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INTERNACIONAL

OPINIÓN

Si Winnie Mandela hubiese sido blanca, nadie dudaría de su heroísmo

Las protestas pacíficas no acabaron con el apartheid, hicieron falta revolucionarios como Winnie Mandela

No debería ser difícil elegir entre un sistema de supremacía racial y una persona que ayudó a derrotarlo. Como país, no tenemos claro en que lado de la historia estamos

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Mandela sigue bastante enfermo, pero no recibe soporte vital, según su exmujer

Imagen de archivo de Winnie Madikizela-Mandela. EFE

Los héroes son seres curiosos. Los nuestros tienen sus raíces en el antiguo sentido greco-romano del concepto, que premia la victoria militar. El problema es cuántos de nuestros héroes encarnan un grado inherente de violencia, como es el caso de la gente cuyo principal logro surge de la guerra.

Nos mostramos indulgentes con gente que veía a la clase trabajadora como una abominación (Wellington), el comercio transatlántico de esclavos como una buena idea (Nelson) y a los indios como repulsivos (Churchill) porque pensamos que los fines –vencer a Napoleon o a Hitler– justifican los medios.

Winnie Madikizela-Mandela, como muestra esta semana la cobertura mediática de su muerte, no tiene derecho al mismo panegírico idealizado que nuestros hombres británicos blancos. Es “polémica” y una “abusona”. Un columnista de un diario abandonó su habitual moderación de no escribir mal de los muertos especialmente para el caso de este “personaje odioso y tóxico”.

Los medios han sacado el terrible asesinato de Stompie Moeketsi, de 14 años, aunque a muy pocos les ha preocupado el hecho de que ella siempre negó cualquier participación. Tampoco han reparado en las pruebas evidentes de lo lejos que llegó el régimen del apartheid para infiltrarse y difamar contra ella y contra sus seguidores.

Lamentablemente, me temo que buena parte de esta indignación recién descubierta gracias a la muerte de Madikizela-Mandela tiene muy poco que ver con cualquier reciente conversión a la causa de Black Lives Matter o por el duelo del pequeño Stompie –uno de los muchos menores negros que murieron durante la brutalidad del apartheid y la lucha contra el mismo–. Lo que realmente ocurre es que que hay un rechazo a admitir que el apartheid estaba mal, muy arraigado y que sin la resiliencia y la visión de Madikizela-Mandela y su calaña no hubiese sido posible acabar con él.

A los héroes británicos se les permite librar la guerra. Por el contrario, a los guerreros que luchan contra la opresión de la supremacía blanca, no. Cuando, por ejemplo, pregunté a Piers Morgan sobre lo apropiado de tener una columna de 50 metros en Trafalgar Square en honor al almirante Nelson, el soltó que Nelson Mandela tenía una estatua a pesar de ser un “terrorista”. Cuando debatí con un renombrado historiador naval sobre su adulación por el almirante, el argumento llegó hasta Haití –el único ejemplo de la historia en la que los esclavos derrocaron a sus amos y establecieron su propia república– y sobre si esto fue una victoria de los esclavos sobre los opresores (mi visión) o una tragedia para los dueños de las plantaciones a los que se mató en el proceso (la suya).

Las contorsiones en nuestra mente no tienen límite. ¿Quién ahora sería capaz de defender el régimen del apartheid –fuera de Sudáfrica, donde en más de una ocasión he escuchado lamentos por su desaparición–? Es fácil condenarlo en retrospectiva, pero hemos olvidado lo que supone derrocar una tiranía como esa cuando la fuerza legal y moral de un Estado soberano está del lado de la supremacía blanca. Los columnistas no sirven. Los activistas no lo podrían haber hecho. Las protestas pacíficas no lo consiguieron. Boicots deportivos, libros, emblemas y mercadillos, tampoco. Hicieron falta revoluciones, simple y llanamente. Gente dispuesta a violar la ley, a matar y a morir.

Hicieron falta mujeres como Winnie Madikizela-Mandela. Ella no era, como se le ha tenido que recordar continuamente a los medios esta semana, una “activista”. Era una líder en una lucha de liberación. Ella superó –durante más de 35 años de apartheid– vigilancia, amenazas, acoso, arrestos y encarcelación, 491 días en régimen de aislamiento y ocho años en el exilio. Entre las torturas que sufrió, según un informe, se le negaron productos sanitarios para que se le viese manchada de su propia sangre de menstruación.

Dudo que The Daily Mail, recordando esta semana la vida “manchada de sangre” de Madikizela Mandela, apreciase la ironía de la frase escogida y de juzgarla como una “matona” –en lugar de hacer lo propio con el régimen que ayudó a derrocar–.

Nuestra ambivalencia sobre el apartheid es una realidad que nadie quiere ver. Como nación, una de nuestras técnicas para ignorar este hecho incómodo ha sido beatificar en exceso a Nelson Mandela, cuya gloria póstuma siempre me ha parecido que venía a costa de olvidar a los demás. ¿Quién recuerda ahora los nombres de Robert Sobukwe –el panafricanista cuyo tratamiento médico por un cáncer terminal de pulmón fue obstruido por el gobierno del apartheid– o Elias Motsoaledi –condenado en Rivonia junto a Mandela y quién no fue liberado de Robben Island hasta 26 años después–?.

Consideramos que Nelson Mandela es seguro por su mensaje de perdón, por la verdad y la reconciliación, porque aceptó el premio Nobel de la Paz con el presidente del régimen del apartheid, FW de Klerk –decisiones a las que se oponía Madikizela-Mandela–. Fue radical hasta el final. Cada rechazo a ese radicalismo supone aprobar la tiranía contra la que luchó.

¿Pero es sorprendente que nosotros aprobemos esa tiranía? Una interminable letanía de héroes hicieron de arquitectos o participaron sin ningún problema en el mismo apartheid por el que Madikizela-Mandela se sacrificó tanto para terminar. Entre ellos hay algunos que están ahora en el centro de nuestra guerra de estatuas –Cecil Rhodes, Lord Kitchener, Jan Smuts–, todos ellos inmortalizados en destacados pedestales. Dado que es esta gente a la que inmortalizamos y aquellos como Madikizela-Mandela a los que demonizamos, es difícil resistirse a la conclusión de que no tenemos claro en que lado de la historia estamos como país.

No tiene por qué ser así. Dinamarca ha estrenado esta semana su primera estatua a una mujer negra. No conmemora a alguien que trabajó cuidadosamente en diversificar el orden existente –el único tipo de héroe negro que en Reino Unido parece que estamos dispuestos a aceptar–, sino a las “tres reinas” de la isla caribeña de Santa Cruz, que lideraron una revuelta sin precedentes contra el gobierno colonial danés. Hacer algo así requiere de Dinamarca un repaso de su historia verdadera y de su cambio de imagen en el siglo XX como bastión liberal que salvó a los judíos de los nazis y cuyo imperio “no era tan malo como otros”.

Si esto suena familiar, es porque lo es. Nos vemos a nosotros mismos como una nación moral, decente y respetuosa con los derechos humanos. Pero, cuando se pone a prueba nuestro verdadero valor moral, fallamos constantemente. La muerte de Madikizela-Mandela es otra oportunidad para elegir entre una narrativa de supremacía blanca y la que la derrotó, pero si tenemos que guiarnos por la cobertura mediática de su muerte esto parecería una elección muy polémica.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti

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