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Una Universidad comprometida con las mujeres

La Universidad tiene un compromiso con ellas con origen en un desequilibrio histórico innegable

Universidad

Europa Press

Seguramente el reto más importante que tiene la Universidad en estos momentos es recuperar y ejercer el liderazgo social. Principalmente a través de lo que le es más propio: el esfuerzo investigador y docente de sus profesionales, aportando ideas, cuestionando paradigmas, proponiendo soluciones, etc. Pero no solo. Las universidades deben superar el marco científico-docente para incorporar en su estructura y organización aquellos elementos que les hagan ejemplificadores para los grandes retos que la sociedad y los ciudadanos tienen ante sí. Y uno de ellos es lograr la plena igualdad entre hombres y mujeres, uno de los 17 ODS que marcan la Agenda Mundial hacia 2030.

La promoción de la igualdad entre hombres y mujeres, la lucha contra las actitudes sexistas y contra la discriminación por razones de sexo deben convertirse en un compromiso sincero, asumido por toda la comunidad universitaria, que convierta esta institución, con siglos de historia, en punta de lanza de la responsabilidad social con las mujeres. La Universidad tiene un compromiso con ellas con origen en un desequilibrio histórico innegable. Porque si bien, hoy, nos resulta impensable una Universidad sin las mujeres, no podemos olvidar que su incorporación a la misma no se inició, con cuentagotas y auténticos actos de valentía social, hasta finales del siglo XIX. Y no se normalizó hasta bien mediado el siglo pasado.

Los números de Datos y cifras del Sistema Universitario Español, 2018-2019 indican que las mujeres son, hoy, mayoría en todos los colectivos de la población universitaria: el 54% de los 1,5 millones de estudiantes matriculados en los distintos niveles, el 57,8% de los más de 120.000 profesores y el 60,8% de las más de 60.000 personas en administración y servicios. Sin embargo estos porcentajes no se reflejan en la representatividad de la gestión y en la toma de decisiones. Más aún, la feminización de la Universidad, así como la de determinados estudios, incluso la de determinados cargos académicos y de gestión, se percibe, a menudo como una cierta devaluación de los mismos, mientras que las disciplinas y puestos, presentados imaginariamente como reductos de la esencia y la exigencia universitaria, siguen manteniendo un perfil masculino.

A ello contribuye también, seguramente, la idea de que las mujeres, al ocupar determinados puestos deben marcar una impronta femenina diferenciadora de sus predecesores varones, reforzando así, paradójicamente, la diferencia de géneros. ¿Debe acaso la presidenta de una empresa hacer cosas distintas de las de un presidente, más allá de tomar, ambos, las medidas para el mejor funcionamiento de la misma? ¿Debería el o la juez adoptar decisiones distintas o la resolución más justa una vez tomadas en consideración todas las pruebas y circunstancias del caso? Este es el drama que vivimos: hemos dotado de género (normalmente masculino en función de la relevancia social) a los puestos cuando no lo tienen y deben ser ocupados indistintamente por mujeres y hombres.

Nos enfrentamos al momento de cambiar, definitivamente, el rumbo de esa historia en la que los hombres llegan más lejos que las mujeres, tienen más poder y, en definitiva, gobiernan la institución. Ni podemos ni queremos dejar que el cambio sea producto del tiempo, la buena voluntad o la inercia de una sociedad que arrastre a la universidad, sino ser agentes transformadores del cambio. Es tiempo de cambiar de puertas adentro y de liderar de puertas afuera. Para ello son fundamentales en las universidades unos Planes de Igualdad que definan con claridad programas de acción para identificar y eliminar las trabas de todo tipo, culturales y estructurales, para la plena igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. Planes de igualdad que deben tratar ciertos ámbitos de manera ineludible. La formación y la investigación, por ejemplo. Hay que formar en materia de igualdad y de violencia de género. Hay que investigar sobre igualdad y difundir los resultados de esa investigación. Desarrollar un conocimiento científico que permita eliminar estereotipos e imaginarios falsos y visibilizar la historia de las mujeres que han sido referentes en sus ámbitos y cuyas aportaciones han sido silenciadas o atribuidas a hombres. Hemos de garantizar la igualdad de oportunidades en el acceso al trabajo y en la promoción profesional y debemos estimular la participación de las mujeres en todos los ámbitos de gestión y administración haciendo visibles sus contribuciones en los órganos de gobierno.

La promoción de la igualdad pasa también por establecer planes de conciliación de la vida personal, familiar y laboral para mujeres y hombres, asegurando que los permisos, excedencias, reducciones de jornada y otros derechos puedan efectivamente disfrutarse. Y, por supuesto, hay que ser absolutamente implacables en la lucha contra el acoso y la violencia de género, elaborando herramientas de prevención y detección de estas conductas, de protección de las personas que las sufren y adoptando las medidas correctoras necesarias, para hacer de la Universidad un espacio seguro para la convivencia.

La lucha por la igualdad no ha nacido esta década. Ni la anterior. Ya, en 1967 la ONU emitió su Declaración sobre la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer. Desgraciadamente ésta aún perdura y la experiencia indica que la igualdad real no llegará pronto, ni sin dificultades, pero es el objetivo. Por eso, el 8 de marzo constituye una cita ineludible en pro de la igualdad de género. La Universidad no puede dejar pasar la oportunidad de liderar esta causa. En beneficio de la propia institución y para que cuando sus estudiantes desarrollen sus vidas fuera de ella vivan de acuerdo a lo aprendido. Queremos ser un instrumento de desarrollo ético, igualitario y sostenible para nuestro país, en el que nadie se quede atrás ni se sienta en peligro por razón de su sexo. La igualdad en los campus es nuestro objetivo porque, desde ahí, alcanzará nuestras calles, casas y empresas.

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