¿Y si la desigualdad no era el precio del progreso? Una ciudad antigua logró ponerlo en duda
Las ciudades antiguas dejaron una larga estela de riqueza concentrada en pocas manos. Durante generaciones, gran parte de los relatos históricos han presentado el crecimiento urbano como una carrera hacia estructuras cada vez más jerárquicas, donde el poder político, religioso o económico acababa reunido alrededor de grupos privilegiados. Esas élites acumulaban recursos, fijaban normas y ampliaban su capacidad de decisión conforme aumentaba el tamaño de la población.
La prosperidad de una ciudad solía medirse a través de monumentos, palacios o tumbas monumentales levantadas por minorías dominantes. Ese modo de interpretar el pasado ha convertido la acumulación en una pieza habitual de la historia urbana. También ha alimentado la idea de que una gran ciudad difícilmente puede prosperar sin una fuerte concentración de riqueza y autoridad.
La Universidad de York cuestiona una idea extendida
Una investigación de la Universidad de York publicada en la revista Antiquity pone en duda esa interpretación al estudiar Mohenjo-Daro, el mayor asentamiento de la civilización del Indo. El trabajo concluye que esta ciudad, habitada hace más de 4.000 años, siguió una trayectoria distinta a la que muchos historiadores consideraban habitual. En lugar de ampliar las diferencias económicas conforme crecía, la urbe redujo esas diferencias con el paso del tiempo.
La conclusión surge del análisis de las viviendas conservadas en el yacimiento. Los investigadores estudiaron el tamaño de las casas en distintas etapas de la historia de la ciudad y detectaron una evolución llamativa. La separación entre las residencias más grandes y las más pequeñas se fue estrechando conforme Mohenjo-Daro alcanzaba su madurez.
Los registros arqueológicos indican que la desigualdad económica descendió hasta niveles comparables a los observados en las primeras aldeas agrícolas, una situación poco frecuente entre los grandes centros urbanos de la Antigüedad.
Esa tendencia aparece acompañada por una fuerte inversión en infraestructuras de uso cotidiano. En lugar de dedicar enormes recursos a construcciones asociadas al prestigio de una minoría, la ciudad desarrolló sistemas de drenaje revestidos de ladrillo y una planificación urbana ordenada. Las mejoras afectaban a la vida diaria de amplios sectores de la población, algo que los autores consideran relevante para entender el funcionamiento de la comunidad.
La distribución de los conocidos sellos del Indo refuerza esa interpretación. Estas piezas servían para actividades comerciales y aparecen con frecuencia en viviendas corrientes. Su presencia en hogares comunes contrasta con otros modelos históricos donde herramientas similares quedaban bajo control de palacios o templos. En Mohenjo-Daro tampoco se han identificado edificios palaciegos que concentraran los instrumentos de administración.
A esa situación se sumaba un sistema estandarizado de pesas y medidas utilizado en toda la región. Según los investigadores, esa uniformidad favorecía intercambios más justos y limitaba la capacidad de grupos poderosos para alterar las reglas comerciales en beneficio propio. El mantenimiento de calles e infraestructuras también apunta hacia formas de organización cooperativa destinadas a preservar un nivel de vida amplio dentro de la ciudad.
Mohenjo-Daro ofrece una alternativa al modelo tradicional
El caso resulta especialmente llamativo porque rompe la comparación habitual con otras sociedades de la misma época. Mohenjo-Daro fue una de las ciudades más prósperas del mundo antiguo y, sin embargo, siguió una trayectoria distinta a la observada en lugares como Mesopotamia o el ámbito griego.
El arqueólogo Adam Green, autor principal del estudio, destacó esa diferencia al señalar que “los datos históricos muestran que, a medida que la metrópoli maduraba, la brecha entre las viviendas más grandes y las más pequeñas se redujo”.
La investigación también relaciona la reducción de la desigualdad con etapas de elevada actividad económica. Green afirmó que “en el período en que la desigualdad parece ser menor, la productividad parece aumentar”. Esa coincidencia cuestiona la creencia de que la eficiencia económica depende necesariamente de concentrar recursos y capacidad de decisión en grupos reducidos.
Los autores sostienen que el desarrollo urbano del Indo demuestra que una sociedad podía alcanzar altos niveles de producción e innovación mientras mantenía una distribución más equilibrada de recursos y autoridad. El propio estudio sugiere que esa forma de organización pudo contribuir a conservar la prosperidad de la ciudad durante siglos.
La relevancia de estas conclusiones se entiende mejor al recordar el punto de partida. Durante décadas predominó la idea de que la transformación de aldeas en grandes ciudades llevaba de forma casi automática al enriquecimiento de reyes, sacerdotes o dirigentes.
Mohenjo-Daro ofrece una trayectoria diferente. Lejos de encajar en el modelo tradicional de acumulación sin freno, la antigua ciudad del Indo presenta indicios de que el crecimiento urbano también podía avanzar por caminos donde la prosperidad alcanzaba a una parte mucho más amplia de la población.
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