Al-Andalus.

Tras la conquista cristiana en 1487, el antiguo astillero perdió su función marítima y comenzó una larga etapa de usos diversos para la ciudad. Durante siglos, sus muros sirvieron para albergar funciones tan variadas como las de convento, almacén, cuartel y hospital militar. Estos cambios reflejaron la adaptación de la estructura a las necesidades sociales de una Málaga que crecía y se amurallaba progresivamente. Con el tiempo, el edificio quedó adosado a las murallas, perdiendo contacto con el agua por los rellenos de terreno ganados al mar. Aquel arsenal que construyó barcos terminó convertido en un recinto cerrado de carácter puramente administrativo y castrense durante centurias.

El elemento más antiguo que sobrevive de la época nazarí es su puerta de mármol blanco, un majestuoso arco de herradura

La gran transformación definitiva llegaría en 1870, cuando se decidió demoler el complejo para dar trabajo a las clases necesitadas y modernizar la urbe. Málaga requería un mercado central que centralizara la venta de productos frescos, realizada antes al aire libre sin condiciones de higiene. El arquitecto Joaquín de Rucoba diseñó el proyecto, cuya construcción se extendió con éxito entre 1876 y 1879. Rucoba fusionó la esencia histórica del enclave con las tendencias vanguardistas de la arquitectura europea del momento. El nuevo mercado representó un salto a la modernidad, utilizando el hierro y el cristal como protagonistas de su singular estructura industrial inspirada en modelos franceses.

El resultado fue una joya de la arquitectura decimonónica considerada uno de los mejores ejemplos de su clase en toda España. El diseño de Rucoba empleó una estructura metálica que otorga una ligereza y amplitud visual sorprendentes al interior del recinto. Para armonizar el conjunto con el arco nazarí, el arquitecto aplicó un lenguaje historicista neoárabe en las fachadas, creando un diálogo entre el pasado musulmán y el futuro industrial. Este equilibrio permite apreciar la solidez del mármol del siglo XIV junto a la elegancia funcional del hierro forjado del siglo XIX. La luz natural inunda el interior, realzando la belleza de los productos locales expuestos cada día.

108 vidrieras

Otro elemento icónico es su espectacular vidriera policromada, situada en la fachada opuesta al pórtico central de entrada. Aunque se añadió en 1973 y fue restaurada hace una década, su impacto artístico en el conjunto es innegable. Esta obra, compuesta por 108 vidrieras, narra la historia de Málaga representando escenas de la Alcazaba, la Catedral y el Puerto. El mosaico de cristal no solo embellece el recinto con colores, sino que sirve de recuerdo constante del paisaje histórico local. Al entrar, los rayos de sol tiñen los pasillos, creando un escenario casi sagrado para el intercambio comercial diario entre vecinos y visitantes.

En la actualidad, el Mercado de Atarazanas es una auténtica joya gastronómica y cultural de parada obligatoria en la ciudad. Sus pasillos ofrecen desde pescados frescos de la bahía hasta las mejores frutas tropicales de la Axarquía malagueña. En la última década ha incorporado bares y puestos de tapas que ofrecen degustaciones de productos locales cocinados al momento con gran calidad. Es el lugar predilecto para saborear el pescaíto frito o las conchas finas en un ambiente de incesante bullir humano. La tradición de los puestos se mezcla con nuevas propuestas gourmet y terrazas exteriores en el perímetro del edificio. Declarado Bien de Interés Cultural en 1979, este mercado de 600 años de historia muestra la evolución de un enclave nazarí a una vibrante metrópolis mediterránea. Cruzar su puerta del siglo XIV es un viaje en el tiempo que conecta a los antiguos carpinteros con sus comerciantes actuales.

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