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Es tiempo de audacia

La derecha entendió rápidamente que era fundamental sabotear la voluntad que teníamos de demostrar con hechos que había alternativa a sus políticas

Cuando se renuncia a cuestionar el sistema y se produce un proceso de adaptación al nuevo statu quo, es inevitable generar desaliento en la gente

Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda / EFE

Cristóbal Montoro, exministro de Hacienda EFE

En 2014, una persona que militaba por aquel entonces en mi organización política, me dijo después de un debate en el que planteábamos qué proponer para las siguientes elecciones en la ciudad de Madrid: "Carlos, habrá que decirle a la gente que no tendremos opción de aplicar nuestro programa, que no podremos hacer prácticamente nada" . Yo solamente acerté a contestarle que no entendía entonces para qué nos íbamos a presentar a los comicios. La victoria de las elecciones municipales en muchas ciudades despertó muchas ilusiones, demostró que se podía derrotar a la derecha y conquistar la mayoría en el ámbito de la izquierda.

La clave del éxito fue apoyarse en la movilización, en la militancia y los activistas sociales y emplear unos métodos democráticos para la elaboración del programa y la elección de las candidaturas. Multitud de personas las sintieron como suyas y eso fue determinante para alcanzar gobiernos en lugares que parecían vedados. No solo nos presentamos, también conseguimos el gobierno bajo el paraguas de la confluencia Ahora Madrid y pusimos en marcha un programa que precisaba como elemento auxiliar indispensable la herramienta presupuestaria. Porque para hacer políticas públicas son indispensables voluntad y recursos. Y esa fue la senda que elegimos y que permitió un salto adelante histórico para la ciudad.

La derecha entendió rápidamente que era fundamental sabotear la voluntad que teníamos de demostrar con hechos que había alternativa a sus políticas. Nada nuevo bajo el sol. ¿Alguien pensó que nos lo iban a poner fácil? Precisamente para eso se había realizado la reforma en 2011 del artículo 135 de la Constitución Española, que fue la puerta de entrada para introducir en el ordenamiento jurídico estrictas limitaciones a las finanzas públicas y a la capacidad del Estado para impulsar la economía y desarrollar el Estado social.

Y por eso se ha usado la regla de gasto para restringir de manera absolutamente injustificada la actuación de las corporaciones locales, especialmente las que han sido capaces de combinar crecimientos del gasto para atender a unas acuciantes necesidades sociales con elevados superávit presupuestarios.

En los dos primeros años del gobierno de Ahora Madrid, el gasto presupuestado (sin tener en cuenta el servicio de la deuda) creció 5 veces más de lo que el corsé del Ministerio de Hacienda quiso imponer. Más de un 103% de incremento de la inversión y un 60% de aumento en gasto social permitieron la construcción de 13 nuevas escuelas infantiles, 43 nuevos equipamientos culturales, juveniles y deportivos, multiplicar por 4 el gasto total en vivienda desde 2014, de la concesión de ayudas directas para obras de accesibilidad, eficiencia energética y conservación en edificios de viviendas. También se produjo la adquisición de 1.349 nuevos autobuses (el 70% de la flota) en el conjunto de los cuatro años.

Y a pesar de todos estos avances, las finanzas públicas no se desequilibraron: hasta 2017 hubo un superávit de 3.529 millones de euros, y la deuda de la ciudad fue reducida 2.213 millones de euros, casi un 40% con respecto a la heredada después de más de dos décadas de irresponsable gestión del PP.

Es bien conocido el resultado de los ataques, la hostilidad y la arbitrariedad del exministro de Hacienda Cristóbal Montoro. No se trataba de ninguna manía persecutoria. Sabía el efecto que para la derecha política y económica tenía la gestión de los ayuntamientos gobernados por la izquierda después de 2015. No podían permitir que nos saliera bien.

Hace un año ya desde la claudicación ante el Partido Popular y el tiempo ha demostrado que resistir hubiera supuesto vencer. Pero incluso después de la misma y la ralentización producida por la firma del Plan Económico Financiero, se puede decir con claridad que la batalla contra el austericidio que encabezó Madrid mereció la pena.

Es evidente que la ciudad ha dado un significativo paso adelante. Basta analizar de manera somera los datos para ver lo que ha supuesto desde el punto de vista presupuestario que no sea la derecha la que gobierne. Casi 1.350 millones de euros adicionales han sido presupuestados para Madrid y para sus gentes con respecto a lo que hubiéramos incluido si nos hubiéramos conformado con las limitaciones que nos han intentado imponer. Si comparamos con el último mandato del Partido Popular, el gasto social se ha incrementado en 951 millones de euros (+46%) y el esfuerzo inversor por habitante se ha duplicado en estos cuatro años.

Estos datos, claramente positivos, se han abordado haciéndolos compatibles con una reducción del 54% de la descomunal deuda heredada del PP. En definitiva, se ha demostrado con hechos que era posible incrementar sensiblemente el esfuerzo económico presupuestario en las prioridades de la mayoría social al tiempo que se saneaban las cuentas que había saqueado la derecha.

Sin embargo, no debemos dejar de resaltar que no es suficiente. Madrid necesita y merece más y el Presupuesto de 2019 no alcanza los objetivos y expectativas que la mayoría social y también Izquierda Unida como parte de ella, nos habíamos fijado para avanzar en resolver el desastre generado por más de dos décadas de gobiernos del Partido Popular.

Que el presupuesto global de gasto crezca únicamente en 2019 un 1,12% con respecto a 2018 (sin computar el servicio de la deuda, el incremento ascenderá un 3,2%) es insuficiente para abordar con la suficiente decisión la lucha contra la lacerante desigualdad y el reequilibrio territorial que son nuestros objetivos fundamentales. Es el resultado de aceptar los ataques y las imposiciones que lastran la capacidad de crecimiento presupuestario que tiene Madrid. El efecto de la firma del Plan Económico Financiero va más allá del incremento de gastos financieros en 2018 y 2019 por los costes de cancelación anticipada de la deuda. No debemos extender un sentimiento de impotencia y de ausencia de alternativa económica ante su ortodoxia. Recordad que esa era la posición defendida por este antiguo compañero resumida con el fatalista mantra de que "no podíamos hacer nada".

¿Acaso alguien piensa que si Unidos Podemos consiguiese llegar a la Moncloa o al gobierno de comunidades autónomas no sufriría brutales presiones para no aplicar su programa económico? Cuando se renuncia a cuestionar el sistema y se produce un proceso de adaptación al nuevo statu quo, es inevitable generar desaliento en la gente. Y eso es lo último que podemos hacer y más ante el nuevo ciclo electoral.

Por eso no debemos dejar de soñar en poner en marcha políticas transformadoras y activar la movilización para defenderlas de los inevitables ataques. Hemos demostrado no solo lo que somos capaces de hacer sino lo que podríamos hacer si nos lo creemos y ponemos en el centro el cumplimiento de los compromisos del programa y las necesidades de la gente. No es momento de repliegue ni de salir a la defensiva, sino de ser herramienta útil para quienes necesitan organizaciones políticas que den respuesta a la mayoría social. Incluso las derrotas sirven de aprendizaje para construir una alternativa ilusionante en un marco de unidad popular.

Es tiempo de recuperar la iniciativa. Es tiempo de audacia.

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